Que el rol no sea una etiqueta


Hay roles que sirven a los equipos, colaboran hacia la consecución de sus objetivos y por ende forman parte de sus activos. Hay otros, llamados disfuncionales, que directamente boicotean, obstaculizan y minan los senderos hacia las metas.
Textos. Psic. Gustavo Giorgi.


Hace unos días estuvo en la ciudad el reputado enólogo Bernardo Bossi Bonilla, quien vino a presentar una colección de sus vinos, a los fines a ayudar en su comercialización además de, claro, permitir su difusión a un público diríamos más masivo.


El caso es que Berni, para quienes lo conocemos es el ejemplo de lo que quiero hoy pensar con vos, en lo vinculado a Roles dentro de un equipo y Etiquetas.


Mi grupo de la facultad de psicología de Rosario estaba constituido por varios personajes, de los cuales continúo siendo amigo de algunos en la actualidad.


Diego, hijo de médico, había intentado en un comienzo seguir los caminos de su papá en la profesión pero a los pocos meses se dio cuenta que “eso no era” y, con mucho coraje, se animó a cambiar de carrera. El 97 quiso que el azar nos reúna en una cátedra de Psicología Laboral y en breve pudimos iniciar una relación que luego devendría en un verdadero y profundo lazo afectivo. Fue quien me dio mi primer trabajo y acompañó fuertemente en épocas turbulentas. Diego, además de ser un gran amigo, con el que me gustaría compartir más tiempo pero que en eso las distancias no ayudan, desempeñaba en el grupo el rol del Serio.

Eso implicaba que en las discusiones y debates, la mayoría de las veces pavos, pueriles y sinsentido, asumía la posición del analista agudo de los hechos y las personas. Costaba un poco hacerlo reír, a pesar de que no es un tipo malhumorado y creo que estas características se combinaban para construir su lugar en el grupo.


Por otro lado lo tenemos a Pablito. Sumamente entusiasmado por cuestiones intelectuales, las que en un principio coincidían con lo que la currícula de la carrera proponía pero, debo reconocer que la disciplina nunca fue su fuerte y el hecho de leer con rigor un texto del Programa le resultaba casi una epopeya. Sin duda que esto derivó en su trabajo actual, es traductor del alemán y como puede verse, nunca se graduó. Su rol era el de Tirabombas. Pablito es un tipo demasiado directo y creo que si lo enviasen como representante argentino en Paraguay posiblemente reedite la guerra con el país hermano. Cero diplomacia el hombre. Pero este no era su único rasgo. También es un tipo generoso hasta los tuétanos, capaz de compartir su habitación como lo hizo conmigo durante casi un año, para que yo no pagase alojamiento en mi último año como estudiante…


Luis, oriundo de la provincia de Corrientes pero esperancino por adopción, cayó a la facu un tanto por convencimiento y otro poco, creo yo, por acompañar a su novia, estudiante de medicina. Ya había pasado por un par de carreras aquí en Santa Fe con anterioridad. Su lugar era el del Discutidor. Casi todo tema era pasible de ser refutado. Fútbol, mujeres, Lacan mismo… A veces las sobremesas podían tornarse algo picantes como correlato de una poco saludable mezcla de vino berreta y vehementes caracteres juveniles en ebullición…


Tato, con el que perdí total contacto hace ya un buen tiempo (y que si lee estas líneas le pediría que se comunique conmigo) era santafesino igual que yo pero con dos años menos. Su mamá, si mal no recuerdo estaba en una carrera judicial y con la proximidad de obtener el deseado puesto de magistrado. Vivía con otro flaco, el Fede, que estudiaba letras y era súper pancho. Delgado y con modalidades algo leptosómicas, al decir de Kreschemer (1). Quien era del grupo era Tato y podemos pensar a su rol como el del Chistoso. Tenía un carácter jovial y con la pertinaz tendencia a tornar risible todo lo que alguien relataba.


Finalmente, lo tenemos a Berni. Con él compartimos un trabajo práctico de una materia, con una temática sugerida por el disruptivo Pablito y que en ese entonces era, cuanto menos, llamativa. Trataba de la posible discriminación de homosexuales en el trabajo y su dificultad para insertarse en el mundo del empleo. Precisamente, este último fue su título.


Berni en esos días distribuía quesos en una chata y de paso estudiaba psicología. La verdad es que como estudiante dejaba mucho que desear, porque se lo veía un poco desconectado. Como que ningún tema lo atraía demasiado y carecía de esa especie de “furor sanandi” que teníamos los demás, salvajes en ese punto.


Todos imaginábamos su futuro como que si le iba muy bien, podría tener su propio comercio. Honestamente, no estaba demasiado bueno compartir un trabajo práctico con Berni. Te hacía enojar con su falta de compromiso hacia las tareas. No iba o plantaba excusas medio pavas.

Además, sus intervenciones tampoco aportaban gran luz a la problemática siendo la mayor parte de las veces, livianas o superficiales.


Como ves, no había que dar grandes pasos para asignarle un rol disfuncional. Llamale, el del Haragán, si querés…


Dando vuelta la tortilla


Uno de los últimos martes de junio, mientras hacía fila en un supermercado, aguardando mi turno para pagar y usando el celu para ver pavadas, encuentro en Facebook un anuncio que lo tenía de protagonista a quien. Sí. Nada menos que al Gran Enólogo Bernardo Bossi Bonilla. Claramente, no deben existir muchas personas sobre la faz de la tierra con ese nombre, pero de igual manera me decidí a corroborar si efectivamente era quien yo conocía, por medio de la web.

El caso es que aparecía en un millón de fotografías por todo el país y algunas en el extranjero. Berni se había hecho famoso en algo que nada tenia que ver con la psicología o el reino de la mente sino más bien con el de los sentidos.


En ese mismo momento le mandé un mensajito y a los pocos días ya tuve su respuesta. Así las cosas, el martes pasado pudimos reunirnos y retomar nuestra amistad. Pero eso es otro tema…


Independientemente de la historia autorreferencial, lo admito, hay que pensar aquí en la incidencia que tienen en los equipos los roles y los prejuicios.


Acerca de los primeros, en principio debemos conocer que se tratan de patrones de conducta. Moldes a los que las personas de carne y hueso se van adaptando, ya sea de forma armónica (por elección propia) o forzada, como imposición de los demás porque claro, a la par que uno asume el propio atribuye otro a alguien y este último no siempre puede sentirse conforme con ese trajecito.


Hay roles que sirven a los equipos, colaboran hacia la consecución de sus objetivos y por ende forman parte de sus activos. Ejemplo, el del Impulsor, el Creativo, el Organizador o el Coordinador.


Hay otros, llamados disfuncionales, que directamente boicotean, obstaculizan y minan los senderos hacia las metas como lo ilustran el del Pícaro, el Cínico, el Censor o el Obsecuente.


Finalmente, tenemos otros que no podemos ubicar en los extremos, pero que igualmente aportan su eficacia como lo son el del Chistoso o el Desubicado.


En todo equipo hay roles porque ayudan a las relaciones, aportando cierto grado de previsibilidad. Sabemos que nuestro cerebro trata de encontrar similitudes o categorizaciones que le permitan hacer del caótico mundo, un lugar comprensible y controlable.


Sin embargo, el asunto podría tomar otro cariz cuando los roles se cristalizan en personas, impidiendo su movilidad. Este estancamiento habla de un grupo más que de un equipo y es necesario estar atento si esto ocurre porque de ahí al preconcepto hay un borde finito.


En la historia que relato, posiblemente la sorpresa que nos generó a todos encontrar a Berni en esta posición actual sea una manifestación de que, sin darnos casi cuenta, le habíamos colgado un cartel mentiroso. Y lo mismo puedo contar de mi experiencia en el trabajo con equipos de diferentes organizaciones. Soy un convencido de que a veces se descuidan estos temas, considerándolos menores en el devenir del colectivo humano.


Como ejercicio, te planteo que pienses si en tu oficina pasa algo así: Si el Chistoso, cuando tiene un mal día no resulta una molestia para los otros.

O cuando el Organizador no asume esta tarea, por h o por b, y nadie es capaz de tomarla a su cargo. También, si al Creativo no se le cae ninguna idea, qué pasa con los demás.


Si ves que los roles se pegan a las personas y no circulan, es momento de comenzar a hacer algo. Los equipos sanos están compuestos por personas que asumen y atribuyen roles, pero no son siempre los mismos. Eso es una especie de vacuna frente a las etiquetas, siendo esa heterogeneidad y movilidad lo que permitirá su desarrollo.

  1. Desde las teorías biológicas de la personalidad se parte de la idea de que el comportamiento humano depende básicamente de las características físicas del organismo, y no tanto en las variables relacionadas con el contexto en el que se vive. Estas teorías tienen sus raíces en los primeros pasos de la medicina griega, así que resulta normal que sus planteamientos sean biologicistas. Krestchemer distingue el carácter pícnico, atlético, displásico y leptosómico. Fede era una persona de brazos largos, cuello alto y mentón hundido. Una especie de Don Quijote tanto en físico como en temperamento. “El leptosómico es tímido, hipersensible, excéntrico y tiende a vivir en su propio mundo de fantasía”. Tomado de https://psicologiaymente.com/personalidad/teoria-kretschemer
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