Mi yerno el problemático (historia a dos tiempos II)


Lo que sigue se emparenta con mi último relato, en el que aludía a las dificultades para la inserción de una pareja joven, a la sazón familiares del fundador, en los vidriosos engranajes de las decisiones estratégicas de la empresa. Hoy escucharemos a quien fue catalogado de “problemático” en la entrega pasada.
Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

“Con mi yerno nos llevamos no bien, re bien, como dicen los chicos ahora. Lo quiero como un hijo… Es más, a veces me pongo más del lado de él que de mi hija, con eso te digo todo…”.


Con los años entendí que no hay que creer todo lo que uno escucha, cuestión que bien fue puesta en relieve por el viejo Freud cuando, luego de descubrir que “mi histérica me miente”, viró radicalmente su clínica.


“Te confieso que apenas lo conocí no me cayó para nada bien… ese pelo y ese arito… trrr… me daba escalofríos. ¡Pero bueh…! Con los años uno aprende a tolerar y por suerte me fue bien: hoy en día es ‘Otra Cosa’. Se transformó en ‘Todo un Hombre’… y veo que a la nena la tiene bien, que es lo más importante en definitiva ¿no?”.


Rascando, rascando lo dejo seguir hablando como para que empiece a destilar verdades detrás de esa cortina de aluminio medio oxidada de sus palabras vacuas. “El tema acá en la fábrica es otra cosa, viste… No es como en la mesa de los domingos, que yo soy el que define qué vino se toma o si a los fideos les ponemos bolognesa o filetto.

Acá yo soy un cuatro de copas. Las decisiones importantes las toman ellos”.


“¿Tan así es, don Luciano?”. “Y sí… con el tiempo fui aprendiendo a delegar. Eso lo aprendí en algunas charlas que fui invitado por la Cámara y unos videos que por ahí me mandan mis amigos por guasá”. “A ver Luciano, cuénteme ejemplos de las decisiones más importantes que tomaron los chicos hasta ahora”. “Ehh.. mmm… Ah sí, por ejemplo, cuando hubo que cambiar el servicio de limpieza. Eran un de-sas-tre. La gente se quejaba y nosotros tampoco estábamos conformes. Ellos vinieron, me lo plantearon y se encargaron de buscar otra agencia así que hoy tenemos a otros que prestan el servicio. Eso, por contarte una nomás…”.


Espero que el lector vaya comprendiendo con claridad junto conmigo cómo viene la mano…


“Mirá, ahora me acuerdo de otra: cuando echaron a la recepcionista. Tenía un carácter de perros pero hacía como quince años que trabajaba con nosotros. Yo no quería desvincularla pero bueno, ellos me dieron sus razones y entendí”.


“Luciano, y en temas estratégicos ¿Cuál es la participación de su hija y yerno?”. “Bueno, la verdad que ahí no demasiado. ¿Sabés lo que pasa? Son muy pichones y creen que se las saben todas. No respetan los años. Y lo que más me molesta es que son bárbaros para decirte que todo está mal pero cuando les pedís soluciones concretas no saben qué decir. Se quedan en el diagnóstico pero no saben curarlo, como los malos médicos…”.


Y acá empezó a ponerse linda la cosa… “Se creen que por tener un título se pueden llevar el mundo por delante… Siempre hablamos eso con el Jefe de Planta, que tiene mi edad. Él piensa igual que yo. Ya vinieron con el tema de la planificación de la producción y qué sé cuanto… Encima se hacen los gallitos, andan ‘pechando’ a todo el mundo. ¡Conmigo no van a joder!”.


En ese momento me di cuenta que era un buen momento para recoger el cordel y evitar que se vaya todo al diablo: no quería cargar con la culpa de haberle generado un disgusto y porqué no, la chance cierta de un ACV al hombre. “Claro, lo entiendo. No es fácil a veces entenderse entre las generaciones y más si son familia. Pero lo importante y valioso es que pueden hablar esos temas con confianza ¿no?”. “¡No! ¡No te creas! Las veces que salen estas cosas es para problemas! Con decirte que mi mujer nos tiene terminantemente prohibido hablar de esto en la mesa de los domingos, pero por ahí se nos sale la cadena y termina todo para el lado del traste…”.


Cómo salir de este y otros entuertos similares
Lo primero a decir es que aquí estamos en presencia de gente que no conversa entre sí. Conversar, charlar, comunicarse, significa tener en cuenta dos cuestiones simples, básicas, pero a la vez centrales. Una, la capacidad de expresarse y dos, la actitud y disposición para escuchar al otro. Noten que hay una diferencia entre la primera y la segunda. No es lo mismo capacidad que actitud y justamente porque la primera se aprende y mejora con el tiempo pero la otra depende de nuestra decisión.


Acerca de la expresión.

Son importantes la elección y el uso que le damos a nuestras palabras. Nuestro idioma es genial en lo atinente a la riqueza de sus posibilidades. Hay un montón de maneras de decir lo mismo y otra cosa al mismo tiempo. Casi todos los términos en castellano tienen más de un sentido y luego su interpretación. Así, las mismas palabras resonarán distinto según el interlocutor. Productividad, jubilación, traslado, remuneración, reconocimiento y tantas otras serán sentidas por el otro según su historia y estructura de personalidad. Por esto es importante desarrollar la capacidad de expresarnos correctamente, multiplicando nuestro arsenal de términos pero sobre todo, siendo cautelosos en el uso de los mismos. Esto último equivale a decir que debemos tener en cuenta la situación de la otra persona, empatizando con ella. Yo les diría a Luciano, Esteban y Merlina: “Estén atentos a lo que dicen, y piensen en el otro. No abusen de sus supuestas ‘condiciones’ ya sea de dueño con experiencia o de talento joven. Piensen que para Luciano no significa lo mismo la palabra ‘viejo’ que para ustedes. Y tampoco van a abrirse si les dicen ‘novatos’. Hablen con honestidad y franqueza, pero pensando mucho en el otro”.


De la escucha.

Tan importante como el anterior resulta la necesidad de abrir los oídos, sobre todo cuando dicen cosas que no me gustan. Tener disposición a escuchar implica en primera medida asumir que todos tenemos filtros, tendiendo a dejar aparte todo lo que no cuaje con nuestra perspectiva o directamente sea distinto a lo que pensamos. Luego, asumir una actitud responsable ante esto significa hacerse cargo del esfuerzo que nos llevará lograrlo. Bien se sabe, nuestro cerebro busca la comodidad, tendiendo a dejar de lado o a minimizar las perturbaciones. Debemos ir a contrapelo de la “zona de confort auditiva” y aventurarnos en la crudeza de las palabras ajenos.


Last but not least

Mapas Mentales. Siempre la percepción está sesgada. Desde Kant en adelante sabemos que el mundo es una cosa y lo que vemos y percibimos de él, otra. El problema radica en que todos estamos convencidos de que “lo que veo es lo que es” y todo aquello que lo desmienta es erróneo. Pero ojo, no es que lo hagamos de puro jodidos que somos sino que, como humanos, necesitamos para sobrevivir de un contexto previsible. No podríamos estar tranquilos si, como Borges le hizo decir a Funes “… le molesta que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente). Su propia cara en el espejo, sus propias manos, lo sorprendían cada vez…”.


Sin ponerme aquí a filosofar a tontas y locas, podría decir sin ponerme colorado que las categorías aristotélicas fueron sustituidas hoy a nivel conceptual por los llamados “mapas mentales”, entendiendo por tal cosa la reproducción (más bien traducción, y encima incompleta) del mundo exterior en nuestro intelecto (el mapa no es el territorio, por cierto). Por lo tanto, todos vemos lo que pasa con lo que podemos. Todos incluyendo a Luciano, Esteban y Merlina. Esto explica que si leíste las dos partes de esta historia te parezca que todos tienen razón, y es así: todos tienen una parte de razón por el lugar desde el que ve cada uno la realidad.


Entonces, y una vez más, la recomendación a esta familia es una buena mezcla de escucha y empatía en partes iguales. Eso, posiblemente sea lo único que augure la perdurabilidad de la empresa y su afecto. Porque en definitiva es eso… un tema de amores.

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