Se dirá de mi…


Por Lucila Cordoneda


Pensaba escribir sobre otro tema, sin embargo, a medida que intentaba ponerlo en texto, eran cada vez más los indicios de que “no era por ahí”, por donde se me estaba invitando a ir. Las ideas van apareciendo, aleatoriamente, es cierto y uno encuentra disfrute en eso. Sin embargo algunas aleaciones parecen estar un tanto más direccionadas que otras. ¿Es posible esto? No lo sé. Cierto es que acá estoy, dando vuelta la media y quedándome con un revés que nada tiene que ver con el derecho con el que me senté frente a la compu.


“Somos lo que dejamos en el corazón de los otros”, apareció en mi pantalla de celular. Proveniente de algún instagram amigo seguramente, la frasecita saludaba y me amanecía. Al leerlo, a pesar de haberlo hecho ya en otras oportunidades, en esta dijo algo más, disparó pensamientos varios y variados.


No lo sé, nunca tendremos muy claro por qué generan lo que generan ciertas palabras, personas o escenas determinadas. Puede responder a las más raras y diversas razones, lo cierto es que nunca lo sabremos certeramente. Lo real es que hay algo en ese instante preciso, en el que los planetas quedan alienados y proyectan, ya no una sombra, sino un poco de luz sobre algún vago pensamiento. Estamos, de pronto, resignificando algo que leímos o escuchamos centenares de veces, pero que hoy, ahí, en este exacto micromundo logra conmovernos.
Entonces, y más allá de aquello que actuó como empujón para arrancar con este escrito, lo cierto es que, tal como me planteaba esa frase amiga: somos lo que, de nosotros, queda en los demás.


Pasamos por trabajos, por grupos de estudio, somos parte de equipos diversos a lo largo de nuestro recorrido. En cada lado vamos dejando algo de nosotros, de lo que somos, o al menos de lo que éramos o intentábamos ser en aquel momento. En cada espacio en el que estamos y participamos lo hacemos completamente, ponemos en juego ideales, ideas y posicionamientos que se echan a rodar y tensionan en cada una de nuestras decisiones. Y eso, lo que decimos, sostenemos, la forma en que defendemos nuestras convicciones, el modo en que incorporamos al otro y a sus deseos y necesidades en nuestra vida, es lo que nos define. Eso que nos deja expuestos, lo que nos lleva a comportarnos de tal o cual manera con los demás, compañeros de trabajo, amigos, familia o con alguien que circunstancialmente nos cruzamos por ahí, es lo que se acuña en el corazón de los demás. Recuperar esos gestos, esos actos pequeños y de cada día.


¿Qué, de todo lo que somos y hacemos, sobrevive en cada lugar por el que anduvimos? ¿Qué recuerdos habitamos? ¿Qué genera nuestro nombre cuando es pronunciado? ¿Qué sentires evocamos? ¿En qué anécdotas aun estamos presentes?


A veces fantaseo intentando imaginar, cuando el paso físico por este mundo sea pasado, ¿qué desearía que le cuenten a mis hijos de mí, a mi madre, a mis amigos?
Y creo que ahí, justito ahí, está la clave. En cómo nos imaginamos siendo recordados…

No podemos tener demasiadas certezas de cómo esto vaya a suceder. Pero, tenemos la posibilidad acá abajito, de que parte de lo que deseamos que suceda, pueda suceder.


¿Ma como? Pues intentando construir esos recuerdos queridas Mal Aprendidas. Eligiendo, decididamente, poner la inteligencia al servicio del amor. No hay opción, no hay chance. Con amor todo, sin él nada, ¿podríamos decir no?


Si, si, lo sé… muchas cosas se han dicho y hecho en nombre del amor. Pero está claro que hablamos de un amor sin dobleces, sin negociaciones egoístas ni extorsiones, de un amor que goza de buena salud, estoy hablando de AMOR, ameas. Estoy hablando de que “medio” que queda entre nosotros y los otros se vaya acercando cada vez sin despersonalizarme y sin despersonalizar a otro. Hay amor en todo lo que hacemos, a esto ya lo dije antes, pero sigo sosteniéndolo, porque a veces parecemos olvidarlo. Hay amor, debe haber amor, porque debe haber deseo en nuestras acciones, “para darle sentido. Ahora bien, habrá que analizar entonces, cuál es nuestro verdadero deseo y ver así dónde estamos poniendo nuestro esfuerzo, nuestras energías e impulsos.

Esa ya es tarea de cada cual… y cada uno tiene bastante con la suya. Ahora bien, es posible que en eso en lo que estás esforzándote tanto, eso que te empuja deseoso, sea lo que los otros recuerden de vos…

¡Achalay, qué merengue!

Pero sí, es más sencillo de lo que parece. Nuestras pasiones nos definen. Son nuestros deseos más profundos, aquello que emerge ferviente, lo que nos hace perseverar, volver a intentar, lo que mueve nuestras emociones y, en definitiva define nuestros actos. Y esos actos, lo que verdaderamente hacemos o dejamos de hacer, más allá de lo que digamos, es lo que queda en los demás.

¿Y? ¿Qué me contás? ¿Te gusta lo que “va quedando de vos”?

Tranca, siempre se está a tiempo. Pero dale ahora que estás acá, para qué correr el riesgo de seguir esperando.

“Somos lo que dejamos en los otros. Lo que recuerdan de uno”

Ángeles Mastretta
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