La profesión había quedado rezagada y en manos de los viejos artesanos durante muchos años. Pero actualmente volvió a encontrar su apogeo. Julián Acuña, con sólo 30 años, se convirtió en uno de los pocos luthiers en el departamento San Martín. Pasión, dedicación y un hobby que persiguió desde pequeño hasta transformarse en un modo de vida.

Textos y fotos: Rodrigo Pretto.

Es uno de los pocos luthiers de la región centro-oeste de la provincia. En el departamento San Martín sólo existen tres personas que se dedican al arte de fabricar y reparar instrumentos. Y Sastre tiene el privilegio de tener a uno de ellos.
Julián Acuña tuvo siempre una debilidad por la música. Los años lo llevaron a transformar esa curiosidad inicial en una profesión. Comenzó siendo un hobby, continuó como una formación y culminó como una herramienta de vida.

 

Decidió lanzarse a un oficio que había quedado en manos de pocos. La luthería, el arte de construir y reparar instrumentos musicales, quedó algo rezagada durante varios años. Sin embargo, una nueva camada de jóvenes motorizó la profesión y, de a poco, fue revalorizando nuevamente la actividad. Apasionado de la materia, el joven oriundo de la ciudad de Sastre no dudó en dejar su lugar de origen y emprendió una travesía hacia Buenos Aires para capacitarse. Finalizados los estudios, apostó por devolverle algo a la localidad que lo vio nacer. “Sastre es mi pueblo y siempre me encantó vivir acá, jamás lo cambiaría por nada”, deslizó.

 

Fue un lustro el tiempo que le llevó a Acuña adquirir los conocimientos necesarios para que lo que comenzó un hobby se transforme en una profesión y forma de vida. Con un taller propio emplazado en la cabecera del departamento San Martín, se convirtió en uno de los pocos luthiers existentes en toda la región. “Somos tres en la zona”, detalló. Pasión, dedicación, amor al arte y el descubrimiento de un oficio en pleno auge. “Volví a radicarme en mi lugar de origen por la forma de vida que uno puede llevar, es muy tranquilo. Además por la familia y afectos que se fueron formando”.

Amar el oficio

 

La simple curiosidad de pequeño le despertó un interés profundo. Y tal fue la permanencia en el tiempo que de a poco se fue interiorizando en el amplio universo de la música. Una serie de interrogantes básicos inclinaron la balanza a favor de la luthería. Las dudas se fueron evacuando mediante la investigación didáctica y profundas conversaciones con los artesanos del oficio. “Todo se fue dando con el tiempo. Me decidí y no lo pensé. A medida que fui descubriendo en qué consistía y de que se trataba este maravilloso mundo, me involucré en la carrera. La verdad que siempre me apasionó y me daba mucha curiosidad, por eso decidí interiorizarme en el tema. De chico siempre se me presentaban preguntas tales como la manera mediante la cual se fabricaban los instrumentos, si era una máquina o el mismo ser humano quien los hacía. Todas esas dudas, en mi niñez y adolescencia, fueron despejadas a través de la lectura, mirando videos y hablando con personas que se dedicaban a eso”, recordó Acuña.

 

Esa pasión que se despertó desde pequeño fue creciendo con el correr de los años a medida que el sastrense se acercaba a las melodías y tomaba contacto con los instrumentos. Desde muy pequeño Acuña comenzó a formar parte y a participar en grupos folklóricos. “Siempre mantuve relación con los instrumentos de cuerda”, aseguró. Hobby y capacitación profesional confluyeron y terminaron siendo, más tarde, en una forma de vida. “Hace aproximadamente cinco años que me puedo dedicar a esto. Hoy se transformó en una tarea seria”.

 

Acuña se formó en una escuela de la ciudad de Buenos Aires que certifica los logros alcanzados y exigidos por la institución. Según contó, en el establecimiento aprueban la construcción de cinco tipos de instrumentos. Los de caja plana – una guitarra -, de cuerpo tallado charango -, de caja de duelas mandolina -, instrumentos eléctricos – bajo – y cuerda frotadas violín -. “Son objetivos que te requiere el lugar para que te puedas llamar luthier. Logré los requisitos y hasta pude ser docente en ese instituto”.

Un oficio con historia

 

Argentina atravesó un fervor en los últimos años relacionado directamente con la luthería. A pesar que el oficio nunca se perdió a lo largo de la historia y fue trascendiendo las épocas, los viejos artesanos transcurrieron períodos sin observar a las posteriores generaciones como nuevas camadas para “salvar” una antigua pasión. Sin embargo, el reciente auge de la materia motorizó a muchos jóvenes a volcarse por cursos, clases particulares, o incluso ir más allá y estudiar la carrera universitaria de luthería. “Hay un auge en los estudiantes, se está difundiendo demasiado el oficio. En las décadas del ‘30 o ‘40, creo que no se llegaba a los diez luthiers. Hoy en día hay entre cuatro y seis mil alumnos. Existen universidades donde se otorgan títulos superiores de ingeniería, títulos de oficio que permiten la difusión de este arte de una manera más profesional”, explicó Acuña.

 

Repleta de soledad, concentración y, sobre todo, paciencia, la luthería requiere un máximo total de atención para evitar una mínima distracción que genere un error crucial y determinante en la fabricación de los instrumentos. Básicamente, el oficio se define como el arte que se dedica exclusivamente a la construcción de elementos e instrumentos de cuerda. En la historia se le llamaba luthier o laudero al que fabricaba instrumentos de cuerda frotada, como por ejemplo violín, viola o chelo. Sin embargo, con el paso del tiempo el concepto se hizo más amplio y actualmente se refiere a una persona que construye herramientas aerófonas o de percusión.

 

“Deriva de un término árabe: laudier, que en la antigüedad era quien fabricaba laúdes. A medida que transcurrieron los años se fue deformando y generalizando el término hasta llegar a luthier. Actualmente se ha englobado a todos los fabricantes de instrumentos de cuerda, percusión y viento”, detalló el músico.

 

Por eso hay quienes se inclinan por comparar al oficio como la confección de un traje a medida en donde el instrumento tiene su punto de nacimiento en la primera comunión entre el artesano y el músico. “Si es a pedido, nace desde la planificación con el músico donde te pide el tipo de sonido que quiere. Ahora si es algo que uno construye por voluntad propia, todo comienza en la cabeza. Y cuando el luthier puede escuchar el primer sonido del instrumento es el momento en que dio a luz”, enfatizó.

 

A los 16 años, Acuña comenzó a tomar contacto directo con la música. De a poco se fue metiendo e integrando grupos folklóricos en la ciudad. Sin dudas que el conocimiento del mundo sonoro tiene su gran aporte al oficio. Sin embargo, el joven sastrense aseguró que no es factor indispensable comprender las ideas melódicas para llevar adelante el oficio. “Conozco personas se dedican a la luthería y no sabían tocar una guitarra. Eso no influyó en el momento de ser un buen profesional”, sintetiza.