Conocí al Oso allá por el año 86, en unas vacaciones con mis viejos a Capilla del Monte.

Psicólogo Gustavo Giorgi.

Recuerdo que por esa época recorría la zona el hoy malogrado periodista José De Zer, enviado a cubrir “El incidente de El Pajarillo” (1).

 

El apodo de El Oso no respondía a su apariencia, es decir, no era ni grandote ni peludo ni tenía voz gruesa lo cual halla su explicación en que teníamos 12 años por aquel entonces y desde luego, si hubiese contado con tamañas señas particulares a nivel anatómico hubiese sido digno de estudio o de un circo.

 

El asunto es que era un porteño más o menos del estereotipo: se asombraba con pavadas tales como que de noche podés ver lucecitas que no son de neón sino de insectos y también tenía como un tupecito medio pedantón te diría. Su bici era plateada y tenía un par de stickers de Ferrocarril Oeste, si mi memoria no me falla.

 

Compartíamos el mismo camping, pero mientras nuestra carpa estaba medio maltrecha, producto de más de una visita a la isla, la suya se veía fantástica. Tenía como apliques en cuerina y medio que se levantaba del piso, cosa que si llovía, sus habitantes no se mojaban las partes.

 

Esto, más su bici y otros objetos me hicieron dar cuenta rápido que tenían un buen pasar.

 

Y de esas tardes en las que compartimos muchos momentos, raspaduras, griteríos, piñas y abrazos quedó un vínculo que al día de hoy se mantiene. Por eso mismo es que, el año pasado y al borde de un ataque de estrés se decidió a llamarme para contarme su situación, entiendo al modo de descarga. Tal como vos y yo hacemos cuando necesitamos hablar con alguien.

 

“No sabés en el baile que estoy metido, flaco”. “Hace 6 meses que se murió mi viejo y esto va de mal en peor… No me hablo con mis cuñados… Hay reclamos de guita… Tengo empleados clave que se me fueron… Esto es un incendio, loco…”.

 

El Oso era el hijo mayor de una empresa dedicada a la fabricación de perfiles de aluminio. La había fundado su papá en la década del 60 y a partir de ahí fue construyendo una linda organización a partir de una sabia e intuitiva combinación entre astucia comercial, conocimiento técnico y aprovechamiento de los mejores momentos del país.

 

El hecho es que como buen tano testarudo, se creía que era el único capaz de dirigir la organización, pero que a sus hijos “no iba a faltarles el pan mientras la empresa ande bien”.

 

Con este concepto fue sumando años, algunos familiares se fueron incorporando a los ponchazos y hoy resulta que parece que les cayó un meteorito en las cabezas, con su fallecimiento.

 

Nadie sabe qué lugar ocupar, ni para qué está ahí y más de uno discute el liderazgo de El Oso, hombre que como muchos hijos mayores, estuvieron a la derecha del padre mucho tiempo y por eso se ganó la oficina más grande, y con el único cartel existente en la empresa con la palabra “Gerente”.

 

El problema es el silencio, no la palabra…

 

Muchas organizaciones de tipo familiar están condenadas a muerte si no se animan a abordar determinados temas, comenzando así una degradación silenciosa en la que, cuando toman conciencia de lo que sucede, es demasiado tarde…

 

Por definición, el tabú tiene una connotación que mezcla lo sagrado con un peligro cierto de que ocurra algún hecho trágico.

 

Posiblemente, uno de los autores más interesantes en este aspecto fue Freud y sus formulaciones, establecidas en su magnífico texto “Tótem y tabú”. (2). En el mismo, enseña el vínculo indisoluble del mismo con la prohibición: Quien toque, mire, o hable de eso sufrirá un terrible mal.

 

Es cierto que en función de los tabúes también se han podido construir normativas y leyes, como si los primeros hubiesen sido algo así como la condición de las segundas, entendiendo esto en términos evolutivos. De cualquier modo, mi intención en este texto es mostrar la incidencia de los cinco principales aspectos (y los más evitados) al momento de situarse en las empresas de tipo familiar.

1. La sucesión

 

Sabemos que si hay dos tabúes comunes a casi todas las culturas occidentales son la sexualidad y la muerte. Precisamente a este último me refiero cuando observamos en estas organizaciones que se evita a toda costa hablar del momento en que su fundador ya no esté en la misma, como una manera inconciente de pensar que por el hecho de no conversar al respecto, se lo transformará en un ser inmortal. Y por supuesto que no hace falta realmente que este perezca: su retiro basta y sobra para que cuando llegue, sus parientes se tomen de la cabeza, corran de un lado a otro de la habitación y se reprochen unos a otros el porqué no lo previeron.

 

2. El dinero

 

Aquí también es necesario puntualizar que este tema adquiere su relevancia no solo en estas compañías, sino que lo mismo sucede en muchos vínculos cotidianos. Sin embargo, en la configuración de la empresa familiar toma la forma de no hablar respecto del monto concreto en plata que cada uno de sus miembros quiere llevar a su casa. No hay claridad en los sueldos, y nadie se anima a modificar la costumbre en el porcentaje de reparto de utilidades: “Si papá lo decidió así, por algo debe ser” se repiten unos a otros para convencerse, pero con el secreto deseo, en su fuero íntimo, de recibir más a cambio de su mayor carga de trabajo, en comparación a sus hermanos, primos u otros allegados. Hay una ligazón entre dinero y sentimiento de culpa que se hace presente, al modo de pensar que si recibo más, siento no merecerlo.

 

3. Los requisitos exigidos para cubrir puestos de trabajo

 

Cuáles son los requerimientos para ocupar un cargo dentro de una empresa cualquiera? En la mayoría, se encuentran definidos en un manual o puede hallárselos en un formulario de descriptivos de puestos. En las organizaciones de tipo familiar, si avanzaron en esto último, al momento de llevarlo a la realidad comenzarán los temblores, espasmos y angustias. Y el motivo es sencillo: el hijo menor nunca terminó sus estudios superiores y ahora, que tenemos la necesidad de cubrir la vacante del gerente administrativo no sabemos a quién poner, porque ese puesto siempre fue cubierto por el tío, porque era de confianza.

 

4. La incorporación de la familia política

 

Convengamos en que las relaciones con los parientes de nuestra pareja ya son un desafío en sí mismo. Y si a esto le agregamos un paquete con responsabilidades, tareas y dinero la combinación podría tornarse más explosiva aún. Conozco pocas empresas en la que participan de manera armónica varias familias, con sus respectivas parejas e hijos, y debo decir que son casi una excepción a la regla. No porque no sea recomendable sumar estas personas a la organización, sino más bien porque la más de las veces esto obedece más a una imposición de las hijas o hijos que a necesidades reales de la compañía.

 

5. El deseo de sus miembros

 

Aunque parezca extraño a quien no trabaje habitualmente con estas empresas, puedo asegurar que aquello capaz de entusiasmar de verdad, apasionar o conmover a las segundas o terceras generaciones pasa al ámbito de la oscuridad y de lo no-dicho.

 

Específicamente si al sobrino, por ejemplo, le apetece más dedicarse a dar clases de piano que sentarse a negociar compras con proveedores, preferirá no hablar al respecto y mentirse, mintiendo también a los demás con una pseudo obligación de asumir la parte de responsabilidad que le toca en la organización.

 

Aunque resulte difícil de entender, he visto muchísimos casos de personas que cambiarían su condición económica en pos de un bienestar en otra tarea pero no lo hacen porque no se animan; porque creen que le complicaría las cosas a los otros o directamente porque se piensan indispensables en la organización y en el caso que la abandonasen, esto equivaldría a anunciar su muerte.

 

En resumen y volviendo al inicio, digo que no solo es necesario, sino que además en indispensable para la salud organizacional comenzar a avanzar sobre estos tabúes, restando así el impacto con el que cuentan. Hablar de manera honesta. Conversar respecto de lo que cada quien quiere para su vida y su trabajo. Negociar. Ponerse de acuerdo. Empatizar con el otro, son las acciones precisas que permiten augurar una larga vida a la empresa y sobre todo a lo más importante: la preservación del afecto en la familia.

 

(1) En alusión a un supuesto aterrizaje de una nave especial en el Cerro Uritorco. De este hecho se desprendieron innumerables historias de dudosa credibilidad pero que situaron a la villa como lugar de visita indiscutido para todos aquellos gustosos de hechos paranormales y otros de similares características.

 

 

(2) Freud, Sigmund. Totem y tabú y otras obras (1913-1914). Obras completas, volumen XIII. Ed. Amorrurtu Editores. México, 1983. Traducción: José L. Etcheverry.