La Casa de la Cultura recobra todo su esplendor


Andrés Ferrato, Jorge Terpín y Alejandrina Argüelles conversaron con Nosotros acerca del trabajo incansable de la Asociación Amigos de la Casa de la Cultura en pos de mantener el patrimonio santafesino.
Textos. Romina Santopietro. Fotos. Archivo El Litoral y Luis Cetraro.

La charla se desarrolla entre mates y con mucha alegría. No es para menos: luego de más de 20 años de promesas, marchas y contramarchas, la inminente reinauguración de la Casa de la Cultura es un sueño cumplido.


Los arquitectos María Clara Supisiche y Rubén Chiappero y el Ing. Jorge Terpin -quien también es museólogo- en el año 1998 constituyeron la Asociación Amigos de la Casa de la Cultura, luego de realizar un diagnóstico y proyecto de restauración, como parte de la maestría que realizan en Conservación, Preservación y Restauración de Monumentos y Sitios de Universidad Católica de Santa Fe.


“Muchos han dicho que la Casa de la Cultura es el edificio más estudiado de la ciudad. La casa es la última que queda en la ciudad de ese estilo”, explica Jorge Terpin.


Se convocó a través de una invitación en el diario a la población que estuviera interesada en conformar una asociación y así llegó al grupo Andrés Ferrato, quien entonces contaba con 18 años. Raquel Lehman convocó a Jorge para motorizar esta idea, a la que se sumaron Alejandrina Argüelles, Andrés Ferrato y el mismo Jorge Terpín, quien define a este como el “núcleo duro autoconvocado” de la asociación, ya que son quienes están desde el verdadero inicio, aunque destacan que por sus filas pasaron muchos santafesinos.


Durante tantos años de tratar de preservar lo edilicio, además de la ardua lucha, se cosecharon miles de anécdotas. Desde los subsidios pagados en Lecops, para realizar una reparación en la mampostería, hasta una de las más deliciosas, que relata Andrés: “En una ocasión tuvimos que limpiar los desagües, que estaban tapados. Cuando iniciaron la limpieza empezó a surgir miel de las canaletas, porque había un panal enorme que las obstruía. Entonces nos avisan eso ‘está saliendo miel de las cañerías’… imaginate la sorpresa. Pero efectivamente, salía miel”, cuenta con una enorme sonrisa.


“Fuimos testigos en estos 20 años del proceso de degradación que sufrió la casa”, recuerda Andrés.


“Como asociación, logramos hacer muchas cosas que la mantuvieron en pie”, tercia Alejandrina.


Jorge continúa: “nosotros estamos muy felices con lo realizado ahora. Pero es importante destacar el trabajo que hizo la asociación, que es un trabajo que puede hacer cualquier ciudadano, que fue decir ‘hay que ponerle el hombro a esto, para evitar que se destruya’. Hubo un momento en que la casa estuvo por colapsar, porque los desagües no salían a la calle, lo que fue socavando el terreno y los cimientos”.


Esto demandó una intervención urgente y extraordinaria, donde a pesar de diversas trabas burocráticas, se consiguió concretar el recalce y pilotado de los cimientos, salvando de esta manera a la casa del derrumbe. También en estas acciones se evidenciaron problemas invisibles, propios de un edificio con enfermedades, refiere Andrés.


“Insistimos con la preservación de esta casa, porque es muy difícil seguir desde lo patrimonial la evolución urbana de nuestra ciudad. Porque las olas de modernización han pasado por arriba y dejaron muy pocos testimonios, y casi ningún testimonio de acceso público en lo edilicio. Esta es la única casa de ese estilo del bulevar de 1910”, apunta Andrés.


“En Santa Fe es muy evidente la arquitectura de sustitución”, continúa Jorge.


“Cuando se altera la fisonomía original de una ciudad, es una forma también de alterar la memoria. De todo lo que representa una época. Entonces por eso es tan importante el trabajo patrimonial”, completa Andrés.


“Trasciende el mero edificio. El rescate patrimonial también rescata una época, una historia”, sigue Jorge.


“Finalmente, es entender que el patrimonio es legado. Nos pertenece a todos. Enriquece a toda la sociedad. Rescatar la belleza, no es solo un acto de cultura, sino también es un acto de político, de profundo significado. Sobre todo cuando la belleza pertenece al ámbito de lo público”, cierra Andrés.

Andres Ferrato, Jorge Terpín y «Pimpi» Argüelles, de la Asociación de Amigos Casa de la Cultura


Proyectos


El hecho de haber batallado por más de 20 años no detiene a la Asociación, que ya anda en busca de nuevos proyectos para apadrinar. Como niños traviesos, los tres sugieren misteriosamente que tienen varios en vista.


La belleza de la meta alcanzada se revelará en breve a la ciudad, con la inauguración de la Casa de la Cultura.

La historia


La casona guarda una historia de esplendor y otra de decadencia.


La primera refiere a su origen, como exponente del eclecticismo de principios de siglo y significante del poder económico de sus dueños.


Se levantó en 1910 por decisión de Luciano Manuel Leiva (hijo de quien fuera gobernador) en la esquina de Güemes y el bulevar Gálvez, y el Ing. Francisco Ferrari fue quien la construyó (los expertos señalan que no se sabe con certeza si también el proyecto pertenece a este profesional, que sí es autor de la actual Casa de Gobierno). Tanto la elección de su constructor, su volumen, sus jardines, como los detalles interiores y el fasto con que vivieron sus primeros habitantes, la marcaron desde su nacimiento como una residencia única.


Desde 1911 la familia Leiva recibe en su petit-hotel con magnificencia, desplegando una intensa vida social reflejada en las crónicas de la época.


Reveses de fortuna llevan a su primer dueño a hipotecarla en 1914; se remata, la vuelve a comprar en 1920 y tres años más tarde la vende al Banco Hipotecario Nacional.


Entre 1916 y 1919 ocupó la casa el entonces gobernador Rodolfo Lehmann, casado con Corina Leiva, prima (o hermana) del propietario. La residencia continuaba siendo lugar de reuniones, fiestas y encuentros de políticos destacados, y de allí posiblemente surgió años más tarde el inexacto mote de “casa de los gobernadores”, ya que solamente uno la habitó.


La última familia que residió en ella -y la que lo hizo por más tiempo- fue la de D. Lorenzo Molina y María Colombo con sus 13 hijos, quienes la compraron -ya deshabitada- en 1924 y vivieron allí 18 años.

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