Los insomnes no sueñan


Hay quienes, por estar excesivamente preocupados, son incapaces de proyectar, planificar e incluso desear.

Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

Dice Freud que el soñar es la condición del dormir y vaya si profundizó en esa línea. Una obra entera, «La interpretación de los sueños», y varias generaciones de psicoanalistas que hasta el día de hoy lo entienden como un jeroglífico a descifrar en lo que su paciente dice, tirado en el diván.

Por otra parte, numerosos estudios clínicos corroboran la necesidad de dormir bien para metabolizar nutrientes y poder estar activos al día siguiente.

Así las cosas, el título del presente texto es una metáfora dirigida a quienes por estar excesivamente preocupados son incapaces de proyectar, planificar e incluso desear.

Podemos entender a la falta de sueño como una de las manifestaciones del superyó y sus subsidiarios favoritos: castigo y ansiedad.

Como ya se dijo en otras oportunidades, esta instancia nos compara siempre con un ideal y, como es dable suponer, jamás estaremos a la altura. En la práctica, el líder insomne se culpa por no haber hecho tal o cual cosa. Por no haber tomado esa decisión a tiempo. O su contrario: por haberla tomado y ahora arrepentirse. Todas las circunstancias vividas o imaginadas del día son puestas bajo la lupa en la oscura nocturnidad, dando resultados preocupantes.

Respecto de la ansiedad no es casual que los medicamentos más vendidos en la última década sean ansiolíticos y sildenafil (ambos con causa suspicazmente similar). Aquí, el sujeto anticipa lo que va a venir. Los pensamientos se adelantan con velocidad a los hechos, siendo capaces aún de crearlos. Sentimos lo que pensamos y por ello, imaginar una situación dramática nos la hace vivir tal y como si estaría sucediendo. ¿Se pesca la profundidad de esto y la implicancia en nuestra salud mental?

El inconciente no descansa, muchachos. Hace falta que lo entendamos y asumir que domarlo es directamente imposible. Citando nuevamente al vienés, coincidiremos en que «el yo no es amo en su propia casa».

Avancemos un poco y digamos ahora que cuando un líder está hundido en estos asuntos, comenzará de a poco a ver disminuida su salud física (no se ejercitará, no se cuidará en las comidas mintiéndose con que es lo único que le da placer) y anímica. Respecto a esta última, sus vínculos se deteriorarán a causa de sus malas reacciones, pudiendo mediar agresividad o bien observaremos cómo va retirando todo interés hacia el mundo exterior, volviéndose hacia sí mismo. Así, veremos cómo en la empresa empieza a desconfiar de todos, no delegando tareas ni responsabilidades y sus niveles de empatía (si es que los tenía) descenderán dramáticamente.

Un líder insomne, entendido en estos términos, es alguien incapaz de soñar. Que no puede generar una idea de propósito para su propia organización. Impotente para imaginar una visión que pueda entusiasmar a los otros. Es un líder pegado al día a día. Lleno de cuestiones operativas y con una casi nula estrategia. Los colaboradores no solo desconocen dónde se quiere ir, sino que también se sienten controlados todo el tiempo de cerca. Y lo peor: pierden el sentido de sus tareas, percibiendo que carece por completo de valor, asemejándose al mito de Prometeo, condenado a sufrir lo mismo una y otra vez.

El soñante cuando relata su experiencia onírica muestra un camino de acceso a su inconciente, y nos habla de un deseo. No poder soñar es no poder simbolizar cosas.

No poder dormir quiere decirnos algo y es nuestra responsabilidad iniciar el camino de la pregunta y la incertidumbre. Poder decir con firmeza: «No entiendo lo que me pasa. O por qué me pasa» es un primer paso a la solución.

Ideas

Goleman, papá del concepto Inteligencia Emocional enseña acerca de una de sus competencias, la Autoconciencia (confieso que simpatizo más con esta que con la de Autocontrol, a la que veo más cerca del síntoma obsesivo).

Partimos de la noción de que nuestras emociones involucran una variopinta paleta de datos, los que puede ser confusos. Ejemplo: oímos un golpe en el techo de casa a medianoche. Inmediatamente recordamos la noticia del jubilado que mató a un ladrón, pensamos en que podría ser un robo y nuestro cuerpo comienza de forma automática a secretar una serie de hormonas orientadas a prepararnos para correr o luchar. Esto no es aprendido, sino que responde a un patrón biológicamente heredado e inscripto en el ADN.

Goleman piensa que toda emoción es una mezcla de componentes físicos (se sienten en el cuerpo), psíquicos (siempre hay una idea vinculada) y sociales (las percepciones de amigos y otros grupos de pertenencia, medios de comunicación etc). Entonces, la primera solución para gestionar mis emociones está en separar dichos componentes.

Como seres racionales podemos conducir lo que nos pasa y no resignarnos con la excusa berreta de «Yo soy así» o «Es mi carácter». No se trata del destino sino de lo que queramos hacer.

Retomando, si el líder está sumido en preocupaciones, ansiedad y siente que no está a la altura del lugar que ocupa puede hacer algo al respecto y eso se llama Autoconocimiento.

Un ejercicio simple intenta ayudar. Consiste en situar un hecho concreto, vivido durante el día por ejemplo, y luego determinar qué o cuáles ideas tuve o tengo al respecto; y en otra columna, cuál o cuáles son mis sensaciones corporales.

Para ilustrarlo, supongamos que a la noche estamos enojados con nosotros mismos por no haber defendido con firmeza nuestro punto de vista ante un par. Tenemos entonces la emoción Ira.

La tarea consiste en escribir una primera lista con las ideas asociadas al hecho: «Me faltó el respeto»; «No le interesa lo que pienso»; «No le importo como persona»; «Me desprecia por no tener título universitario»; etc. Luego, detallamos las sensaciones corporales: «Calor»; «Cara colorada»; «Manos transpiradas»; «Axilas que despiden mal olor» y así…

Cuando tenemos la hoja escrita dejamos pasar un tiempo y luego la leemos de forma crítica, determinando cuál de esas ideas pueden ser comprobadas en la realidad o solo son producto de mi imaginación. Hay que ser lo más realista posible y anclar todo en hechos concretos que muestren una u otra cosa. Si podemos profundizar en esos pensamientos, en búsqueda de su sustento, veremos que las sensaciones corporales comienzan a disminuir y ya no nos descolocarán.

Finalmente comprobaremos, si realizamos este ejercicio al detalle, que la mayoría de las ideas hallan su causa en sí mismas, no correspondiendo directamente a algo efectivamente sucedido. Por lo tanto, son pasibles de ser gestionadas y si ello ocurre veremos que nuestro bienestar psíquico aumenta.

Si me doy cuenta que en verdad me molesta sentir que el otro no me tiene en cuenta más que no haber defendido mi punto de vista con firmeza, podré hablar directamente de ello y solucionarlo.

Otra posibilidad podría ser analizar si no soy yo el que cree que por no tener el título universitario, soy menos que otro, encontrando de golpe la causa real de mi inseguridad. No es el otro con sus modos quien me dirige sino que son mis propios pensamientos los causantes de mi estado de ánimo.

Retomando el comienzo, insisto en que solo pueden soñar los que pueden dormir. Así, los mejores líderes, los estrategas, los visionarios no son solo aquellos que detentan tal o cual título, o un talento fuera de serie. Posiblemente, aprender a gestionar sus emociones a través del autoconocimiento les brinde la respuesta y la tranquilidad necesaria para cerrar sus ojos estando conformes con ellos mismos…

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