Tiene muchos rasgos favorables: es honrado, leal y buen compañero. Pero también es necesario decir que hay uno, particularmente, que molesta mucho a los demás y que para él también es un incordio: posterga permanentemente los plazos.

Textos. Psc. Gustavo Giorgi.

 

Tener un deadline para el viernes equivale para Martín a una firme sentencia de ejecución, cual Hussein cuando le sacaron de golpe el suelo y quedó colgando como piñata veterana y maltrecha.

 

“El informe no tiene: debe, estar presentado antes del fin de semana!” le grita el jefe delante de sus compañeros. Pero ojo, no se confunda el lector: no es esto lo que perturba a Tincho sino el plazo en sí mismo. Tiene como una especie de emberretinamiento con no terminar las cosas. Siempre le faltan cinco pal peso. Que la forma, el interlineado, el tipo de letra y así. O el fondo: así me parece que no está claro; quedó muy largo (o muy corto) etc., etc.

 

Para peor de males, es bueno en lo que hace. Se dedica al tema financiero ocupando una posición importante en una multi. Y como se sabe, a todo aquel que tenga responsabilidad sobre la guita, le llueven las órdenes y reclamos (1). Es raro lo que pasa con el cargo de financiero en una organización porque es cuasi idealizado por quienes jamás lo desempeñaron pero posiblemente uno de los que mayor carga de estrés genera en sus ocupantes. Te digo más, si no tenés gastritis, es como que nunca asumiste.

 

Martín, cuando arrancó la carrera de CPN en la Católica, no se le pasaba ni por las tapas dedicarse a esto. Para ser ciertos, no sabía tampoco donde iba a terminar. Sí tenía en claro que los números eran (y son) lo suyo y que su mayor talento está ahí.

 

“En el mundo de hoy lo que importan son los contactos. Ustedes pueden matarse estudiando acá, pero si a la salida no conocen a nadie, es muy probable que sus títulos solo sirvan para darles el gusto a sus viejos”, recomendaba un veterano profesor de la facu. Esas palabras calaron hondo en el Tincho y desde primer año tomó ese dictamen como una responsabilidad más. Tan obsesivo era que al finalizar el ciclo lectivo contabilizaba las materias aprobadas, las pendientes y el número de amistades que cosechó. Cuento esto porque a partir de ahí es que logra una pasantía en una mega empresa de Auditoría, haciendo su carrera profesional allí hasta nuestros días.

 

Martín tiene muchos rasgos favorables: es honrado, leal y buen compañero. Pero también es necesario decir que hay uno, particularmente, que molesta mucho a los demás y que para él también es un incordio: posterga permanentemente los plazos. Esto aplica tanto a si debe pintar su casa; llamar al plomero; hacer un trámite o entregar un informe. En el noventa por ciento de los casos, pateará para adelante los tiempos. Si es lunes, pasa al martes o miércoles. Lo de enero: “no lo hago ahora, porque con esto de las vacaciones no queda nadie, viste… mejor en febrero… o marzo directamente”.

 

Por eso te decía al comienzo, que no son los dichos del jefe lo perturbador, sino el qué. El fondo del asunto. Su síntoma: la Procastinación.

¿QUÉ DIABLOS QUIERE DECIR PROCASTINAR?

 

Me desayuné con esta palabrita una mañana en mi primer empleo cuando Diego (mi compañero y hoy colega psi) me la revoleó en la cara con un gesto medio sobrador. Estaba leyendo a Lacan para rendir Clínica I “A”.

 

En uno de sus crípticos (inentendibles) Seminarios, retoma la interpretación que Freud hace del Hamlet shakespiriano para explicar este asunto de porqué hay personas que postergan tanto las cosas. En la conocida obra del autor inglés hay un príncipe que está casi obligado a vengar la muerte de su papá, muerto a manos de su hermano (el tío de Hamlet, a la sazón). El caso es que este pibe, en lugar de hacer caso inmediatamente al fantasma paterno, que lo hincha hasta la exasperación para que cometa el homicidio, comienza a hacerse el otario como perro que pateó la bolsa, tirando para adelante el asunto. Freud analiza este hecho, el de la postergación, y la extiende a un síntoma neurótico, predominantemente de los obsesivos. Años más tarde viene Lacan y bueh. Comienza a enroscar la cosa y lo enlaza con que, en definitiva, quienes padecen esto es porque no pueden resolver del todo su trauma edípico (2), existiendo un goce en la espera misma y la insatisfacción postergada del deseo.

 

Sin entrar en digresiones teóricas algo aburridas, si a vos te pasa lo que a Martín, y tenés dificultades para cumplir con los plazos, te recomiendo seguir los siguientes tips:

 

1. Poner metas intermedias.
Una de las principales gambetas que podemos hacerle a nuestro inconciente es distraerlo con esto de los plazos cortos. En la práctica, si debés entregar un informe a fin de mes, planteate un solo objetivo semanal, como por ejemplo, dos páginas. Es corto, realizable y la cabeza no lo ve como una cuestión pesada e imposible sino que entiende que con un mínimo esfuerzo, ya está. Se trata de dar pequeños pasos, recortando la tarea de a pedazos que permitan las acciones parciales que, sumadas, configurarán el producto final.

 

 

2. Restarle poder dramático a la situación.
Muchas veces el obsesivo plantea en términos casi trágicos muchos asuntos vulgares. Así, nos encontramos con que “Si no cruzo la calle por la esquina de siempre algo grave pasará” o “Debo lavar la lechuga con dos gotas de lavandina, sino puedo sufrir una intoxicación capaz de llevarme al lecho de muerte”. Con esto de los plazos pasa más o menos lo mismo con un cariz peculiar, enigmático y profundamente hinchatarlipes para el obsesivo. El planteo es: “Me angustia no llegar a cumplir con los plazos, pero me da mucha fiaca hacerlo. Pero si no llego, es tremendo…”. Entonces, mi sugerencia es tratar de dimensionar con un alto criterio de realismo qué tan relevante resulta tal actividad, y quitarle una cuota de peso. Por más que parezca contradictorio, cuando el inconciente se relaja, aumentamos nuestro nivel de eficiencia.

 

 

3. Separar la paja del trigo.
Determinar si este hábito es común a la mayoría de las tareas o bien se focaliza sobre algunas de ellas. En el primer caso, debo decir que el pronóstico no es muy alentador, si no se consulta a un profesional de la salud mental. Si es lo segundo, debemos profundizar en las posibles causas que generar la inacción. Tal vez, si rascamos un poco la olla lleguemos a la conclusión de que no llegamos a tiempo con un informe, no porque seamos procastinadores, sino simplemente porque debamos asumir que deseamos cambiar de ocupación. ¿Será ese el caso de Martín…?

 

(1) Igualmente, quiero hacer la salvedad en este punto que conozco muchos casos en los que CFO casi tiene secuestrado al dueño de la empresa por tener más información y sobre todo, por saber interpretarla.
(2) Si esta explicación la lee alguno de nuestros ex profesores de la Facultad de Psicología de Rosario, seguro me iniciaría un juicio sumarísimo por exceso de didáctica y pérdida total de rigurosidad. Va fangulo.