San Valentín, no te tenemos miedo


Por Lucila Cordoneda

Como suele suceder con varias celebraciones más, por este lado del continente somos fervientes compradores de cultura y purpurina ajena.

El día de San Valentín, ruinmente llamado Día de los Enamorados, es una de esas celebraciones.

En unos días más, todas la vidrieras, den o no a la calle (incluyo acá muros de face, feeds, y demás pasarelas interespaciales) se abarrotarán de corazones, dedicatorias y cuanta reflexión de dudosa y cursi procedencia caiga en las garras de los amantes.

¿Está mal? Naaaaaaaa qué va a estar mal. Además, como suelo decir y cada vez con más ganas, nadie puede ni debe decirnos de qué manera y con quienes transcurrir nuestra existencia.

Nada está mal, siempre y cuando no lastime a otro, y acá vamos… tampoco debe lastimarte a vos cara mía.

Febrero, arrasa despiadado con su banda de sonido a puro derroche de dopamina, testosterona y cuanta hormona asociada a los quehaceres del amor y del placer tengamos dando vueltas por nuestra deseosa anatomía.

Y ahí estamos sin saber muy bien de qué la va el festejo, pero con la claridad de que, si estamos apalomadas, tenemos la obligación de un «plan especial» y que si, andamos libres y sueltas, se aproxima un tiempo de locura generalizada en el que los tórtolos del universo se ocuparán de hacernos sentir unas desdichadas.

Y acá viene el llamado a la solidaridad.

Es un pedido que tiene que ver con vos. Es para vos, mejor dicho.

Aprovechando la volada sensiblera y corazonil te voy a pedir una gauchada amiga, cuidate.

Mirá, no te voy a mandar a que te hagas un electro, pero si te voy a invitar o, mejor dicho, a exigir -y acá si me pongo obsesivamente demandante- que intentes un chequeo general.

¿Qué qué tomé? Nada, o si, los años me ayudaron a tomar consciencia y decisiones.

Consciencia de quién soy y para decidir en consecuencia.

Así es amiga, ni más ni menos.

Entendimiento cabal, o lo más aproximado posible de lo que valgo y merezco, de lo que deseo, y aborrezco. Y de esa manera decidir qué estoy dispuesta a hacer o no con mi vida, a quién voy a permitir que entre en ella y a quiénes les daré amablemente (o no tanto) el pase de libre hacia la salida.

En términos de personas adultas, perfectamente capaces, emancipadas y libres para amar, está más que claro que nadie, absolutamente nadie posee el derecho a decidir sobre otro, a insinuarte qué es lo que corresponde, ni cuál es el amor validado y certificado por la Real Academia del Amor.

Ahora bien… hay un amor, indelegable, insoslayable, obligatorio.

Hay un amor del que no podemos ni debemos zafar.

Hay un amor a primera, segunda y miles vistas.

Hay UN amor. EL amor

¿Cómo qué cual es?

El amor propio amiga.

Vos sos tu primer y gran amor

Vas a ser quien te va a acompañar es resto de tu vida, para siempre, al infinito y más allá.

De modo que, a vistas de que no vas a poder zafar de vos misma, proponete al menos la mejor relación posible.

No es fácil, lo se, nadie puede resultar más cruel con vos, que vos. Ni tan negadora.

Bien sabido es que cuando queremos convencernos de algo, no hay argumento en contrario que se deje escuchar.

No importa cuán desavenido o inconveniente pueda resultar el convite amoroso, si estamos dispuestas a vivirlo nada nos hará cambiar de opinión.

Hasta que nos damos románticamente la cabeza contra el muro infernal del desamor y la desilusión, cuestión que, la mayoría de la veces, sucede luego de haber librado mil batallas que nos dejaron tan heridas y maltrechas que necesitaremos más de una vida para juntar lo que quedó de nosotras.

Febrero, además del mes del amor, cuestión que ya sabemos de sobra, suele ser un mes de impasse.

Es un tiempo en el que aún los motores no están marchando a full. Es una especie de mes de preparación de «a ver qué onda con este año».

Puede ser el momento ideal entonces, no para salir a la caza de alguien con quien atravesar el día del santo mártir casamentero, pero si para proponernos mimarnos un poquito más.

Nadie mejor que nosotros sabe qué queremos, o qué no queremos, esto último suele ser más sencillo y esclarecedor.

Gozamos sin embargo de una rara virtud: dudar de nuestros merecimientos.

Si, si querida mal aprendida mía. Algo extraño opera en nosotras, algo se apodera de nuestras voluntades y libertades. Una especie de Alien, mezcla de culpa, inseguridad, necesidad y falta de amor propio nos lanza a los brazos de cuánto ególatra pavo real nos muestre un poco de colorido plumaje.

Claro que no siempre la «vemos venir», para cuando advertimos que esos colores destiñen más que papel crepé mojado, ya es tarde.

Pero hay indicios amiga, hay incomodidades que funcionan como alarmas. Hay gestos, modos de decir y callar, que aunque sea por propia intuición, nos están alertando que algo no marcha como esperábamos.

Ahí es donde debemos estar atentas, eso que se activa, no es ni más ni menos que nuestro amor propio.

Se siente herido, maltratado, puesto en duda y hasta humillado y entonces… ¡alarma!

Él está atento siempre porque tiene clara su función: recordarnos lo que somos y merecemos.

Propongo entonces que, aprovechando el envión hormonal, pongamos todas nuestras energías en intentar querernos, conocernos y merecernos un poquito más.

No da todo igual amiga.

No todos los amores merecen ser vividos.

Acordate, solo uno es incondicional y está dispuesto a ofrecerte lealtad eterna, tu amor propio.

¿Qué tal si hacemos de febrero el mes del amor propio?

No creo que nadie se ofenda. Después de todo, puede ser una criolleada más.

¿Querés mes del amor? Te lo doy, pero a mi manera.

¡Vamos por eso!

San Valentín, no te tenemos miedo.

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