“El último de la estirpe”, volumen que incluye veinte cuentos de Fleur Jaeggy, resulta la mejor puerta de entrada para conocer a esta escritora singular, nacida en Zúrich en 1940, radicada desde hace tiempo en Milán y que escribe sus libros en italiano.

Por: Enrique Butti

Se trata de textos en los que se observa, se espía mejor dicho, un mundo a la vez exacerbado y distante, como registra el primer cuento que en el original da título al libro (en la edición al español de Tusquets se ha preferido elegir el título de otro de los cuentos).

 

En “Soy el hermano de XX”, un narrador nos habla de su hermana (la tal XX) que no ha dejado de acosarlo con su observación vampírica para después escribir sobre él. Ella es siete años mayor, y parece descubrirlo el día en que la abuela pregunta al chico que querrá hacer cuando sea grande: “Y le contesté: quiero morir. De mayor quiero morir. Quiero morir pronto. Y creo que a mi hermana le gustó muchísimo mi respuesta”. Él mismo es escritor ahora (ahora que la hermana lo ha matado en sus escritos) y recuerda a esa hermana que le da pie para reflexionar sobre la literatura y sentar una suerte de ars poetica: “En mi hermana XX, todavía no lo he dicho, había algo que no funcionaba. Se divertía menos de lo que ostentaba. Dado que espiaba tanto, o quería dárselas de escritora, por tanto de artista, o quería ver, o incluso competir con quien fuera más feliz, o infeliz. Términos siempre más bien insignificantes. Pero a las palabras pese a todo siempre hay que darles crédito. Al menos hay que fingir que se parecen bastante a su significado. A su significado sesgado”.

 

Y en otro de estos cuentos (que comienza con esta frase reveladora: “Observar a los demás siempre es interesante”) aparece una asociación digna de destacarse, la asociación que la autora encuentra entre cierta complacencia de la escritura y ese momento en que todo gato, antes de dar el zarpazo final a su presa, cae en un momento de distracción, parece mutar su “rumbo mental”, en un desapego momentáneo que los etólogos llaman Übersprung: “Es volverse hacia otra parte, pasar a otra cosa, manifestar el gesto del desapego, como un adiós. La divagación del tema, la evasión de una palabra, y a la vez la caza de las palabras, el deshacerse de ellas: son otras tantas maneras mentales del hecho de escribir. Hay quien escribe gracias a la delectatio morosa”.

 

Y ese mundo espiado, ese mundo contemplado hasta la delectación (no en vano Jaeggy manifiesta su admiración por los místicos, y por autores como Marcel Schowb y Thomas de Quincey) aúna extremos irredentos: millonarios y desposeídos; religiosos y desalmados; apasionados y frígidos; manipuladores y marionetas; soñadores sin vigilia e insomnes sin tregua…

 

Para encontrar una referencia cercana podríamos recurrir a los protagonistas paralelos -los niños, las familias y las parejas- que pueblan estos cuentos de Jaeggy y los que nos presentan los cuentos de Silvina Ocampo; la ausencia de la compacta conformación narrativa de la argentina es sustituida en Jaeggy por un énfasis de la corriente de conciencia del testigo o narrador que fuera. Todo en frases cortísimas, que integran pensamientos, reflexiones, descripciones y diálogos sin solución de continuidad.

 

Y en el conjunto recurre también el tema de las pinturas y los retratos que despiertan ante una presencia inesperada en el museo donde están expuestos. En uno de los cuentos, la santa medieval Angela da Foligno, autora del magnífico “Libro de la experiencia”, entra en un museo y las estatuas se apartan a su paso y un “Nacimiento de Venus” que ha ido a recalar allí resucita para que todo en él (Venus, la concha marina, las ninfas) zozobre. Y entonces: “Se había cumplido la ceremonia de la no existencia. No deseaban otra cosa que la renuncia. Ahora son felices, oscuramente felices. Suscribieron las palabras de la asceta: permanecer en la propia cárcel, en la cárcel pintada y observar la propia nada”.

 

De Fleur Jaeggy hay varias novelas traducidas, publicadas también por Tusquets: “El ángel de la guarda”, “Los hermosos años del castigo”, “El temor del cielo” y “Proleterka”.