¿Libres o encarcelados en el sueño?


“La rutina de las máquinas”, de Diego Oddo.

Por Enrique Butti

Algunas teorías y algunos esquemas históricos sobre el género cuento se convirtieron en las últimas décadas en imposiciones rígidas y por lo tanto, tratándose de arte, a la larga o a la corta, erróneas. Teorías y lugares comunes como la teoría del iceberg, de Hemingway (todo cuento debería esconder, como un témpano, 7/8 partes de su verdadero cuerpo) o como la tesis de las dos historias que encerraría todo cuento, según Piglia. O acerca de la definitiva victoria que en la contienda entre Maupassant y Chéjov, éste (Carver mediante) ha ganado, y por knockout, al menos para las dos últimas generaciones de escritores, al menos para la mayoría de los nuevos escritores argentinos. El malentendido más visible en estos mandatos estriba en suponer que el puro devenir, lo cotidiano (asociado a menudo con lo anodino), lo sobreentendido y los comienzos in medias res y los finales por cualquier lado garanticen una mayor mímesis y registro testimonial del presente. De allí resultaron toneladas de juvenilias con sus inevitables aderezos de sexito, birra, porrito, transa, piquetes… Es decir, toneladas del más lívido y patético costumbrismo.


A propósito, “La rutina de la máquinas” (Contramar Editora), el primer libro de cuentos de Diego Oddo (Santa Fe, 1983) resulta interesante por dos motivos: primero, porque los dos textos que abren el volumen vacilan entre esas peligrosas imposiciones a las que nos referíamos, y segundo, porque en los otros cinco cuentos, escapando progresivamente de ellas, el autor accede a composiciones sólidas y, por lo menos en dos, logra creaciones realmente notables.


En “Un planeta nuevo”, un narrador en primera persona cuenta que vive en el décimo piso de un edificio del Bulevar, rodeado de construcciones bajas. Cuenta que pasa mucho tiempo aislado porque su pareja ha decidido compartir con él solo las horas diurnas mientras le dure el sonambulismo. A los catorce años, recuerda el narrador, había vivido episodios de ese fenómeno y una médica restó importancia al hecho y le vaticinó que todo terminaría con el primer noviazgo, cosa que resultó acertada. Pero ahora ha vuelto a las andadas nocturnas y a Julieta la asusta despertarse en medio de la noche y encontrárselo ahí sentado en la cama, mirándola con una cara que “no es la misma”, o arrastrando los pies por el departamento, gritando y golpeando la mesa.

Y un día Julieta llega con la idea de instalar una cámara que registre lo que sucede de noche y así el narrador pueda verse a sí mismo en acción.

En las primeras filmaciones no hay movimientos y apenas sirven para que el narrador descubra sobre un aparador los lápices que se había traído con la intención de volver a dibujar. Vuelve, en efecto, a dibujar, y los primeros registros del sonámbulo lo mostrarán también sentándose a la mesa para dibujar. Sobre esta base Oddo despliega una narración intensa e inquietante (y aunque, por ejemplo, no se vuelva a mencionar el vacío que espera al sonámbulo en el balcón, el dato sí queda latiendo en el telón de fondo para quien está leyendo el cuento).


El otro cuento memorable del conjunto es el que da título al libro. En “La rutina de las máquinas” el autor practica otro tono y desarrollo, otro mundo narrativo, como conviene a todo buen libro de cuentos (la intimación a una unidad férrea en los libros de cuentos es un prejuicio actual, un rigor mortis avalado por la academia sin ningún fundamento.

El estilo de un buen escritor no es una laboriosa conquista sino una fatalidad. De Boccaccio y “Las 1001 noches” a Rulfo y Singer, los conjuntos de cuentos aprovechan el final de un cuento trágico o cruento para en la página siguiente sumergirnos en un cuento frívolo o cómico; en Borges, el final de un cuento realista con compadritos está pegado a un cuento metaliterario o a uno metafísico). Con frases cortas y contundentes, en “La rutina de las máquinas” se nos cuenta sobre el dueño de una lavandería que desde la reclusión en su hogar-negocio descifra la vida de los vecinos clientes a través de la ropa que le llevan a lavar. Hay varias historias apasionantes y varios personajes extraordinarios que seguimos a través de la perspectiva de este hombre que en algún momento dudará entre estar viviendo en una celda de la cual solo él tiene la llave o, al contrario, que sean los otros quienes están encerrados afuera y su lavandería sea el espacio de libertad que se ha ganado para sí mismo. En este cuento, que completa la historia del personaje de un relato anterior, lo cotidiano, lo mecánico, lo repetitivo va insinuando chirridos en los engranajes, chispas, cortocircuitos que Oddo sabe conducir con pericia a la explosión final, contrariando la prohibición de estridencias argumentales y verbales que ordena esa autopista que desconoce la selva, y en la selva las sendas que a machetazos fueron abriendo de Faulkner a Felisberto Hernández, de Katherine Anne Porter a Silvina Ocampo.

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