No sufras a cuenta


Por Lucila Cordoneda


Nos preocupamos excesivamente, nos paralizamos solo por pensar en lo que puede suceder, nos angustiamos, sufrimos.


Lo raro, o no tanto quizás, es que muchas (no quiero afirmar que la mayoría, pero pego en el travesaño seguro) lo hacemos por cosas o situaciones que aún no han sucedido.


Elucubraciones, conjeturas, asociaciones y reflexiones varias se adueñan de nuestros pensamientos, menoscabando voluntades, horadando valentías y hasta inmovilizando cuerpos y espíritus.


¿Por qué? ¿Que absurda manía es esa de sufrir a cuenta?


Preocuparnos puede ser parte de lo cotidiano… familia, trabajo, dinero, en fin… razones todas para mantenernos alerta ante cualquier circunstancia que “leamos” como peligrosa.


Sin embargo, a veces nos empeñamos en conseguir la llave que va develar el secreto de “lo que vendrá”, en desenmarañar lazos, nudos y vínculos tan embrollados en sí mismos como aferrados a viejas prácticas o indecibles prejuicios.


Nos encaprichamos en descuidar un presente real, vívido y concreto en pos de vigilar un futuro que muchas, muchísimas veces, ni siquiera es cercano y mucho menos probable.


Vamos por ahí, conforme a este mundo cuotificado, pagando en partes, sufriendo a crédito y hasta prolongando a varios meses un dolor, un pesar o un posible desbarajuste emocional que aún no sucedió.


Acelerados, intensos, obsesivos, perfeccionistas… adjetivaciones que solemos usar para justificar conductas que responden más a posibles miedos, y auto exigencias múltiples que a verdaderos y reales “era para ayer” impuestos por nosotros mismos.


Diferenciar lo urgente de lo importante, escuchar las alertas que nuestro malogrado cuerpito nos da, hacer pie en el presente, armar algún plan que nos saque de la rutina, simplificar más y abandonar el perfeccionismo, todas ésas suelen ser “las claves” y “tips”para hacer más vivible y verdaderamente signicativa la existencia.


¿Fácil? Para nada, aunque no parece ser tan complicada la consigna, nos cansamos de solo pensar en emprender esa tarea.


Esquivamos cualquier empresa que nos signifique reflexionar un poco más de lo exigido o esperado de nosotros en los ámbitos en los que nos desplazamos a diario, fundamentalmente cuando ese “pensar” puede sugerir “autopensarse”.


Y ahí vamos entonces, cual autómatas alienados pasando los días, las horas y las posibles alegrías.


Atenti pebetas que, aunque suene más a Cruella de Vil que a una tierna y comprensiva protagonista de culebrón, tengo el deber de advertirnos enérgicamente que, tal vez, nos estemos embarcando en una batalla en la que, posiblemente perdamos por goleada.


Porque nunca, querida Mal Aprendida, nunca, vamos a saber verdaderamente qué “va a pasar”.


Es imposible.


Podremos deducir, imaginar, pergeñar, hasta hipotetizar.


Podremos incluso jurar que a nuestra vista y sin margen de error posible, todas las evidencias se direccionan a un solo destino inevitable.
Lo cierto es que aún no ha sucedido, no pasó, no fue.


Entonces cara mía… no te adelantes, afloja la ansieta y, hacerme una gauchada: no sufras a cuenta, baby.

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