Una antología publicada por el Ministerio de Innovación y Cultura reúne a treinta autores con un conjunto de poemas que permite efectuar un amplio y cardinal recorrido por las ricas manifestaciones de la poesía moderna de Santa Fe.

Por Enrique Butti.

Emilia Bertolé.

Así como las proclamas de Luis Gudiño Kramer en sus libros y columnas periodísticas, promediando el siglo pasado, influyeron en los artistas plásticos de la región (de Juan Grela y Leónidas Gambartes a Ricardo Supisiche y Fernando Espino), instándolos a volver la mirada y la expresión sobre el propio paisaje, Juan L. Ortiz, como decía José Luis Víttori, “nos llevaba a muchos escritores a cruzar el río para visitarlo, y ese cruce, antes del túnel subfluvial, ya suponía una introducción a su poesía y a un regionalismo que rechazaba tanto el costumbrismo como aspiraba abrazar una apertura literaria universal”. De manera que no resulta caprichoso que en la antología de poesía santafesina que acaba de publicar el Ministerio de Innovación y Cultura, el entrerriano Ortiz ocupe un lugar central. Martín Prieto, que estuvo a cargo de la selección e introducción del libro titulado “Los ojos nuevos, y el corazón.”, lo justifica recordando que fueron santafesinos los discípulos más conspicuos de Ortiz, y también sus principales estudiosos y divulgadores y quienes buscaron reunir para editar su obra dispersa (en la rosarina Biblioteca Vigil y en la santafesina U.N.L.).

Esta antología de nuestra poesía, impulsada por la Secretaría de Producciones, Industrias y Espacios Culturales, en una impecable edición de Agustín Alzari, reúne a treinta autores, con un conjunto de poemas que permite efectuar un amplio y cardinal recorrido por las ricas manifestaciones de la poesía moderna de la provincia, a partir de los precursores José Cibils y Horacio Caillet-Bois hasta la actualidad, incluyendo algunos poetas vivientes.

Beatriz Vallejos

El libro consigue equilibrar y representar la gran variedad de visiones, estéticas y orígenes: la pampa gringa de José Pedroni (“el primer poeta moderno de la provincia de Santa Fe, y a quien le cabe, por lo tanto, abrir esta antología signada muy justamente por un verso suyo: ‘Tengo los ojos nuevos, y el corazón.’”, escribe Prieto); los poblados de Ezequiel Martínez Estrada o Amelia Biagioni; la costa de Julio Migno; las ciudades de Alfonsina Storni, Emilia Bertolé, Felipe Aldana, Rubén Sevleverà Como sucede con toda antología es posible anotar ausencias y también polémicas inclusiones, sobre todo en lo que atañe a autores de la actualidad, no decantados por las más imparcial crítica del tiempo, pero hay también algunas felices sorpresas, como la inserción de nuestro gran poeta de Alto Verde, Kiwi (Héctor Rolando Rodríguez).

Con respecto a la generación de poetas discípulos directos de una u otra forma de Ortiz, Prieto se ha cuidado en la producción poética escogida de señalar las filiaciones que enlazan a este compacto canon; así, los poemas del propio Ortiz dedicados a Pedroni, Hugo Gola y Juan José Saer; el de Aldo Oliva dedicado a Jorge Conti; el de Francisco Urondo dedicado a Ortiz y a Gola; los de Saer dedicados a Oliva y a Hugo Padeletti…

José Pedroni

“El alma, dijo, está compuesta/ del mundo exterior”, escribió Wallace Stevens. “Hay hombres del Este, dijo,/ que son el Este./ Hay hombres de una provincia/ que son esa provincia./ Hay hombres de un valle/ que son ese valle.// Hay hombres cuyas palabras/ son como el sonido natural/ de sus lugares,/ como el parloteo de los tucanes/ en el lugar de los tucanes”.

Al hablar del “Suelo santafesino”, decía Pedroni: “Un río lo atraviesa./ Viene del norte, amargo./ Pasa por mí. Su línea/ la llevo en cada mano”.

Julio Migno.

El libro que nos ocupa, parafraseando estos versos, despliega el alma y el espíritu de una provincia, y nos ofrece otra dimensión de ella, como si la interpeláramos con ojos nuevos.

Termina Stevens: “El vestido de una mujer de Lhasa/ en su lugar/ es un elemento invisible de ese lugar/ hecho visible”.