La vida… como el viento


“A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas. Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresará la calma”.

Amigos por el viento. Liliana Bodoc.

Vamos, venimos, traemos, llevamos y nos dejamos llevar… en ese ir y venir vamos conociéndonos, reconociéndonos y desconociéndonos.


Ma qué cosa dice?


Y si amea, por cuántos estados vamos pasando, en cuántas nos transformamos y formateamos en nuestro devenir.


A lo largo de la vida, qué digo de la vida, a lo largo del día nada más, lo que arrancó de un color, vivo, brillante y definido va decolorándose o mutando en una especie de batik caprichoso.


Abrazamos certezas y nos cobijamos en ellas suponiendo un lugar seguro entre tanto desconcierto, más resulta que con el correr de las horas lo que se suponía tan cierto, no es más que un conjunto de interrogantes y ensayos de respuestas provisorias.


¿Y de eso se trata no?


Claro que es importante acercarnos a pequeñas verdades, ir apilando mojones que precariamente nos van señalando el camino. Sin embargo queridas mal aprendidas, es tan importante esto como comprender que “puede fallar”. Puede fallar amea, y va a fallar, va a fallar simplemente porque así son las reglas del juego. Cuando más creemos que todo está bajo una espléndida armonía, cuando más pensamos que controlamos la escena y que los planetas están alineados a nuestro favor… es ahí, justo ahí, cuando se produce el sismo. Y si… ley de vida.


Hagamos un pequeño ejercicio, pensemos en estos últimos tiempos… meses… años… Detengámonos en una fracción de tiempo retrospectivamente, intentemos ubicarnos en algún momento en el que, conscientes o no, hayamos pensado “qué tranquilo está todo”, “al fin logramos organizarnos”, “todo está saliendo como lo planeamos”. Y, sin abrir los ojos, en ese mismo ejercicio, pensemos “¡¿cuánto duró?!”, “¿¿qué pasó??”. ¿En qué momento todo se salió de cause, cuándo fue que la vida me pasó por encima enrostrándome que es poco o casi nada lo que puedo dar “como seguro”… que tengo que entender que los tiempos de certezas duran poco y son más los de búsqueda, los de definiciones y virajes poco imprevisibles?


Y si… a pesar de todo, de la angustia que genera, del miedo inevitable, de lo incierto del paisaje… ¡En buena hora!


Y ojo, con esto no estoy diciendo: tiremos por los aires lo logrado, lo afianzado, lo consolidado. ¡No! No estoy enfatizando en lo que hoy parece ser una especie de destino inevitable y que se repite cual mantra por todos lados. ¿De qué hablo? De esta insistente consigna que nos invita una y otra vez a “soltar” a “dejar ir”. ¿Qué estoy intentando decir con esto? ¿Qué permanezcamos atadas, engrilladas a aquello que nos lastima, que no nos deja crecer, que nos impide avanzar y parece hundirnos una y otra vez sin dejarnos asomar la cabeza? ¡No estoy diciendo eso! ¡Claro que no! Al contrario. Es necesario descartar el peso innecesario, ese que nos ancla al piso o nos despluma las alas, antes siquiera de empezar a carretear, claro que sí. Pero también es necesario cuidar, preservar, acunar lo que nos da sentido, lo que creemos de verdad que vale la pena. Y eso amea, eso no es nada fácil y mucho, mucho conspira en contra. Nuestro cansancio, nuestras propias frustraciones y las ajenas, la desdicha de ver que nada salió tal como lo proyectamos e incluso, aun saliendo como lo planificamos, no resultó ser lo que esperábamos, hace que desalentadas, tiremos por la borda, aun lo que alguna vez “nos salvó”.


Puede fallar, diría Tusam, y falla ¡altro que! Falla porque la vida toma caminos que nunca imaginamos, falla porque por más esfuerzo que hagamos, por más empeño que pongamos, lo que tiene que ser será y lo que no, aunque pataleemos y nos lo propongamos obstinadamente, no será.


Es ahí, justamente ahí, cuando sin tener demasiado tiempo para analizarlo en profundidad, tenemos que decidir qué derroteros transitar, hasta dónde estamos dispuestas a llegar, a qué vamos a renunciar o qué es posible modificar, simplemente para poder seguir, para no desfallecer en el intento.


Y ahí, justamente ahí, es cuando tenemos que definir si abrir las ventanas o cerrarlas, si dejar que vuele, revuele y renueve o impedirlo, sujetarnos, aferrarnos a lo construido y sostener firmes paredes y cimientos.


Ahí vamos entonces, procurando a cada paso, recobrar la calma, sumergirnos en la tibia matriz de lo seguro, cobijarnos y abrigarnos, intentando olvidar la tormenta pero sabiendo que puertas y ventanas ineludiblemente volverán a abrirse, a desmadejarse, pero que también, forzosa y tozudamente volveremos a repararlas, a asegurarlas a reconstruirlas, reconstruyéndonos.

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