No recuerdo dónde escuché ese nombre, pero daba vueltas por mi cabeza aún cuando en febrero pasado regresaba con mi hijo Gabriel de las Islas Galápagos.

 

Textos y fotos. Gabriel Maidana.

Curiosidad. Los chicos Atins se acercaron para conocer al forastero y, a su modo, viajar hacia otros lugares.

 

No había mucha información, sólo que era el único desierto del mundo donde llueve y se forman lagos, cientos y hasta miles, creando un paisaje surrealista.

 

También sabía que los peces de esos lagos son endémicos, que las aguas son increíblemente transparentes y que seis meses después se secan todos para nuevamente comenzar a llover, y vuelven los peces… Los Lençóis Maranhenses.

 

El parque nacional está casi sobre el paralelo ecuatorial, sobre el océano Atlántico. Solo tenía diez días para cruzarlo, así que tomé un taxi desde el aeropuerto para recorrer los 300 km. hasta las puertas de esta maravilla: en el pueblo de Barreihinas. La noche fue buena para recuperar fuerzas, ya que desde aquí se sigue en bote. No sé precisar las distancias, pero partimos a las 8.30 y llegamos a Atins, a las primeras dunas, cerca de las 14.30.

 

La selva Amazónica se corta y da paso a las arenas finas, tan finas, que no es posible sostenerlas en el puño. Junto a mi embarcación, veo pasar Vassouras y Caburé, pueblos tan chicos, que puedo contar las casas a simple vista.

EN EL CAMINO

 

Son muy pocas, casi ninguna, las personas que cruzo. El desierto aparece como un telón frente a mis ojos, como la puesta en escena de una obra de teatro.

 

Decido caminar solo hasta el primer oasis, y luego de una hora, cuando vuelvo mi vista atrás, no veo mi punto de partida y al llevar la vista adelante, pierdo mi referencia, y sin embargo encuentro lo que busco… Absolutamente solo, casi de noche, experimento el cruce de varios lagos, algunos con el nivel a mi cintura, y con la única certeza de caminar sin rumbo, aparece un cuatriciclo de la nada, lo único que reconozco es una sonrisa amable, y un gesto de “vamos”; y de esa forma luego de una hora y en la oscuridad llego al Canto Do Atins, mi primer oasis, y pienso en la cantidad de horas que me hubiera insumido llegar caminando…

Pertinaz. La vida recicla sus formas y colores con los ciclos húmedos y secos.

 

Me despierto temprano, dos cabritos bebés están acomodados en mi hamaca, a mi lado. Desde la 1.30 de la madrugada cinco gallos me avisaban el amanecer por adelantado. Pregunto por la ducha, está afuera, debajo de unos cocoteros. Ducha y baño cercados tal como un corral, de manera que no ofrecía ninguna privacidad, a cielo abierto. Un caño del grosor de un dedo por donde salía agua, invitó a pasar a unas gallinas y unas cabras a beber y compartir mi aseo.

 

EL CRUCE

 

Aprovecho la oscuridad del amanecer para salir a mi próximo oasis, sólo con la indicación a dedo de doña Lucía y la mirada incrédula de los moradores de la casa, al comenzar mi trayecto sin guía.

 

Dunas altas como un edificio y lagunas de todos los tonos de azules y verdes quedan bajo mis pies, una y otra vez; fue mi rutina por unos días. No creo en nada más que en mí, y el amor de mi hijo, pero siento que algún Dios me sonríe al verme en este estado de plenitud. Llego a otro oasis. Desde un puente de palitos quedo “colgado” al ceder una tabla que piso, y casi termino en el agua. Es mediodía y luego de comer unas almendras, me siento a descansar. Me despierto de noche, una señora mata una gallina que junto a su familia, comparte conmigo. Un hombre me despide señalando con su mano mi próximo destino, a unas horas, que se multiplican ya que sólo veo estrellas, y arena.

 

Un poco de pescado y unos huevos por la mañana. Un puñado de almendras y pasas al mediodía, un poco de arroz, toda el agua que quiera de los lagos y charlas con los moradores fue mi dieta. Seis de la tarde cae el sol, tres de la mañana me despierto.

 

Los cuarenta grados del desierto no los sentí, seguro que por el aire fresco del cercano Océano Atlántico. No sabía cómo taparme, me quemé tanto con el sol que cuando llegaba a algún lugar me señalaban y decían “camarao”.

 

Algunos tramos, los más largos, los hice en ‘jardineras‘. Unos vehículos 4×4 de algún poblador. Ya no hay gente, no hay turistas, y sin embargo me siento acompañado.

 

Varias noches me tiré sobre la arena, y al no haber luna, parecía que podía caminar entre las estrellas.

 

Una vez, antes de retomar viaje por la noche, y luego de la cena, este Oasis tenía forma de “U”, por lo que un morador, me acompaña hasta la salida, luego de cruzar algunos cursos de agua, y subir y bajar dunas le indico que sigo solo al reconocer la senda. Otra vez, oscuridad, lagos, subir y bajar, y no puedo salir del lugar… Siempre recto. ¡No consigo salir! Hasta que en un momento, casi me paralizo, al ver una figura humana en el medio de la oscuridad, la adrenalina me inunda y me preparo para defenderme. En el instante siguiente reconozco al sujeto cordial que me escoltó, ¡no paraba de reír! ¡No lo puedo entender! Mientras creí caminar en línea recta, ¡di un círculo perfecto hasta mi punto de inicio! Es verdad lo que dicen, cuando uno se pierde se camina… en círculo.

 

LOS ENCUENTROS

 

Los días, las noches, las charlas, pasan, y en cada encrucijada del camino, comparto con individuos de todas las nacionalidades historias que me sorprenden; dormimos en hamacas, ya que las tarántulas son comunes por estos lugares. Y pienso cómo cada uno elige su camino en la vida, y toma un punto de referencia como meta, tal como experimento aquí. La arena es tan suave, que a veces no puedo avanzar ya que me hundo. Es una alegría bajar las montañas, tal como lo haría un niño, derrapando y tirándome de cabeza, con vestimenta incluida, a los lagos transparentes.

 

Y aprovecho para beber sus aguas, y comenzar otro ciclo de subir, derrapar y chapuzón. A veces río, a veces hablo solo, a veces lloro, las emociones retribuyen la belleza y la armonía de paisajes que no puedo describir con palabras… todo me convence de que era necesario venir aquí, de que ya formo parte de este desierto y de que me llevo algo de este lugar increíble, que mis ojos tratan de abrazar.

 

LA META

 

Me voy acercando al último oasis, Betania. Allí decido quedarme unos días. Para ingresar, tengo que nadar un trecho de una vertiente que toma la forma de un río. Más tarde, me dicen que ¡está infestado de pirañas blancas! “Tranquilo, no son las bermhellas”, si bien muerden, no atacan como las otras, me dicen. Si alguna vez me imaginé descubrir un sitio, si alguna vez soñé una aventura, este lugar superó todos mis sueños. Dormía pegado a un río, debajo de un techo de hojas. El poblado contaba de algunas casitas, en total no más de cincuenta personas, cuyos abuelos de abuelos ya lo habían habitado. Se accedía luego de traspasar ríos y lagunas. Por la noche, los habitantes me agasajan con una fiesta, alumbrados por unas fogatas y velas, recibí el cariño de todos. Sé que de alguna manera, esto me forma y me marca.

 

Otra vez mi camino, como ese hombre que me señalaba con su dedo hacia el lugar que quiero ir, donde la meta no es el destino sino el trayecto, es la aventura misma…