Conviene intimar con Robert Musil a través de su “Las tribulaciones del estudiante Törless”, que nuestra gloriosa editorial Sur había publicado en 1960 en la versión de Roberto Bixio y que ahora la editorial Bärenhaus vuelve a presentar con la actualizada traducción de Nicolás Gelormini.
Por Enrique Butti.

Robert Musil (Austria, 1880 Suiza, 1942) es el autor de “El hombre sin atributos”, una larga (e inconclusa) novela desconcertante, tan privada de acción como llena de ideas filosóficas y psicológicas. Es en verdad una radiografía de la edad dorada de la sociedad burguesa, cuyo epicentro fue el imperio austrohúngaro y que dio tema a varios de los más grandes autores del siglo pasado (en general de lengua alemana: Walser, Schnitzler, Broch, Roth, pero también el italiano Svevo), edad de oro que finaliza con la Primer Guerra, pero que siguió inspirando en su decadencia a grandes autores como Albert Cohen o Sándor Márai.

Como sucede con Joyce, a quien, antes de arremeter con su “Ulises” conviene acercársele a través de los más amables cuentos de “Gente de Dublín”, antes de emprender la lectura de los tres tomos de “El hombre sin cualidades” conviene intimar con Musil a través de su “Las tribulaciones del estudiante Törless”, que nuestra gloriosa editorial Sur había publicado en 1960 en la versión de Roberto Bixio y que ahora la editorial Bärenhaus vuelve a presentar con la actualizada traducción de Nicolás Gelormini.

“Las tribulaciones del estudiante Törless” es una novela de aprendizaje, una Bildungsroman, ese tipo especial de novelas que de alguna manera transfigura los ritos de iniciación tribales en esas innumerables aventuras de autoformación a cuya merced está sometido hoy el individuo en nuestro mundo. En aquellos ritos, el púber era retirado de la custodia materna y mediante pruebas varias se lo hacía ingresar en la comunidad adulta; en las novelas de aprendizaje suele contarse cómo un chico, separado de su familia, lejos de su hogar, entra en la realidad social imperante y enfrenta obstáculos y peligros, batallas que probarán sus fuerzas y capacidades y temple, cayendo no pocas veces en el error y la desilusión, hasta regresar, en el mejor de los casos, a su ámbito convertido en adulto.

En la novela de Musil, el joven Törless deja su provincia y sus apacibles padres para estudiar en un internado que prepara a los jóvenes de las familias más conspicuas del imperio para las carreras militares o de funcionarios del Estado. El rígido y frío colegio deprime a Törless, que “debido a su falta de iniciativa” se apega a dos de sus compañeros, los más sediciosos del curso, “violentos y revoltosos hasta la brutalidad”.

Uno de ellos es un matón sin atenuantes, movido sólo por el ansia de dominio para sojuzgar a los demás; el otro no es menos cruel, pero sus designios se revisten de esotéricos programas de autoafirmación; el primero idolatra a Napoleón; el otro a los filósofos y santones indios. Uno de ellos ha descubierto quién es el compañero que ha estado robando en los casilleros donde los alumnos guardan sus pertenencias, y contando con este poder comienzan a acosar y martirizar al ladrón con ultrajes y violaciones cada vez más abominables. Tienen un escondite aislado donde perpetran estas torturas, impulsados por una mezcla de sadismo, experimentación y dominio. A pesar de su publicación en 1906, estos personajes se presentan como cachorros de esos monstruos que se encargarán de los campos de exterminio nazis y comunistas.

El joven Törless acompaña a estos dos sujetos en sus sesiones de horror, a medias espantado y a medias excitado (el sexo, por supuesto, forma parte de las vejaciones), tan interesado como sus compinches en sacar alguna conclusión personal de tales espectáculos, pero extrañamente colocando su centro de atención en las matemáticas, es decir, no en lo carnal ni en lo sobrenatural sino en lo estrictamente racional, tentado a transformarse quizás en el peor monstruo al asistir a las torturas obsesionado por el enigma que las matemáticas proponen con sus factores trascendentes y números imaginarios.

La crisis de Törless será profunda, pero conviene anticipar aquí que atinará a rescatar a la víctima de la última afrenta y rescatarse a sí mismo, para llegar a las últimas líneas en las que, encumbrado en adulto, respira el perfume de su madre, permitiendo a la vez que el lector acceda también al primer respiro que permite esta novela sostenida en un opresivo ahogo.

Sí, juventud, divino tesoro. Pero como decía Séneca, nada hay más digno de compasión que la indigencia en el seno de la riqueza.