El salto de la teoría a la práctica es no solamente extenso sino que además implica el riesgo cierto de creer que se puede pasar de un lado a otro sin pagar ningún costo.

Textos: Psicólogo Gustavo Giorgi.

En la fría Odessa de principios del Siglo XX nacía Aarón. Primer y, finalmente único hijo varón de la familia Matzalesky.

 

Como todo evento de estas características, siguieron al mismo algunos festejos que incluyeron borracheras del padre junto a amigos y familia política, rebuznos más que nada mujeriles y bastante griterío infantil. En resumen, algo bastante parecido a lo que en nuestros días sucede en esos espacios denominados peloteros.

 

El caso es que esa felicidad no duró demasiado tiempo ya que a los meses decidieron tomar un barco y escaparle al frío y la hambruna ucraniana. Así, llegaron al puerto de Buenos Aires, con una mano atrás y otra adelante. Verdaderamente no queda muy claro cómo es que llegaron a la pampa húmeda argentina, con la idea de dedicarse a actividades agrícolas. Y menos aún se sabe las razones por las que la segunda generación abandonó por completo el campo, instalándose en la ciudad. Bah, en realidad no hay que ser un erudito para suponer que los jóvenes mudan su residencia por motivos de estudio o progreso personal y este caso no tiene por qué ser una excepción a esto.

 

Mauricio, hijo de Aarón fue quien se recibió de ingeniero y se animó a poner sus ahorros para comenzar con un torno y luego, crédito del Banco Nación de por medio pudo ir ampliando y comprar otras máquinas (fresadoras, por caso) e ir ganando volumen de producción. Así, comenzó a contratar unos poquitos empleados en la informalidad para luego ir acomodando las cosas, sumando gente al plantel. En la actualidad, la planta posee una nómina de ciento cincuenta personas distribuidas en diferentes líneas de producción. Se dedica a la fabricación de aberturas de aluminio de tipo standard, y su perfil de cliente está más vinculado a empresas constructoras que a particulares.

 

“Sé que soy un caso medio raro” dice Mauricio, “porque la verdad es que la mayoría de mis colegas no tienen más título que el secundario. O incluso el primario. Yo calculo que por eso hoy en día les cuesta un poquito entender la marcha de los negocios, lo que incluye al mercado y más que nada, al personal. Yo, hace cinco años comprendí la necesidad de traer profesionales a la empresa, que me sigan como una segunda línea… y la manera en que caí en esto fue medio rara, porque una noche tuve una pesadilla: soñé que la fábrica se fundía al no estar yo al frente… esa mañana desperté angustiado y transpirado entero porque el sueño no hacía otra cosa que mostrar mi realidad. Era efectivamente cierto que por debajo de mí no había nadie con la capacidad de suplirme”. Quiero detenerme en este punto para aclarar al lector que Mauricio no es una persona demasiaaaado narcisista. Es decir, ese hecho que comenta, de ser insustituible, era un dato objetivo y no de una pura jactancia de su parte.

 

“Lo primero que hice fue contactarme con gente que conocía de la universidad y pedirle que me envíen los mejores estudiantes para conocerlos. Reconozco que las primeras tandas me desilusionaron un poco, porque venían todos con tremendas ínfulas y berretines de gerente… ¿Sabés a cuántos tuve que ubicar? … Sin embargo, sabés cómo soy, como buen paisano, no me gusta recular y a partir de la insistencia, hoy en día tengo una línea de gerentes toda compuesta de chicos jóvenes recién recibidos que anda una barbaridad”.

 

Y cómo son las cosas, ¿no? Pienso, mientras repaso la bibliografía sobre modelos mentales y otras yerbas: nada mejor que eso para mostrarles lo que se escuchaba del lado de los encargados de turno.

 

“¡Desde que entraron esos pibes esto es un despelote total!”. Quien habla es Títaun, referente del sector pintura y empleado con más de veinte abriles en la empresa. “Antes las cosas eran más simples. Vos hacías lo que sabías y listo. Te ibas a tu casa… Ahora el dueño ya no nos habla como antes. es más, nadie nos escucha… nos encargan tareas que sabemos van a estar mal, avisamos pero nadie nos hace caso… somos los últimos orejones del tarro en todo. ¿Sabés la última? Cuando cumple años uno de los ingenieritos le traen facturas, le cantan y eso. ¿Y de nosotros quien se acuerda? Porque nosotros también cumplimos años ¿eh!”.

 

A propósito de esto último, escuchamos de Germán, flamante ingeniero mecánico: “Esta empresa es genial para trabajar. Tenemos horarios flexibles, nos escuchan, nos miman, pero el único problema está con el personal, sobre todo los más viejos. Son híper resistentes a los cambios y es porque no saben nada. Encima de no entender se ponen en caprichosos y eso empeora todo. No queda otra que sancionarlos con suspensiones, para que les repercuta en el bolsillo. A ver si así entienden…”.

 

De nuevo: profesionalizar no es segregar.

 

Tal como escribí en otras oportunidades, el salto de la teoría a la práctica es no solamente extenso sino que además implica el riesgo cierto de creer que se puede pasar de un lado a otro sin pagar ningún costo.

 

Entiendo que las facultades, en su mayoría, siguen atravesadas hasta nuestros días por un saber enciclopedista, que se transmite sin fallas desde profesores a alumnos, quienes parece se hubiesen puesto de acuerdo para hablar de aquello que muestran los libros como “la” realidad. Es decir, existe una cierta pretensión negadora de los hechos “porque no está en los libros”. Entonces, esto produce entre otras cosas, que los graduados universitarios caigan de bruces en empresas con sus recetas y métodos e intenten aplicarlos de cualquier modo. Y ante cualquier reacción opuesta de las personas designadas para ponerlos en práctica, se les responde de inmediato: “Usted es resistente al cambio y un caprichoso. Usted no entiende cómo deben hacerse las cosas”.

 

En la empresa de Mauricio sucede exactamente eso. Por un lado, están los gerentes jóvenes e intelectuales y por el otro está la línea de encargados, idóneos en su mayoría y con la capacidad de llegar sin atajos al personal. Avanzo: la única forma de que los colaboradores entiendan la necesidad de un cambio en la metodología de trabajo, y se sumen de forma entusiasta al mismo, es que sus jefes directos les conversen al respecto, exponiéndoles en su propio lenguaje el contenido del mismo y los beneficios que traería aparejado.

 

En números, la organización en cuestión fue mejorando paulatinamente y hoy el factor productividad no es un motivo de queja. Pero sin embargo, lo que Mauricio (y otros en su misma situación) no puede ver claramente es la generación de dos bandos dentro de la propia Compañía. Bandos que no se boicotean hasta ahora, pero que sin duda, si encontrasen espacios comunes de diálogo, a la empresa le iría aún mejor.

 

No se trata de establecer quien tiene la razón, si el que estudió o el idóneo. El maniqueísmo es una cómoda forma de adormecer el pensamiento y muy malo para resolver problemas. El nudo está en dotar a cada uno de los participantes de la organización la voz suficiente para que otro pueda escucharlo.

 

El personal no busca que se le haga caso a todo lo que pide, pero sí que tengan en cuenta sus opiniones y que se los haga sentir parte de la empresa. Todos los días y no solo en los discursos de fin de año.