La Biblioteca Pablo Vrillaud


La institución, que pertenece a la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, de nuestra Universidad Nacional del Litoral, cuenta con unos doscientos mil volúmenes y un notable espacio físico y adecuado mobiliario. Fabiana Alonso y Eliana Bertero ofician de excelentes guías, a través del libro que se acaba de publicar en la Colección Centenario, de la UNL.

Textos. Enrique Butti.

El culto por conservar los escritos nace con la escritura; se sabe que ya en la Roma antigua existían quienes buscaban apropiarse y coleccionar rollos. Las bibliotecas nacen de ese culto, y a lo largo de la historia quizás sea el reverso de esa afición lo que mejor ilustre su importancia: la tristemente renovada ambición por borrar la memoria del pasado ­llena de belleza pero también de conflictos y penurias­ para crear un «nuevo mundo radiante». Es lo que intentó el emperador Shih Huang Ti, que proyectó la gran Muralla China a la vez que ordenaba quemar todos los libros del imperio y prohibía que se mencionara a la muerte, para así desterrarla, aunque al mismo tiempo ejecutaba a millares de ciudadanos. No muy distintas fueron las grandes revoluciones del siglo XX, nacidas bajo la admonición de los 451 grados Farenheit, que es la temperatura en la que arde el papel, es decir, la quema de libros en las hogueras nazis, fascistas y comunistas, o bajo ese otro fuego, la censura. O bajo otro ardor no menos destructor, el de la indiferencia por los libros que propaga la ignorancia y la demagogia.

Hace décadas que las bibliotecas se preparan para la revolución tecnológica. La cuestión no atañe sólo al cambio de soporte, cuya liviandad, posibilidad de interrelaciones y difusión implica en sí una enorme valencia positiva. Implica también otra forma de fruición, y otra forma de consulta y apropiación. Y supone la confusión que puede acarrear identificar a Internet como la biblioteca ideal y definitiva, ya que Internet es brutal, en el sentido que nos ofrece una cantidad casi infinita de información en bruto, sin cedazo de forma alguna de control (de veracidad, de fuente, de referencias), de criterio o de jerarquización.

Visitar una gran biblioteca puede aclararnos los tantos. Por ejemplo, visitar la gran biblioteca de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, de nuestra Universidad Nacional del Litoral, que desde 1995 lleva el nombre de Pablo Vrillaud, dirigente reformista y participante de la creación de la UNL. Cuenta con unos doscientos mil volúmenes y un notable espacio físico y adecuado mobiliario. Fabiana Alonso y Eliana Bertero pueden ahora oficiar de excelentes guías, a través del libro que se acaba de publicar en la Colección Centenario, de la UNL.

Las autoras recorren los hitos históricos del establecimiento, deteniéndose en momentos y personajes claves, como Domingo Buonocore, que en 1935 comienza a dirigir la biblioteca. Aunque su carrera universitaria se vio interrumpida por unos meses en 1943 y durante el peronismo, volvió a hacerse cargo posteriormente de la biblioteca, con el auxilio durante un tiempo de Marta Samatan, hasta 1961. Buonocore sumó a su carrera académica las publicaciones y la bibliotecología. «Consideraba que la proliferación textual podía convertirse en un obstáculo para el conocimiento, por eso la función de seleccionar, ordenar, catalogar, clasificar y conservar recaía en el bibliotecario, como guía del público lector y como administrador de las colecciones. Entendía la gestión de la biblioteca encuadrada en una política cultural de la institución universitaria. En este sentido, en 1938 propuso la creación de un instituto bibliográfico que, previo inventario y clasificación, centralizara en un catálogo colectivo el acervo de todas las bibliotecas públicas de la ciudad de Santa Fe».

La especialidad de esta biblioteca, desde luego, atañe al campo de la historia del Derecho, la teoría y la investigación jurídica, pero, como bien se dedican a estudiar las autoras mencionadas, el valor de las colecciones que integran su acervo es de índole amplia y variada. Hay colecciones distintivas, como las que guardan documentos relacionados con las Convenciones Nacionales Constituyentes de 1957 y 1994; las que conciernen a temas universitarios y a las publicaciones de la propia universidad, o a ediciones antiguas, entre otras. Reviste especial interés la selección detallada que las autoras realizan sobre bibliotecología y sobre textos religiosos, de arte y estética, de investigación histórica, de ciencias naturales, y sobre la Reforma Universitaria.

Parte del patrimonio proviene de la donación de colecciones particulares de: Olga Alarcón, Modesto Álvarez Comas, Agustín Araya, Guillermo Bonaparte, José Carmelo Busaniche, José Galiano, Carlos Melo, Antonio Ucha y Mariano Tissembaum.

Con respecto a los nuevos rumbos para la biblioteca, Alonso y Bertero señalan que, con respecto a las inevitables estrategias de instrumentar catálogos en línea y la digitalización del patrimonio, «el Programa de Bibliotecas de la UNL se propone articular el acervo bibliográfico de las bibliotecas de las distintas unidades académicas. Los medios tecnológicos ­que también se vuelven obsoletos­ abren posibilidades para generar simbiosis entre la biblioteca analógica y la biblioteca digital, sobre todo teniendo en cuenta que los estudiantes de hoy son nativos digitales».

A este volumen de «La Biblioteca Pablo Vrillaud», la Colección Centenario ha sumado el titulado «Una universidad para el Litoral», coordinado por las mencionadas autoras y con la participación de Pablo Salomón, que reseña y documenta los distintos procesos en la fundación e historia de nuestra universidad.

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