Impresiones entre el alma y el cielo


Multifacético y apasionado, el artista santafesino José Fierro busca dejar en sus cuadros la huella de sus pulsiones pincelada a pincelada.

Textos. Marina Zavala. Fotos. Pablo Aguirre.

Entre azules, espacios despojados y música serena vive un artista que, como contraste, se presenta a sí mismo como un apasionado a la hora de imprimir pinceladas en sus obras. Es que todo lo hace movido por esta pulsión vital que imagina como un hilo conductor de su vida: sus viajes, las múltiples profesiones que ha desandado, las pinturas en las que alguna vez buceó.


José Fierro nos recibe con la misma amabilidad que transmiten sus cuadros de precisos detalles y prolijo equilibrio. Todo introduce a la charla prolongada que va y vuelve de recónditos paisajes, pero cuyo eje es siempre es el arte.


Recuerda que desde chico amaba el dibujo, que cuando todos jugaban a la pelota, él se quedaba dibujando con tizas en el piso del patio. A los diez años armaba escenografías y pintaba. Ya un poco más grande, organizaba reuniones en las que dibujaba caballos y se los vendía a las vecinas del barrio de María Selva, así juntaba plata para las vacaciones. En su familia no había ningún artista, y aunque reconoce que le hubiera gustado tener un entorno en el que nutrirse y crecer más rápido, sostiene que en definitiva cada uno es autodidacta de su propia vida. Es lo bueno de crear el propio camino y no ir tras los surcos que marcaron otros.


MUCHOS CAMINOS

Esto de crear el propio camino no resultó tan lineal en la vida de José Fierro, es por eso que a la hora de definirse, intenta resumir: “Muchas veces me preguntan qué soy. La gente necesita ponerte una etiqueta o un código de barras.

No sé si puedo decir qué soy, puedo decir qué hago.

Aprendí que soy todo esto… escenógrafo, pintor, restaurador. Puedo nombrar un montón de artistas que hacen muchas cosas y es complicado definirlos. Sí comprendí que soy, con humildad y en el mejor sentido de la palabra, un esteta, una persona que ve el mundo desde un sentido estético”.


Comenta que ya no tiene 20 años pero que siente que ha vivido 20 vidas. Que ha transitado por pasillos de importantes consultoras de publicidad, ha restaurado a los grandes pintores argentinos cuando trabajó en las más destacadas galerías de arte, ha viajado y expuesto sus pinturas en sus viajes por Italia. “No alcanza la vida para hacer todo lo que uno quiere”, repite. Sin embargo, asegura que hoy, al mirar para atrás -aunque queden cosas pendientes- se siente satisfecho por lo recorrido.


“Viajé, conocí gente, me descubrí a mí mismo, y también me di cuenta de dónde estaba parado en lo profesional.

Cuando fui a Italia, mi sueño era tan solo pintar una acuarela en una plaza, en cualquiera, de Venecia a Siena, donde estaba, en La Toscana. Pero a los 20 días había vendido cuatro cuadros y me estaban contactando para hacer una muestra. Con eso dije ‘sé dónde estoy parado, si en la cuna del arte me reconocen’. Ahí empecé a darme cuenta de la capacidad que tenía y de lo que había logrado. En Italia me he sentido como si estuviera en casa, no hay país más argento que el italiano, más aún si estás en el sur. Me nutrí mucho pero más que nada me encontré de otra forma como profesional”, recuerda.


LOS SECRETOS DE LA RESTAURACIÓN


Durante mucho tiempo José Fierro trabajó en una de las galerías de arte más importantes de Buenos Aires, allí empezó a estudiar y tuvo la fortuna de que pongan en sus manos cuadros que valían “lo que costaba una casa”, con valores de mercado muy costosos. Restauró a Quiroz, Fáder y Pettorutti, entre otros grandes.


“Un restaurador es como un forense. Hay que estudiar mucho de cada pintor antes de tocar su trabajo, por más de que se trate de un artista del que uno conoce toda la obra. Tenés que ver cómo hizo el cuadro y eso es apasionante. A lo mejor ningún libro te dice que ese pintor en esa etapa pintó afuera de su ciudad o que hizo un boceto en otro lugar y lo terminó al volver.

Investigando te das cuenta si era zurdo o era diestro, si hacía pinceladas de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. O si pintó al aire libre. La pintura te habla. Si me preguntan de quién aprendí, contesto ‘de los mejores maestros’, ellos ya no estaban, pero si sus cuadros”.


VIBRACIONES

Al hablar de sus pinturas, reconoce que no puede elegir un solo formato. A veces se siente identificado con la obra grande y otras con la chica. Con la primera logra impacto, la segunda concentra espontaneidad.


Por otra parte, defiende su inclinación actual por trabajar con acrílicos: “Hay unos pigmentos muy buenos que no tienen nada que envidiarle al óleo. Cuando pintás con este material estás imprimiendo un pensamiento, conciente o inconciente, un estado de ánimo; lo que se plasma es ese instante, ese momento. Otra cosa que te posibilita -en pequeño formato- es que a lo mejor en dos o tres horas tenés terminado un cuadro. Es entonces cuando tratás de no tocarlo más, porque si lo tomás con otro corazón, otra alma, otra cabeza… es otra también tu vibración y tu mano se mueve de otra forma. Trato de reivindicar al acrílico, requiere oficio e inmediatez, antes de bajar el pincel ya tengo que saber con qué presión lo voy a poner y qué precisión le voy a dar. No hay forma de corregir.

Ahora juego con el color, ahí está mi desafío. Invierto toda la paleta, todo el circulo cromático, trabajo con otros opuestos y complementarios. Mi búsqueda ya no va por la forma sino por el color”.


Los cielos de un tiempo a esta parte se han convertido en sus paisajes predilectos. “No hay nada, al menos para mi que pinto la naturaleza, más equilibrado en cuanto a colores que un cielo. No hay en la atmósfera una pincelada que esté desbalanceada. Vivo mirando para arriba y sacando fotos, más aún en el atardecer, la hora mágica, cuando cada minuto te da una imagen diferente”.


La relación con su trabajo cambia de una obra a otra, de una etapa a la siguiente. Muchas veces trata de firmar un cuadro para no tocarlo más. O da vuelta contra la pared una pintura si siente que perdió conexión con ella, “digo que está madurando -confiesa- pero en realidad el que está madurando soy yo, uno cambia mucho más rápido por dentro que por fuera”.


“Por suerte -agrega- no pinto lo que pintaba hace 10 años atrás. Pero aprendí a disfrutar de lo que hice, porque era lo que en ese momento yo podía y sabía dar. Después, como todo ser humano, como ser imperfecto, busco mejorar y crecer”.

LOCURA CREATIVA

¿Qué es lo que quiere comprar cualquier artista? José responde sin dudar: “Tiempo, tiempo para poder pintar.

Por eso muchos de los más importantes pintaron para la corona. La mayoría de los pintores que fueron reconocidos, en su momento vivieron pobres. El tiempo a su vez es el que sostiene y respalda el arte, los años deciden si una pintura es buena. Otra cosa es la fama o la popularidad, el éxito no es sinónimo de excelencia, menos ahora cuando todo lo mediático es popular. Si algo no tiene sustento, puede estar de moda, pero después se cae. Si hubiera querido ser famoso, habría surcado otros senderos”.


El oficio del artista es solitario y se debate en una estrecha cornisa entre la locura y la sensatez. De esta latente posibilidad de perderse habla Fierro, de la locura sana y creativa que todos tenemos, la que algunos liberan y otros reprimen. “Sucede -reconoce- que estás pintando y no sabés si te perdiste o no, porque uno trabaja solo durante tanto tiempo. Gracias a Dios ahora existen las redes sociales que permiten la inmediatez de terminar una obra y subirla. Cada like es una palmada en la espalda”.


Fierro se sabe dueño de la inquietud necesaria para haber hecho en su vida muchas cosas, todas ligadas por el arte y la creatividad. La creación conmueve al artista. La capacidad de generar algo nuevo, que no existía, le hace pensar que se asemeja a Dios. “Por eso siempre está el riesgo del ego, hay que saber manejarlo”, reconoce.


Otra constante que recorre toda su vida es la pasión, palabra que reconoce devaluada, deshilachada, desteñida pero que, sin embargo, utiliza muy a menudo. “Es imprescindible. A veces lo más fácil para identificar a una persona es preguntarse cómo es trabajando. Si trabaja con pasión, le pone pasión a todo. Me quedo tranquilo al pensar que a lo que he hecho a lo largo de mi vida le he puesto todo de mi. Pongo el alma, dejo todo, no escatimo. Si fuera especulador, no sería artista”.

Talleres
José Fierro actualmente dicta clases particulares de pintura. Los interesados pueden contarse vía Instagram (@jose.luis.fierro) o Facebook (José Luis Fierro).

Mini Bio
José Fierro nació y estudió en Santa Fe. Vivió 9 años en Buenos Aires, donde trabajó para agencias de publicidad. Realizó restauraciones de pintura en galerías nacionales y museos internacionales como el Rally Fundation de Punta del Este. Como escenógrafo, trabajó en cortos comerciales y en las películas “Highlander 3”, “El lado oscuro del corazón” y “Naghet Tango”.


En 1999 viajó a Italia, donde mostró sus obras. Hay cuadros suyos en Italia, Francia, Japón, Tel Aviv, Venezuela y Chile. Hoy vive en Santa Fe, donde continúa con sus creaciones.

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