Vale destacar que la calidad de los escritos de la esposa del empresario colonizador que fundó San Carlos excede la importancia que sólo supieron darle algunos historiadores y estudiosos, es decir que supera el valor testimonial que dejó esta mujer desde su posición social singularmente privilegiada.

Por Enrique Butti.

Vivió sólo cinco años en Santa Fe y escribió en francés; sin embargo sería insensato que estos dos datos decidieran privar a nuestra literatura (santafesina y nacional) de esa espléndida pionera que fue Lina Beck-Bernard, tan insensato como privarnos de algunas de nuestras mejores narraciones camperas por el hecho de que William Hudson escribiera en inglés. Ninguna gran tradición literaria se construye sólo con obras de la propia lengua.

Quizás esos dos prejuicios hayan incidido para que las grandes obras de Lina Beck-Bernard tuvieran una escasa difusión. Recién ahora contamos por primera vez con la publicación completa de la trilogía narrativa “Fleurs des pampas”, dos de cuyas “novelas” eran inéditas en castellano. La primera y más extensa (ella sí una suerte de “nouvelle”; las otras dos son en verdad cuentos), titulada “La estancia de Santa Rosa”, había conocido una traducción de Irma Bignon, Renée Maitre y Mariti Yost de Pasamonti, publicada por la UNL y nuestra Alianza Francesa en 1990. Una nueva versión de ella, más las otras dos flores pampeanas y tres ensayos (sobre la pena de muerte, las cárceles de mujeres y el patronazgo preventivo para las mujeres) aparecen ahora bajo el sello de la UNL, bajo la coordinación y con una iluminadora introducción de Adriana Crolla.

De Lina Beck-Bernard conocíamos la versión en castellano que el santafesino José Luis Busaniche hiciera de sus crónicas para la editorial El Ateneo en 1935, con reedición de Emecé en 2001. La cuidada traducción suprimía algunos párrafos con anécdotas sobre las perversidades y crueldades de Rosas, sobre la corrupción de frailes en Santa Fe y la persecución de la familia Cullen. En 2013, la UNL y la UNER publicaron una nueva versión, esta vez completa, de “El río Paraná”, con introducción de Claudia Torre y traducción de Cecilia Beceyro. Este libro de estampas, crónicas, sucesos y tradiciones de nuestra región es apasionante. De la laguna Setúbal, por ejemplo, refiere creencias como que en ciertas noches se puebla de globos de fuego que bailan sobre las ondas, encantando bañistas y pescadores hasta ahogarlos; que un toro blanco con cuernos de oro suele surgir arrastrando a los temerarios que intentan enlazarlo, y que una hermosa joven sale de las aguas con sus cabellos rubios desprendiendo una lluvia de perlas para acabar con quien quiera acercársele.

Lo que vale destacar es que la calidad de los escritos de la esposa del empresario colonizador que fundó San Carlos excede la importancia que sólo supieron darle algunos historiadores y estudiosos, es decir que supera el valor testimonial que dejó esta mujer desde su posición social singularmente privilegiada (no es casual que uno de los capítulos principales de “El río Paraná” se titule “Santa Fe desde la terraza”, y literalmente esa posición es la del mirador de la casa donde vivió la autora, un solar donde hoy se levanta Tribunales).

Ese valor todavía por instalar es el específicamente literario, y lo prueba esta “Trilogía narrativa y ensayos”, en la impecable traducción de Silvia Zenarruza de Clément y Verónica Cerati.

Son deslumbrantes las descripciones de los paisajes de esta “naturaleza que absorbe al hombre” y las derivaciones narrativas que Lina sabe acordar con la violenta suerte de la Confederación y el choque entre inmigrantes, indios y esclavos libertos: “El desierto, donde parece reinar el silencio, tiene una voz elocuente para quien sepa oírlo”, escribe.

En una de estas narraciones, “Fray Antonio” se cuenta la historia de un franciscano del convento de San Lorenzo, un italiano que ha llegado a estas tierras escapando del amor frustrado por una mujer que aparecerá frente a él años más tarde, cautiva de los indios junto a su marido. El fraile se desvive por salvar al hombre, muy herido, y rescatar a la pareja de los indios. Se separa de ellos y meses después le llega una carta anunciando que las fiebres han matado a la mujer.

 

Y para ejemplificar el gran estilo de Lina transcribimos aquí las frases finales que pronuncia el narrador a quien Fray Antonio ha contado su vida: “En tiempos antiguos, Fray Antonio hubiese sido un caballero, un reformador, un mártir. Nuestra época de transición y de incertidumbre no le había dejado otro recurso que una actividad agitada y devoradora. […] Para este hombre de sólo treinta años la vida parecía cerrada. Se diría que había dado vuelta él mismo la última página de su destino. Había comenzado por una inmolación, terminaba sobre una tumba y él, aún de pie, parecía no esperar nada más allá de eso. Y sin embargo, Fray Antonio había sido privilegiado. Más feliz que aquellos oprimidos por la atmósfera viciada de nuestra vieja sociedad, le había sido dado respirar el aire libre y puro de un mundo nuevo. Esta alma aún palpitante por las angustias de la duda y llevando en ella la fe, como un tesoro que se posee sin saber gastarlo, se había recogido en los sentimientos a los que se aferraba con más fuerza: Dios y la naturaleza.

“Sin embargo la vida no está completa sino para el hombre para quien ella no es un enigma sino la realización de un plan divino aceptado sin reservas y donde el sacrificio del momento presente se torna en esperanza del futuro”.