En “Jardín primitivo” el narrador divaga sobre temas tan variados como los asados y chupines que pautan los mediodías y las noches del presente, el petizo que le ganó a Monzón o el miserable curriculum de sus acompañantes en esta aburrida vacación.

 

Textos. Enrique Butti.

Cuatro hombres ya creciditos pasan unos días en una isla del Litoral, tan perdida que ni siquiera figura en los mapas debido a las cíclicas mudanzas de los meandros del agua. Mientras chupan, pescan y se aburren, los seguimos y escuchamos bajo la guía de Ovi, el narrador, que nos presentará a una galería de “criminales victimizados”, de personas que algo “deben”, que alguna culpa cargan esperando que el tiempo les borre el pasado como el río borra las márgenes en sus crecidas. Este Ovi es un antihéroe que el lector de Carlos Bernatek puede reconocer en el personaje de la novela anterior de su saga santafesina (“La noche litoral”) y hermano del que aparece en algunas de sus novelas anteriores: un hombre de mediana edad, desencantado, sin prejuicios ni resquemores para lanzarse a la primera aventura sexual que se le ofrezca (con la erección tan presta como alertas todos los sentidos para registrar las a menudo catastróficas características y manifestaciones corporales contrarias a todo romanticismo amoroso).

 

En “Jardín primitivo” (que acaba de publicar Adriana Hidalgo) Ovi divaga sobre temas tan variados como los asados y chupines que pautan los mediodías y las noches del presente, el petizo que le ganó a Monzón o el miserable curriculum de sus acompañantes en esta aburrida vacación. El escenario es una isla no de mar ni entre fiordos; un islote de barro en medio del agua barrosa. “Nosotros éramos ese mismo barro”, se autorretrata nuestro narrador. Y entre la galería de personajes que van apareciendo se destacará la llegada de Quía, un empleado de banco que de un día para el otro se había fugado de su trabajo cargando con una fortuna. Impelido por los lavadores o reducidores del dinero saqueado, o para salvarse de regresar de Ciudad del Este enfundado en un sobretodo de madera, o quizás por astucia, más tarde Quía se había entregado a la justicia y cumplido su condena; ahora es un personaje silencioso y enigmático, a quien el cínico Ovi parece respetar tanto como para ejecutar una de las raras acciones nobles que le reconoce la novela.

 

Ovi, que también fue bancario en algún momento de su vida, trabaja ahora haciendo turnos en un motel. En la segunda parte de la novela, cuando pasamos de los abrumadores días de calor en la isla a la ciudad de Santa Fe, el narrador se aviene a intervenir en una estafa que le permite registrar sólo un porcentaje de los clientes que llegan al telo. Desde luego las cosas se complican, y ésta es la base de esta novela apasionada, bien escrita, entretenida, por momentos desopilante (sobre todo los referidos a las peripecias sexuales) y con no pocos episodios y exabruptos capaces de golpear fuerte al lector más prevenido.

 

Sólo contamos con el cinismo como defensa parar mirar de frente a la realidad, parece ser la doctrina del personaje que da voz y alma a “Jardín primitivo”, una novela donde se recorre, no pocas veces a los tropezones, las calles de Santa Fe, su calor, sus negocios y sus mitos fundacionales sobre el barro, tan alejados de las piedras sobre las que se edificaron los imperios (inca, azteca y maya incluidos) y de la piedra sobre la que Cristo asentó a su Iglesia.