El sur de Francia, atravesado por su sol ardiente, los rastros de un pasado glorioso y un presente pleno de vitalidad hacen de la visita a esta región algo inolvidable.

TEXTO Y FOTOS. GRACIELA DANERI.

Muy cerca de Marsella (a cuya área urbana pertenece, pues dista de ella aproximadamente unos treinta kilómetros) se halla Aix-en-Provence, capital histórica de la Región de Provence, que hoy comprende Provence-Alpes-Cotè d’Azur y está cerca del Mediterráneo. La bella Aix es la ciudad donde nació uno de los notables de la pintura: Paul Cezanne, su hijo dilecto y, como tal, una sus plazas centrales (la de la Rotonde, con una gran fuente en el medio) tiene su estatua de tamaño natural. Pero sin olvidar que también residió en ella el escritor Emile Zola, de quien el artista era amigo.

 

Esta ciudad es poseedora de un clima excepcional y un entorno natural y arquitectónico que la constituyen en una de las atracciones turísticas más potentes del sur de Francia. De allí que sus estrechas callecitas se hallen permanentemente transitadas por visitantes no sólo franceses, sino de todo el mundo, y en sus múltiples bares, restaurantes, bistró, locales de venta de souvenires -sobre todo los hechos sobre la base del olivo y de la lavanda, este último un cultivo típico de la zona, cuya fragancia se respira doquier uno vaya- el cosmopolitismo impera, lo que se detecta a través de las lenguas que se hablan. Entre ellas, el occitano, que es original del lugar y remite a los famosos trovadores del Medioevo, una impronta central de la cultura provenzal.

Aix-en-Provence fue fundada por los romanos en su camino a las Galias con el nombre de Aquae Sextae, posteriormente ocupada por los visigodos y luego devastada por los árabes, para pasar finalmente al por entonces recién constituido reino de Francia. Según se dice, el nombre Provence deriva de “Provincia Nostra”, como la llamaron los romanos al ser su primera conquista en dicho territorio.

 

Hoy residen aquí unas 140.000 personas y en la urbe se alternan lo contemporáneo, con la avenida Giuseppe Verdi como una de sus arterias peatonales, con lo más tradicional y con más historia. Desde luego, esta área es la más atractiva, destacándose también por sus calles angostas, que conducen a la plaza del Hotel de Ville, la Torre del Reloj y la Catedral de Saint-Sauveur, cuya construcción aseguran que comenzó en el siglo V y se extendió hasta el XVII. Sí, todo aquí tiene una impronta decididamente singular y encantadora.

Sobre el puente de Avignon…

 

También Avignon -llamada la Ciudad de los Papas ya que fueron unos cuantos los que residieron allí- está en la región de Provence-Alpes-Cotè d’Azur y también cerca de Marsella. Allí desembarcamos una luminosa mañana, donde todo se encamina hacia su trazado histórico, que era en definitiva el que íbamos a conocer.

 

Desembocamos en la animada Place de l’Horloge, rodeada de bares y restaurantes, con el Ayuntamiento por un lado y la Opera por otro, edificios centenarios ambos.

Continuando nuestro camino, llegamos al majestuoso Palacio de los Papas, que se remonta a la época medieval, cuando el papado había asentado sus dominios en esta comarca. Entre sus sólidos muros, recordemos, se celebraron seis cónclaves, en los que fueron ungidos otros tantos pontífices. Aquí sentó sus reales el famoso Bonifacio VIII, enfrentado al rey de Francia Felipe el Hermoso, y Papa al que Dante en su Divina Comedia situó en el Infierno, pues lo consideraba el provocador de todos los males de su época.

 

Este palacio gótico, hoy museo, fue decorado por el gran Simone Martini, y toda la ciudad (Patrimonio de la Humanidad) está rodeada por murallas bien preservadas, así como también su icónico puente de piedra sobre el cauce del Ródano, fuente de inspiración de la renombrada canción infantil y tarareada por numerosas generaciones a la vez que gran atracción turística. Ningún visitante deja de fotografiarse sobre el Puente de Avignon y tampoco nosotros…

Anexado a aquel edificio está la Cathedrale Notre-Dame des Dans, erigida entre los siglos XII y XVII, y frente al palacio el Hotel des Monnais, la casa de la moneda papal.

 

Avignon es considerada la ciudad más poblada del departamento de Vaucluse, cuenta con su propia universidad y posee como dialecto el occitano provenzal. Es digna de ser visitada por su rica historia, su bella arquitectura y un entorno y clima tan agradables que, todo sumado, da mucha pena al momento de decirle adiós.

Nimes, con fuertes rastros romanos

 

El Anfiteatro de Nimes, conocido más como la Arena , es una de sus señeras construcciones, cuyas primeras piedras las colocaron los romanos allá por el siglo I (por ello dicen que Nimes es la mejor conservada después de la misma Roma); como en otros semejantes, en la actualidad, es escenario de fiestas taurinas y recitales musicales (uno de rock se celebraba durante nuestra estadía, con una multitud ocupando sus gradas milenarias). De la misma época es la Maison Carrée, templo romano que, como aquél, por sus líneas arquitectónicas también acapara la atención.

 

A un costado, contrastando notoriamente, está el Carrée d’Art, edificio mucho más moderno, que ocupa el Museo de Arte Contemporáneo de la ciudad.

Como tantas urbes de la Región de Occitania, Nimes preserva su aspecto medieval, esencialmente en ese casco histórico donde concentra lo mejor de sí. Ahí está, además, la Basílica de Nuestra Señora y San Castor, templo de líneas románicas que es su catedral. No demasiado lejos están las ruinas de la Porte d’Auguste -cuyos restos bien conservados aún sobreviven y son orgullo de la ciudad- que supo ser uno de sus accesos en la época romana y un poco más allá el puente sobre el Gard, uno de los acueductos tan caros a los romanos y que fuera construido por Agripa.

 

A poca distancia de estos lugares, la Place de l’Horloge es otro espacio convocante (y de paso cotidiano) y tradicional, donde funcionan bares bastante concurridos. Nimes es, por cierto, una urbe agradable, decididamente tranquila, con elegantes centros comerciales donde campean las marcas de renombre mundial. Y en los días en que permanecimos en ella se celebraba la Fète de la Musique, que llegó a congregar una gran cantidad de amantes de Euterpe.

Arlés y el recuerdo de Van Gogh

 

Los restos de lo que fueron sus murallas los encontramos frente mismo a la estación ferroviaria; sí, Arlés es, dentro de su trazado medieval, otra ciudad con historia, de esas denominadas literalmente Villes et pays d’art et d’historie. Los griegos la fundaron en el siglo VI a C, después la conquistaron los celtas y más adelante la tomaron los romanos, convirtiéndola en una comarca importante. Hoy quedan algunos resabios de aquel entonces y de aquellas epopeyas fundacionales y conquistadoras, traducidas en el trazado de sus calles, en sus construcciones.

Una de ellas es, como no podía ser de otra manera, la Arena, circo romano donde se enfrentaban gladiadores, y que hoy, como otros de la región, se utiliza para corridas de toros y/o espectáculos varios… Cercano a él, perduran otras ruinas, como las de lo que fue el teatro antiguo lugareño y, más allá, se llega a la Plaza de la República, con un obelisco en el centro. Frente a ella, lo habitual, la Catedral de San Trófimo (del siglo XII) y el Ayuntamiento. Puede decirse que, como en cualquier ciudad pequeña (Arlés alberga a algo más de 50.000 habitantes), el quehacer cotidiano transcurre en los alrededores de aquélla, a partir de la cual la ciudad adopta (también en lo edilicio y urbanístico) una fisonomía más contemporánea. El casco antiguo, ese que la Unesco determinó que fuese Patrimonio de la Humanidad, queda unas cuadras más atrás.

 

Alguna vez, Vincent Van Gogh se estableció en Arlés y se sintió maravillado por la campiña de Provence, la que dejó plasmada con sus pinceles y colores en telas que perduran en la cima del arte impresionista. Entre ellas están sus girasoles, sus campos soleados, sus rústicos puentes de madera, su visión de tal o cual caserío, o de una noche estrellada, su austero dormitorio o algún autorretrato… Imágenes que son parte esencial de la pintura universal, obras de este hombre atormentado que llegó aquí en 1888 y donde, al cabo de unos quince meses, ideó cuadros superlativos. Y que hoy los turistas recorren en búsqueda de huellas del genial artista.

Al desandar el camino de regreso a la estación, lo hacemos por otros senderos, imaginando que, quizá, fueron algunos por los que transitó Vincent, o que también pudo haber pintado. Y desembocamos en una especie de costanera que bordea el Ródano, río caudaloso que volvimos encontrar por aquí.