Los hombres de arena, cruzados por mil leyendas, están diseminados en aldeas y oasis. Se comunican entre sí en su propio dialecto, tienen en común la religión musulmana y su aguerrido pasado de luchas.

Textos. Nidia Catena de Carli.

Tratar de comprender el espíritu que reina en el mundo árabe es una tarea intrincada para los occidentales.

En principio es importante recordar que el Islam excluye terminantemente a las representaciones de figuras humanas o de animales -ya sea en sus viviendas como en sus monumentos- que, a diferencias de otros credos, son consideradas sacrílegas. En su lugar aparecen arabescos o caracteres de la escritura árabe, que ofrecen un espectáculo tan artístico como decorativo.

El estudioso sabe que los hallará ya sea visitando una mezquita, un palacio o una medersa. Pero lo más sorprendente es que en ellos se encuentran representados los versos de los más importantes poetas árabes, como también los versículos del Corán.

Estos grafismos de alto contenido religioso están plasmados en todos los países árabes. En este relato me voy a referir a Marruecos, dónde se los puede apreciar en ciudades tales como Rabat, Casablanca, Fez, Marrakech y muchas más.

RUMBO A LO DESCONOCIDO

Apenas nos alejamos de los núcleos urbanos nos sumergimos en el “Marruecos profundo”, orillando el temido desierto de Sahara. Allí reinan los bereberes, los hombres de arena cruzados por mil leyendas.

Están diseminados en aldeas y oasis (la mayoría son nómades) y se comunican entre sí en su propia lengua y dialecto, teniendo en común la religión musulmana y su aguerrido pasado de luchas. Se los denomina “los señores de la guerra”, conocedores del desierto y sus cambiantes dunas, por las que cabalgaban desde tiempos ancestrales.

Ese pasado flota en el ambiente en la gran fiesta del Sbou o Carrera de la Fantasía, donde se disputan carreras a caballo exhibiendo su gran destreza y sus viejos arcabuces.

En esta festividad conmemoran año tras año el nacimiento del profeta Mahoma. Es una tradición milenaria a la que bien vale la pena asistir, algo que se recordará por siempre.

Pero no sólo de glorias pasadas vive este pueblo. Los bereberes son hombres fuertes, valientes y muy esforzados. En esto incluyo a las mujeres, que trabajan a la par de ellos. Dentro de sus habilidades, se los destaca por el desarrollo alcanzado en la fabricación de orfebrería de plata, sobre todo por la originalidad de las joyas que luego serán vendidas o canjeadas en los souk (mercados). Las principales destinatarias son las mujeres que las lucen en los dedos y muñecas, son los únicos objetos de lujo permitidos a las mujeres bereberes. Pero además a estas joyas se les asigna un poder mágico y protector. Las dos más preciadas son: la cruz bereber y la mano de Fátima, consideradas como talismanes contra el mal de ojo y la mala suerte.

LAS MUJERES DEL DESIERTO

Las leyes islámicas que emanan del Corán son excepcionalmente severas con sus mujeres, desde la adusta vestimenta -el clásico “haik” de color blanco o negro que cubre su figura- hasta el riguroso “hiyab” que oculta el cabello, las orejas y el cuello pero deja mostrar el rostro. Esto no ocurre con el “niqab” que es un amplio tocado negro que cubre toda su cabeza y que un velo recorre la cara de oreja a oreja. Más dramático aún es el “burka” (lo ví en Estambul), un entramado enrejado que oculta todo el rostro. Es difícil entender esto para una mujer occidental y pensar que en el siglo XXI aún persistan imperturbables estas tradiciones a través de los siglos.

La libertad es un sueño imposible ya que no les está permitido abandonar el lugar donde nacieron, solo lo pueden hacer acompañadas de sus familiares. Uno de los únicos momentos en el que aprovechan para reunirse y participar en conversaciones y confidencias femeninas es cuando emprenden la tarea de hacer y cocinar el pan familiar en hornos comunitarios. La tarea concluye cuando cada una de ellas, al retirar los panes que llevará al hogar, los identifica con un adorno o arabesco que simboliza la familia a la que pertenece.

La tarea de la mujer es aún más ardua pues en su casa debe hacerse cargo de conciliar tres o cuatro generaciones: sus hijos y nietos, y por supuesto, sus padres y a los abuelos que son respetados por sus años y sabiduría. Como si esto fuera poco, no es infrecuente que deba compartir a su marido con otras mujeres ya que la poligamia es aceptada por las leyes del Corán. A pesar de estas circunstancias la vida de una joven bereber está signada por un destino común (salvo excepciones): convertirse en esposa con todas “las de la ley” y la boda es una gran fiesta bereber.

En este aspecto hay que diferenciar las celebraciones que se realizan en las ciudades con respecto a las que se suceden en el interior profundo marroquí donde priman condiciones muy diversas.
En los grandes centros urbanos, la pareja puede alquilar desde una gran sala hasta un palacio; lo que, obviamente, depende del poder económico de la familia. En cambio, en los barrios más humildes las familias celebran las bodas en las terrazas de las casas, o bien montan una tienda de campaña en la entrada de la casa de la novia.

En todos los casos, lo que no falta son los multiples platillos de manjares, la estridente música, los bailes y la desbordante alegría.


RUMBO AL VALLE DEL DADÉS

Tuve el enorme privilegio de ser invitada con un pequeño grupo de viajeros a una boda en el desierto marroquí. Partimos de la famosa plaza Jemaa El Fna de Marrakech. En total éramos cuatro en una camioneta rumbo al Valle del Dadés por la mítica carretera 9 del Tizi-n Tichka. A medida que avanzábamos íbamos costeando la zona meridional de la famosa cadena montañosa del Alto Atlas, donde algunas cimas tienen más de cuatro mil metros de altura. Esta es de una belleza impactante, sus colores viran del marrón al colorado hasta el violeta, un arco iris de colores que cambia según el discurrir de las horas.

Al pie de los valles, los poblados se van sucediendo como en un sueño “de las mil y una noche”. En uno de ellos, el milagro del amor estaba a punto de hacerse realidad. Allí marchábamos para ser testigos de que el amor florece aún en el desierto.

La invitación a la boda rezaba: La celebración se llevará a cabo en la Rue des Kasbash. Pensé: “Esto si que es complicado, en un radio de cien kilómetros hay casi un centenar de kasbash”. Me costó enterder al guía, pero al fin me señaló en el mapa la localidad de Ouarzazate, a tan sólo unos diez kilómetros de allí sería la tan ansiada boda.

EL RITUAL DE LA BODA BEREBER

No sé si era un sueño o estaba viendo una película. Mis zapatos se enterraban en las arenas del Sahara y, como telón fondo, estaban las altas cumbres del Atlas con sus milenarias fortificaciones que se elevan majestuosas y abruptas, envueltas en un silencio misterioso que parece eterno.

Es el primer día de una boda inolvidable para todos, en especial para los contrayentes. Hasta ese momento permanecen separados cada uno con su familia, pero es el novio quien le hace llegar a su futura esposa los regalos y el atuendo que usará en la celebración.

Desde muy temprano comienzan a llegar los familiares y amigos a la casa de la novia, ellos son los encargados de llevarla hasta la casa de su prometido, anunciando con cantos y resonantes clarinetes la llegada a destino.

Las mujeres los acompañan con fuertes sonidos guturales, son una manera de desearles felicidad a la pareja.

Por la tarde del segundo día los esposos tienen su primer encuentro sexual, mientras las amigas y familiares esperan detrás de la puerta para saber si la relación fue consumada. El silencio parece eterno hasta la salida de la pareja que dá muestras de la feliz unión.
Las mujeres profieren al unísono el grito bereber, señal de aprobación y alegría. La buena nueva es festejada por todos y comienza la fiesta con bailes, tambores y redoblantes.

En el crepúsculo del tercer día, recién la novia descubre su rostro a los invitados y en honor a ellos la pareja sacrifica un cordero, como es la tradición.

El festejo continuó con manjares, música y bailes por tres días consecutivos. Fue sin dudas una fiesta inolvidable en el desierto.