No está mal que duela


Por Lucila Cordoneda

“Lo único que necesitaba era llegar a casa. Hacerme un ovillito, taparme hasta la terraza y esperar que sane”.


A veces la vida duele.


No sabemos muy bien por qué, o sí, lo intuimos quizás, no importa… lo cierto es que duele. Y duele tanto que hasta la piel se vuelve insoportable.


¿Les suena?


Es un dolor distinto, de esos que no resisten ni merecen testigos.


Un dolor indecible, no tiene nombre, destinatario, ni verdugo.


Dolores que no merecen ser nombrados, no por la fuerza de su embiste sino para evitar su paso al acto, su materialización, la posibilidad de cualquier absurda existencia.


“Intrépida lágrima que sangra… ¿cuál es el órgano que llora?”.
Es el alma amea, no hay duda alguna.


El dolor nos impone una pérdida, a veces hasta de uno mismo. Se traduce en carencia de todo, pero primaria y punzantemente de certezas, de cualquier posibilidad de salvarse. No hay amparo, no hay refugio y eso nos coloca inexorablemente ante la posibilidad del final.
“Aún puede ser peor”.


Es tanto el desconcierto, lo indecible y no identificable que la posibilidad de que eso no termine ahí, está latente. Algo más puede suceder. Todavía hay espacio para más.


Todo se muestra fuera de control, incomprensible, desconocido, también una misma.


Cuando aparece, el dolor se hace omnipresente. Ya no somos quienes éramos, nos desconocemos y desconocemos el mundo que existía antes del dolor.


Sufrir es, por tanto, desconocer(se), sufrir(se).


En la góndola de padeceres, los hay variaditos. Algunos más cotidianos, de los comunes. Otros más sofisticados hasta exquisitos.


Lo cierto es que todos y cada uno se sienten y hacen sentir de maneras tan diversas como lascerantes.


Sufrimos por amor, por el que fue y ya no, por el que nunca fue y acaso, por qué no, por el que aún no ha llegado. Sufrimos por lo que podrá ser, no solo por lo que tenemos la convicción que ocurrió. Sufrimos “a cuenta”.


El dolor, estimada Mal Aprendida, goza de lo inexplicable, no resiste análisis. Ambiguo, injustificado e injusto, nos enfrenta a lo más cruel y visceral de nosotras mismas.


Nos vuelve finitas, cercanas a la muerte, nos iguala, nos coloca en la misma condición. Y aunque el propio, absolutamente subjetivo, dolemos por los dolores ajenos, por aquellos dolores conocidos, por lo que alguna vez dolió.


Ahora bien, cara mía, el dolor también es construcción.


Se puede, por tanto, deconstruir. Y al deconstruirse algo de él se hace consciente. Se puede nombrar, identificar, sacar de la oscuridad. Al hacerse visible adquiere vida, movimiento. Genera huellas, posibilidad. Se vuelve liberador.


Y entonces ese claustro infame, esos grilletes, se transforman en novedosas formas de subsistencia, en nuevas configuraciones.


No se trata de negar lo que sentimos, de destruirlo o aniquilarlo. Se trata si de darle otro sentido, de desmenuzarlo, de desbaratarlo tanto, que de esas partes desmadejadas podamos hacernos de lo que está en el fondo.
Aquello que subyace al dolor, lo que lo sostiene.


Y cuando por fin podamos aproximarnos a ese lugar de génesis comenzaremos a sanar, a dejar de doler.


Nos aventuraremos en esa iniciatica faena, volveremos sobre nuestras huellas y cicatrices intentando llegar al fondo.


Posiblemente no logremos escampar el tormento completamente, pero algo de luz nos aliviará la angustia.


Y ahí, justo ahí, es donde logra colarse algún posible, alguna forma de amor. Porque si, acá vamos de nuevo amea, solo el amor es capaz de sanar tanto absurdo, de alivianar tanto desasosiego, tanto espanto enloquecido.


Y volvemos a creer, nos permitimos sanar.


Porque no está mal que duela, que apriete, intranquilice o apure; pero que no mate, que no inmovilice, que no mutile, que no impida.
Del dolor no zafamos, pero de sufrir una y otra vez el mismo dolor puede ser que si.

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