A aquellas personas a las que les cuesta desprenderse y soltar porque han generado una relación y vínculo de apego con las prendas y objetos, les ayuda saber que no tiene sentido seguir conservando cosas si hay alguien que las necesita.
Textos. Nadia Novillo.

Se suele creer erróneamente que el desorden y el caos se produce por la falta de espacio de guardado, cuando en realidad el problema está en el exceso y la gran cantidad de acumulación de cosas. Cuando el consumo es exagerado, compulsivo e impulsivo; cuando guardamos cosas sin criterio ni lógica, solo ‘por las dudas‘ creyendo que podríamos necesitarlas algún remoto día; cuando conservamos obsequios o cosas heredadas solo por la culpa que nos implica deshacernos de esas prendas u objetos.


Muchas son las personas que justifican su desborde de cosas haciendo referencia al espacio y fantasean con la idea de que si vivieran en un hogar más grande podrían ser más ordenados. Sin embargo, si esas personas siguen con la misma conducta de compra y de acumulación no resolverían su situación de caos sino que la trasladarían y profundizarían aún más en una propiedad más espaciosa.


El espacio es finito y debemos ser conscientes de esta situación, el típico ejemplo es cuando alguien se muda de una gran casa a un departamento e indefectiblemente debe cambiar los muebles y deshacerse de cosas simplemente porque no van a entrar en la nueva vivienda.


En todo proceso de organización y orden el primer paso es el “descarte”, palabra que tiene mala prensa y peor fama, sobre todo en las generaciones de padres y abuelos, que suelen ser más conservadores, arraigados al pasado y a los objetos materiales. Ellos fueron educados y crecieron con la creencia de que “el que guarda siempre tiene”, confunden descarte con tirar y piensan que las nuevas generaciones de jóvenes, hijos de la abundancia, derrochamos si nos deshacemos de cosas.


Es importante aclarar que descartar, sacar o eliminar no significar tirar. Solamente vamos a tirar basura las cosas que no sirven para nada, que rotas y que no tienen arreglo, que están obsoletas. Desmitifiquemos la tarea de un organizador profesional ya que de ninguna manera va a imponer u obligar a un cliente a eliminar ni a tirar nada, simplemente lo ayudará y guiará en el proceso para que pueda decidir qué conservar. Va a orientarlo para que el descarte sea pensado y consciente, sincerándose consigo mismo con respecto a lo que verdaderamente usa, necesita, le gusta, quiere ver y tener.


Ahora bien, todo aquello que descartamos se puede regalar, dar o donar.


Las tareas de organizar, limpiar y ordenar son una oportunidad que nos invita a ser más generosos y solidarios. Incitan a dar todo aquello de lo que tenemos en exceso, repetido, en cantidad y en desuso.


A aquellas personas a las que les cuesta desprenderse y soltar porque han generado una relación y vínculo de apego con las prendas y objetos, les ayuda saber y entender que no tiene sentido seguir conservando esas cosas si hay alguien a quien pueden venirle bien porque las está necesitando.


En el caso de las prendas que ya no usamos o algunos muebles y objetos deco que vamos cambiando, renovando o redecorando, podemos regalarlos a personas del entorno familiar o entre amigos. Es común que se de la conversación: “¿Te gusta? Llevatelo, te lo regalo”.


Lo que no es aconsejable es armar bolsas y cajas con lo que ya no usamos y entregarlas a algún familiar sin saber ni tener la certeza de que esas cosas podrían ser de su gusto, interés y utilidad; de esa forma solo los estaríamos cargando con lo que nosotros estamos descartando.
Sucede que a veces no tenemos o nos sabemos a quién regalar. En este caso, en lugar de seguir guardando, siempre la mejor opción será donar.


Al momento de regalar o donar, debemos procurar hacerlo del mismo modo en que a nosotros nos gustaría recibir algo. Esto significa que todo lo que se va a dar debe estar limpio, sano y en buen estado. Entregarlo de manera digna, decente, ordenada y prolija. De lo contrario, sería un desprecio en lugar de un buen gesto.


Si hay alguna prenda descosida, es necesario coserla. Si falta un botón, hay que reponerlo. Si un cierre esta trabado o falseado, habrá que cambiarlo. Es importante acondicionar un zapato si tiene la suela despegada, contemplar que las zapatillas que tengan sus respectivos cordones. Controlar que tanto el calzado, las medias, los guantes se entreguen con su par correspondiente. Todo lo que esté roto, debe ser reparado antes de entregarlo.
Estas aclaraciones pueden parecer una obviedad pero quienes se encargan voluntariamente de recibir donaciones para luego distribuirlas y entregarlas a quienes necesitan se encuentran a menudo con situaciones insólitas que no tienen otro destino posible más que la basura. Por eso la relevancia de resaltar estas cuestiones.


Una sugerencia que es de mucha utilidad para simplificar y facilitar las tareas de todas las personas que colaboran voluntariamente y desinteresadamente en parroquias, escuelas, hogares, entidades y agrupaciones solidarias, es llevar las donaciones clasificadas y rotuladas. Se trata simplemente de separar en distintas bolsas las cosas y aclarar pegando o abrochando un cartelito a modo de etiqueta: “Ropa de Bebé”, “Ropa de Niños”, “Ropa de Mujer”, “Ropa de Hombre”, “Juguetes”, “Utensilios de Cocina”, “Mantas”, etc.


Puedo afirmar con seguridad que si organizamos y ordenamos nuestros espacios y pertenencias descubriremos que tenemos muchísimas más cosas de las que verdaderamente usamos y necesitamos. Les propongo transformar esa abundancia en generosidad, a dar con el corazón y a entregar con las manos. Todo lo que damos, vuelve. Dejemos de retener y acumular, mejor preocupémonos pensando a quién podemos ayudar y lo que podemos dar.