En esta edición te contamos algunas cuestiones a tener en cuenta ante la perdida de un ser querido.

Nadia Novillo

A lo largo de nuestras vidas se presentan distintas situaciones que nos llevan a tener que reorganizar nuestros espacios y pertenencias:

– Cuando el desorden y el caos nos genera conflictos y discusiones con nuestra pareja e hijos, al punto de que la desorganización complica la convivencia y pierde la armonía familiar.

– Cuando los hijos se van de casa a estudiar afuera, o simplemente se van porque decidieron independizarse, o formar sus propias familias.

– Por cuestiones personales como cuando nos sentimos desbordados y superados. En esos momentos, nos damos cuenta que acumulamos y guardamos de todo un poco. A tal punto, que no tenemos lugar para nada y que tampoco queremos recibir gente en casa porque nos avergüenza nuestro propio desorden.

– Motivos circunstanciales como lo es una mudanza, un traslado laboral o por estudio, capacitaciones y postgrado.

– Razones vitales, las más felices asociadas a un matrimonio o convivencia en pareja, la llegada de un primer bebé, o cuando se agranda la familia con un nuevo hermanito; y las más tristes y dolorosas, relacionadas con una separación, un divorcio o la más terrible de todas como es la muerte de un ser querido.

Sin dudas esta es la situación menos esperada, querida y hablada; la más evitada y evadida. Frente al dolor de la pérdida de un familiar atravesamos un proceso llamado “duelo” que es el periodo de tiempo que debemos transitar hasta acostumbrarnos a vivir con la ausencia de la persona amada.

Con respecto a los tiempos que puede llevar un proceso de duelo no hay nada dicho ni escrito, ya que es muy personal, y cada uno lo transita como lo necesita, lo siente, quiere y puede.

Cada persona tiene necesidades y tiempos distintos para reponerse, sanar, curar y superar una pérdida. Cada uno lo hará a su manera y todos ellos son aceptables, válidos y respetables.

En estos casos el silencio es muy valioso y hay que darle su lugar. No digamos nada, a veces caemos en el error de repetir típicas frases que, al decirlas nos damos cuenta de lo absurdas que suenan.

Ninguna muerte nos parecerá justa, oportuna o menos dolorosa. Una serie de sentimientos se mezclan entre los que aparece: la tristeza, el dolor, el enojo, la bronca y los cuestionamientos religiosos y de fe. Es común, el preguntarnos porque y no entender, el querer respuestas y explicaciones que no existen. Con el tiempo llega la resignación y la aceptación y se aprende a seguir adelante y a convivir con una nueva realidad, que esa persona ya no está.

Una de las preguntas e inquietudes que surgen, superado el shock de la pérdida y luego de la ceremonia de despedida, es que hacemos con sus cosas, objetos, prendas y pertenencias.

Ante esta tarea, habrá quienes sientan que es necesario hacerlo en los días posteriores al fallecimiento y habrá quienes necesiten tomarse un tiempo para poder enfrentarse a esta situación. En ambos casos se deben respetar esas necesidades, tiempos y sentimientos.

Ya sea que lo realicen familiares, amigos u organizadores profesionales, debemos saber que lo más importante es acompañar y contener a la persona que debe desprenderse de todo aquello. Ayudarlos a decidir qué hacer con todas esas cosas sin presionarlos ni obligarlos a deshacerse de determinados objetos.

Hay que escucharlos y dejar que ellos expresen sus emociones y sentimientos porque surgirán anécdotas y recuerdos. Por momentos pueden quebrarse y romper en llanto; o bien, reír con relatos graciosos y alegres de tiempos felices. Ellos irán descubriendo que les genera más apego, que tiene más valor sentimental y que es lo que verdaderamente quieren conservar.

Aunque resulte difícil, es necesario para seguir adelante desarmar el cuarto o habitación de la persona que ya no está. Esta situación se complica y cuesta aún más cuando se trata de la pérdida de un hijo, o peor de un hijo único. En estos casos, los padres desgarrados por el dolor desean conservar para siempre todo, como si existiera la posibilidad que ese hijo volviese. Desearían convertirlo en una especie de museo en su honor donde nadie podría atreverse a tocar nada. Pero esto no es sano ni saludable para ellos, ya que corren el riesgo de quedarse detenidos y cristalizados en ese dolor.

En situaciones tan delicadas es aconsejable la contención de un terapeuta especializado e incluso el apoyo y la participación en grupos de padres que atraviesan el mismo dolor.

Hay una serie de objetos que se acostumbra a repartir entre familiares como el típico ejemplo del hijo que usa el reloj de su padre, o la hija que lleva unas pulseras de su madre. Lo mismo ocurre en el caso de los hijos con sus libros, cuadros y música. Podemos hacer una selección y quedarnos con los que realmente nos signifiquen o representen algo.

Lo ideal sería quedarnos con aquellas cosas que nos generen un sentimiento positivo. Dependiendo de sus características algunos podrán quedar como adorno y otros en una caja con ese grupo y selección de objetos y recuerdos.

Todo lo que sea ropa y calzado puede se puede regalar o donar. Salvo que haya alguna prenda muy característica y específica que deseemos conservar. También puede ocurrir que algún familiar cercano o amigo de su círculo íntimo quiera pedir algo para sentirlo más cerca, para usarlo como una forma de honrar su memoria.

Las plantas son un ejemplo de algo que es lindo conservar. Seguir cuidándolas nos conecta y acerca con lo que le gustaba a esa persona que ya no está. Las cuales, aportan alegría y vida.

Hay muchísimas otras cosas que serán para tirar y no por eso debemos sentir culpa. Luego hay una serie de cosas que tienen un valor económico implícito, que ya nadie usará y que pueden ser vendidas.

Cuestiones legales, temas sucesorios, bancarios, pensiones, seguros, informar bajas, son trámites que aunque nos pese tener que hacer; cuanto antes los resolvamos mejor.Para estos temas se puede pedir ayuda y asesoría para saber cómo proceder o delegar en un abogado, apoderado, algún familiar o amigo de confianza el tema.

Tendremos que decidir qué hacer con sus cuentas y redes sociales en caso de tenerlas. Si decidimos mantenerlas para continuar compartiendolas con familiares y amigos, o si decidimos cerrarlas.

Sin dudas el mejor recuerdo que podremos conservar son las fotos, videos o incluso alguna grabación de su voz o audio que tengamos, ya que a ellos acudiremos para saciar nuestro deseo de volver a verlos en momentos en que extrañamos fuertemente su presencia.

Así como el consejo es atesorar momentos y no cosas, lo mismo aplica para el caso de la pérdida de un ser querido. No debemos conservar cosas materiales por culpa, porque ellos ya no están representados en esos objetos sino en los recuerdos que nosotros podamos atesorar de todos los momentos compartidos y vividos.

Las personas que amamos siguen vivas para siempre en nuestros corazones y en nuestros pensamientos. Es importante nombrarlos sin miedos ni tabúes. Recordarlos sin angustia ni tristeza.

 

Hagámoslos presentes cada vez que tengamos ganas, que los extrañemos, miremos sus pelis o series favoritas, escuchemos su música, hagamos sus comidas preferidas o volvamos a esos lugares que fuimos con ellos. Repitamos sus consejos y enseñanzas, digamos sus dichos y contemos sus chistes. Pero por sobre todo, intentemos volver a reír con las cosas que junto a ellos reíamos y nos divertíamos.