“Quisiera quedarme aquí en mi casa pero ya no sé cuál es”, cantaba en 2002, dando indicios de que detrás de la voz grave “a la Barry White” que sonaba mientras Echarri seducía a Celeste Cid, había una historia de vida muy especial.

Textos: Milagros Viaut.

 

Nacido en Alaska, y criado entre California, Buenos Aires y Montevideo por una madre políglota, melómana y de alma libre, que vuelve una y otra vez a la charla como figura central siempre que Kevin Johansen habla de su historia.

La vida nómada de esta mujer que viajó por el mundo buscando y escapando de amores marcó el característico estilo musical de su segundo hijo, que combina géneros e idiomas dentro de un mismo disco sin ningún pudor. Una cumbia colombiana, un candombe uruguayo, la argentinidad bien representada desde el folklore y el rock naciente que lo enamoró cuando volvió al país con su familia en el ‘76, el soul y el pop que heredó del norte, y hasta homenajes a Les Luthiers son parte de su variado repertorio.

“Tuve la suerte de tener mi madre que era muy melómana, entonces en casa habían discos de Atahualpa Yupanqui, o de Julio Sosa, o de Tita Merello… ella quería ser una mezcla entre Joan Baez y Violeta Parra, era muy latinoamericanista”. The Beatles y Dylan también estaban dando vueltas en las bateas, y, más adelante llegaría el turno del rock nacional. “En el recreo, los chicos cantaban ‘Las manos de Fermín’ de Spinetta, o ‘Jugo de tomate frío’ de Manal y descubrí a Charly, Lito Nebbia, y a su vez mi mamá me llevaba a ver a Les Luthiers… grandes des-generados”, contó en una entrevista.
Como los distintos ritmos y la facilidad para componer, el acercamiento a los instrumentos también llegó por iniciativa de su mamá. La presencia de una guitarra en el hogar de la infancia y un tío materno que “tocaba de oreja” y le despertaron la curiosidad por aprender los primeros acordes: “Yo empecé a atraerme con la guitarra también de oreja, tengo oído absoluto”, dijo mientras golpeaba una copa con una cucharita y aseguraba que el sonido que se desprendía del choque era un “Si”. El estudio profesional llegaría más adelante cuando empezó a estudiar guitarra clásica, también por insistencia de “ya sabemos quién”.

 

Entre la apertura mental, las distintas culturas, la lectura y el instrumento para acompañar, se fue conformando ese estilo ecléctico con el que se siente cómodo por la libertad de creación que le permite, y que vio amenazado al hacerse reconocido en nuestro país. Cuando ese “himno al cachondeo” que fue “Down with my baby” explotó en el mainstream argentino, Kevin tuvo que romper con sus propios prejuicios. “Fue una experiencia buenísima. Fue relajarme y pensar que la gente que quiere averiguar más, averiguará que soy un des-generado y que hay otras canciones”, dice como quien ya superó una situación, pero no fue tan fácil. Él, un tipo que se fogueó bajo el ala de Hilly Kristal en el CBGB’s de Nueva York, legendario antro punk, escenario donde perdieron sus primeros miedos personajes como Johnny Ramone o Debbie Harry, tuvo que dejar de agarrarse la cabeza y aceptar que la fama le llegaba con ese tema cachondo en inglés que subestimaba un poco. Ya habría tiempo de demostrar que sus discos eran mucho más que eso.

Y así fue: quince años después de la baladita rosa que lo hizo popular en Argentina y que lo llevó a enamorarse de su segunda mujer (una de las productoras de “Resistiré”), Kevin se consolidó como artista alternativo en el país que eligió como natal, sacando discos con los invitados más variados entre los cuales ahora se suman sus cuatro hijos, y dando shows donde el público disfruta de su música. “Mi vieja, cuando estaba por irse me dijo: ‘A mí, las canciones tuyas que más me gustan son las que estás más para arriba, donde estás jugando, donde te estás divirtiendo’. Y eso me pegó fuerte”. Tan fuerte le pegó, que a los 53 años sigue trabajando para divertirse como ese adolescente que componía sus primeras canciones “en broma” para hacer reír a la mujer que le marcó el camino.