Tres hermanas españolas que emigran con su madre en la década del 30 a Nueva York, donde las espera el padre que busca sacar a flote un restaurante, protagonizan “Las hijas del capitán”, la nueva novela de María Dueñas, quien a través del fenómeno de la migración se propuso “explorar el mundo de las mujeres anónimas que acompañaron a los hombres y quedaron siempre en el olvido”.

La cuarta novela de la exitosa autora de “El tiempo entre costuras” narra la historia de Victoria, Mona y Luz, hijas veinteañeras de Emilio Arenas, quien sufre un accidente mortal en el muelle del puerto que obliga a sus hijas y a su esposa, a poco de llegar a Manhattan, a hacerse cargo del restaurante “El Capitán”, que transformarán tiempo después en un club nocturno.

“Las hijas del capitán” transcurre en varios sitios legendarios de Nueva York, como la calle Catorce, entre la Séptima y la Octava Avenida, donde vivieron los casi 40.000 inmigrantes llegados desde España que durante los años 30 poblaron esa ciudad intentando hacerse un lugar para vivir, pero con la secreta ilusión de regresar a su país.

En ese devenir, las hermanas Arenas se cruzarán con algunos personajes históricos que recorrían el Manhattan de aquellos tiempos, como Xavier Cugat, Gardel y Rita Hayworth o el conde de Covadonga, heredero al trono de España que acababa de renunciar a sus derechos por casarse con una cubana.

Los vínculos amorosos, el acecho de las hermanas por abogados sin escrúpulos y la solidaridad que unió a los españoles y latinos en aquella dolorosa experiencia de emigrar está presente en la novela. Dueñas, también autora de “Misión olvido” y “La templanza” y traducida a 35 idiomas, llegó a la Argentina para presentar en la Feria del Libro su nueva novela sobre la cual dialogó con Télam.

¿Por qué le interesa ir al pasado para escribir sus novelas?
No busco la historia como algo prioritario, me interesa más un escenario concreto. Más que la historia me atrae reconstruir mundos que ya no existen, no tanto la historia de los acontecimientos del pasado sino la puesta en escena de universos, escenarios que dejaron de existir o se transformaron en otras cosas.

En la novela se observa que a partir de la desgracia que viven las hermanas y su madre por la muerte del padre reciben una gran ayuda de toda la comunidad española, ¿eso ocurría en realidad en la década del 30?
Había esa solidaridad entre compatriotas y vecinos que estaban en la misma situación de vulnerabilidad, y en parte lo supe por las noticias y porque he tenido la suerte de hablar con miembros de la antigua colonia, que eran niños en los años 30 y ahora son octogenarios o nonagenarios con la memoria muy fértil. Esa solidaridad, esa camaradería estaba muy presente entre los inmigrantes porque todos estaban en la misma situación en un mundo extraño: eran pobres, desarraigados, tenían una incertidumbre tremenda por delante y solo se tenían unos a otros.

En la novela se observa que las hermanas tenían pocas posibilidades de concretar sus sueños, ¿por qué?
Tenían muchas más incertidumbre que nosotros, las mujeres mucho más que los hombres, pero estos emigrantes españoles tampoco iban a los Estados Unidos con la intención de quedarse, no percibían el sueño americano, con la idea de establecerse y construir un futuro. Casi todos los españoles iban con la idea de volver. Entonces las ilusiones de las hermanas son muy a corto plazo, ellas todo el rato piensan que van a volver, pero la realidad es que casi nunca volvieron porque la situación se puso muy difícil, se les atravesó la guerra civil española y ellos que eran obreros, proletarios, meros trabajadores tenían una clara conciencia de clase y se pusieron muy a favor de la República y cuando la República pierde la guerra se les corta esa ilusión de volver.

¿A qué respondió su idea de hacer eje en el mundo del espectáculo?
Durante el proceso de investigación de la novela una de las fuentes a las que recurrí fue a los archivos digitalizados del diario La prensa, que se publicaba en español en Nueva York, y que cubría las noticias de las distintas colonias de habla española e hispana. Fue una fuente utilísima para recomponer esas vidas: saber cómo se movía la colonia española, cuáles eran sus centros de operación, sus asociaciones, sus negocios y de ahí en parte viene la idea de transformar El Capitán en un club nocturno. Fui consciente de la vigencia de la música y de los espectáculos hispanos, latinos, españoles de aquel momento para el entretenimiento de la colonia, porque nosotros asociamos ese tiempo y lugar a la grandes bandas americanas, grandes clubes y orquestas, pero también había pequeños espectáculos donde empezaba a triunfar la rumba cubana americanizada, el flamenco, donde de pronto estaba Gardel, entonces ese micromundo del espectáculo hispano dentro del gran mundo del americano era el que me interesaba recuperar. Me apetecía recuperar ese mundo porque daba una textura muy especial a la trama de la novela.

¿En qué medida tu trabajo como investigadora influyó en la escritura?
Nunca habría escrito las novelas que he escrito si no me hubiera dedicado a la vida académica. Primero porque han sido veinte años de dedicación trabajando con herramientas de las que no me he desprendido para pasarme a la actividad creativa, sino que las he optimizado de la mejor manera posible. Busqué el rigor académico, ir perfeccionando las cosas para intentar lo mejor sumado a una disciplina de trabajo: ser capaz de estar horas, días encerrada con un proyecto en solitario y me resultó enormemente útil.

¿Cómo fue el trabajo de hacer la serie televisiva “El tiempo entre costuras”?
Participé solo en la producción de los guiones, hablamos mucho, discutimos constructivamente. Teníamos muy claro que remábamos en la misma dirección y fue un proceso muy gratificante, y después el resultado me dejó muy tranquila porque no se traicionó el espíritu de la novela sobre todo por los lectores, porque cuando se dio la serie habían pasado tres años de la publicación y no quería que sintieran que se había destrozado su novela para convertirla en un producto televisivo.