El primer libro de cuentos del santafesino Jc Ramírez circula en torno a un poder que paradójicamente la literatura de nuestro tiempo parece haber desterrado.

Por Enrique Butti.

Los libros sagrados, los alquimistas y los brujos, los sacrílegos, los maledicentes y los vates basan su poder en el imperio de la palabra. El primer libro de cuentos del santafesino Jc Ramírez circula en torno a ese poder que paradójicamente la literatura de nuestro tiempo parece haber desterrado. De ahí quizás el título del libro (que no corresponde a ninguno de los cuentos): “Una religión olvidada”, y las tramas que en él se despliegan: una carta que puede enamorar a quien la reciba; un hechizo que atraviesa los siglos escondido en un libro; una fórmula desesperada que logra resucitar a un ser amado; una sentencia que dirige el destino del capitán que la lleva tatuada en el brazo.

Entre personajes y esferas de un reconocible realismo cotidiano dispuesto con precisión y soltura a la vez, y regidos por un fantástico con aire alegórico, la faz particularmente bella de los artificios de estos relatos es que suceden subterráneamente, o quizás celestialmente, y emergen o descienden con una naturalidad que sobrevuela los golpes de efecto. Jc Ramírez ya había demostrado su sensibilidad radiografiando paisajes y situaciones urbanas, o mejor dicho suburbanas, en originales poemas narrativos reunidos precisamente bajo el título de “Barrial”. Esa capacidad subyace en los cuentos de “Una religión olvidada”, incluidos aquellos que no tienen como marco escenográfico los andurriales de una ciudad de provincia. Se trata de un aura que sin imponer descripciones minuciosas ni monotonías minimalistas sostiene e impulsa la vida de personajes, que encarnan la aldea del mundo, siempre dotados de algún detalle que los eleva.

Es así que la tramoya barrial durante una dictadura que ha suprimido los registros civiles da a uno de los cuentos los presupuestos de verosimilitud necesarios para que una amistad con ansias de ser paternal y la búsqueda del amor se hagan posibles para el protagonista apelando al único recurso: retroceder en el tiempo.

O como sucede en la historia de una peluquera que facultada por su oficio rastrea, con tenacidad y perspicacia, toda información posible sobre el poblado que atiende, hasta reunir su entera historia en un archivo y en un mapa de relaciones, en el cual alfileres y hebras de colores marcan los itinerarios de las distintas relaciones interpersonales (las legítimas y las ilegítimas, las enemistades, los secretos contratos, las traiciones). Cuando en la zona se instala una competidora por quien sus clientes la cambian, la mujer decide sacar a la luz sus investigaciones, publicar las detalladas biografías. Sólo una pareja vecina se ha mostrado siempre indemne al espionaje de la peluquera y ahí se concentra el conflicto que urde el cuento, que revela un destellante talento para la creación de lo que Stevenson llama “escenas memorables”, a partir de contundentes detalles que se graban en la imaginación visual del lector, en el “ojo mental” del lector.