En los equipos en que las cosas funcionan, los resultados son deslumbrantes y muy superiores a los que podría conseguir cada uno trabajando en soledad. La sinergia entraña una forma positiva de narrar los hechos: si en un conjunto de personas se produce este efecto, evidentemente estaremos en presencia de algo bueno. Posiblemente de un equipo de alta performance.

Textos. Gustavo Giorgi.

 

Quienes trabajamos en este mundillo del management estamos habituados a utilizar una serie de términos propios. En realidad, no son tan propios porque la mayoría de ellos son pedidos prestados a otras disciplinas. Tal el caso de la palabra que hoy nos convoca para ilustrar la historia que sigue: Sinergia.

 

Alto, flaco y desgarbado. Camina cansino y mirando el suelo como que se le ha perdido algo al hombre. Calza boina colorada tejida por una abuela suya, no quedando muy en claro si la usa por el frío, por coquetería o como un homenaje póstumo a la viejita. Lleva por apellido Conaco y de chico le tomaban el pelo: sus compañeritos le decían que sonaba a sigla. Confederación Naranja de Comadres. O Comité Nacional de Cóndores (evidentemente eran chistes intelectualoides pero no por ello carentes de capacidad hiriente).

Abel por nombre de pila, se la pasa vagando solo por los pasillos en los momentos en que no está sentado (solo también) en su despacho. Un tipo bastante gris, por lo que se ve. Si le ponemos el micrófono cerca oímos: “A los quince yo era un central de lujo. Jugaba en Unión en ese entonces, y cuando me vieron los de Racing ahí nomás decidieron llevarme. Mis viejos, humildes, lo vieron como una posibilidad de salir de pobres y priorizaron eso antes que a extrañarme. No eran muy sensibleros en ese entonces, como somos los padres ahora. Antes era blanco o negro y si no te gusta ¡Paf!, chancletazo y a cobrar. Antes había respeto…” (vuelva al tema, le pide este cronista) “Ah sí, perdón, bueno el caso es que en la segunda práctica no va que me cruza Lamadrid (1) y listo, chau meniscos. Así que lamentablemente no me quedó otra que volver vencido a la casita de mis viejos, como dice el tango y laburar de lo que hubiese. Así caí acá”.

El relato anterior explica en alguna medida la sempiterna cara de traste de Conaco.
Algo similar ocurre con el loco Bude. Similar en cuanto a los malos modos y tendencias hurañas. De carácter solitario pero anatomía generosa, el loco disfruta de pocas cosas en la vida, mayormente de quedarse hasta tarde viendo tele en su casa mientras consume proverbiales dosis de chocolates, bombones, licores espirituosos y chorizos secos: “A la noche es como que se me abre el apetito” confiesa mientras se mira la barriga.

Bude viene a ser el par de Conaco pero en cobranzas. Imaginate un cobrador como este. Mete miedo solo de atenderlo por teléfono y calculo que esa fue la principal razón por la que consiguió el puesto, dado que antes se desempeñó como cadete. “Yo gozo con mi tarea. Te juro que no hay mañana que no me afeite deleitándome con la voz partida del moroso. Ojo, a mí no me gusta apretar a nadie, eh. Que quede claro eso. Lo que no me gusta es que jodan a la empresa, viejo. Si sacaron crédito, es porque en algún momento lo habrán disfrutado así que ahora lo lamento: a po-ner-se”. Dice, ensimismado como en un trance vudú.

No hay dos sin tres, decía mi abuela Chula. La Cuacuá. ¿Podés creer que le pusieron ese apodo? Si los cálculos no me fallan, es la más nuevita de los tres. O la menos veterana, según el lado en que se lo vea. Ella está en pago a proveedores y le encanta ladrarlos como si la plata a entregar fuese propia o algo así.

 

Les gruñe como si les estuviera dando su sangre, o directamente sus órganos. “Ay, a mí, si hay algo que me encanta es el trato con la gente”, nos miente. “Será que siempre me dediqué a esto… Mirá, para darte un ejemplo, todos todos los años cuando llega navidad más de un proveedor me regala cosas, que una sidrita, un pan dulce… chucherías pero para una es importante… Una que taaanto le cuida el dinero a la empresa… por lo menos alguien que lo reconozca ¿no?”. (En esta última parte de su monólogo vemos cómo comienza a filtrarse su verdadero punto de vista, algo resentido, de la vida).

Y… y… Marito, pibe dinámico y jovial. Al que sus amigos no hay asado que no lo inviten. Al que todos adoran y quien a todos divierte. Al Marito, por buena gente y simpático también, le consiguen empleo. Adivinaste: en este sector, con estas tres criaturitas.

Día 1: “Esto es genial. Me encantan mis tareas. Siempre quise tener algo administrativo porque estaba cansado de hacer changas y no tener un sueldo fijo. Y encima los compañeros y el jefe mismo son espectaculares. ¡No me va a alcanzar la vida para agradecer la mano que me dieron con este trabajo!”.

Día 402: “Es un laburo, como todos. Con sus cosas buenas y malas. Están los días en que te sale todo y otros que no la ves ni cuadrada. El grupo zafa, como todo. Y el jefe hace lo que puede. Es jefe, bah. No le podés pedir mucho más de ahí”.

Día 1056: “No veo la hora de conseguir otra cosa. Ya mandé mi cv a varios lados y es cuestión de esperar ahora. Esto ya no da para más. Es insostenible esta empresa, los compañeros, los clientes… todo… todo es una porquería…”

Así, al Marito se lo fue tragando la arena movediza. Un pozo ciego que lo fue hundiendo de a poquito, y del que ahora quiere rajar. ¿Qué pasó en el camino? ¿Qué llevó al cambio en su percepción? ¿Será que algo malo le ocurrió en su vida o habrá que pensar en otra cosa surgida a consecuencia de la toxicidad de un grupo…?

La Sinergia

Volviendo al inicio, decía que una de las palabras propias de nuestra jerga es la de Sinergia, definida como esa propiedad que tienen los grupos de lograr mayores resultados que la suma de las participaciones individuales. Así, en los equipos en que las cosas funcionan, los resultados son deslumbrantes y muy superiores a los que podría conseguir cada uno trabajando en soledad. Tal como se ve, la sinergia entraña una forma positiva de narrar los hechos: si en un conjunto de personas se produce este efecto, evidentemente estaremos en presencia de algo bueno. Posiblemente de un equipo de alta performance.

Sin embargo, un aspecto poco estudiado de este concepto es su contracara, la sinergia negativa. Y digo convencido que es uno de los efectos más indeseados y peligrosos capaz de generarse en las organizaciones. Indeseado, porque nadie quiere que esto ocurra, y peligroso porque pocos se animan a mensurar las consecuencias de su invisibilidad. Es como si, ingenuamente, nos volcásemos a pensar que eso no ocurrirá nunca, y que acaso las consecuencias sinérgicas de un sector serían siempre saludables.

Y no se trata de un mero “efecto contagio” sino que es aún más profundo que eso. Se trata de la presencia de un espiral con neto corte negativo y descendente, que arrastra motivación, empeño, compromiso y sentido de pertenencia en iguales volúmenes. Parafraseando, puedo decir que: “El resultado es menor que la resta de cada una de sus partes”. Si cada empleado hace lo mínimo, no solo las metas no serán logradas sino que nos alejaremos a cada minuto, un poco más de ella. De este modo, la sinergia negativa se acerca mucho al concepto de entropía, que establece la tendencia a la degradación como mecanismo propio de los seres vivos. Todo grupo abandonado a este proceso, será destruido…

¿Entonces?
Si en algún momento de nuestra vida laboral nos toca estar al frente de uno de estos grupos, o formar parte de él, existen acciones específicas que podemos hacer para minimizar su impacto o directamente, eliminar sus nocivos efectos.

1. Atender a la comunicación positiva
Esto no implica nada con relación a autoayuda ni nada por el estilo. No seas prejuicioso. Alude a esa comunicación directa, honesta y franca. Mensajes abiertos y frontales, respetando la individualidad y situación de los demás. Fundamentalmente abierta a una escucha agresiva. A una escucha activa que nos involucre como oyentes, para comprender todo lo que se nos diga, de la manera más limpia posible.

2. Reconocer que somos seres emocionales
Nosotros y los demás somos sujetos a los que nos pasan cosas. Estamos lejos de ser robots o perritos que solo responden a estímulos. Comprender esto integralmente significa que la resolución de los problemas solo será posible si incluimos nuestros estados de ánimo y emociones en el asunto, sea enojo, alegría u otra. Intentar borrarlas solo nos asegura que saldrán a la luz con toda firmeza más adelante.

3. No apagar el fuego con nafta
A veces queremos dar solución a un problema, utilizando como herramientas las más rudimentarias y desaconsejables que pudiesen existir. Es como si en este ejemplo convocásemos a una reunión y la abramos con un “A ver, que cada uno diga lo que piensa del otro y así terminamos con este clima tenso”. Lo más probable en esta situación sería que nadie diga nada o que directamente terminen todos a las piñas.

4. Fortalecer los lazos interpersonales
Los encuentros fuera del horario de trabajo, periódicos y sin grandes formalidades ayudan y son una condición muy propicia para que la gente se conozca entre sí. No es poca cosa sentir que aquel que vemos a diario tiene además una vida y experiencias que compartir. Ese proceso paulatino de humanización es un importante canalizador de ansiedades y malestares grupales.

 

1. Hugo Lamadrid, efectivamente, jugó en la década del 80 en Racing y tenía la pierna más fuerte que la suma de Dibororrenio y Nitruro de boro (¡te maté con esta eh!). Lo loco de este futbolista es que hoy es un influencer como humorista (¿?) en Twitter. Creer o reventar.