El tam-tam de la tribu


En su nuevo de libro, “La llamada de la tribu”, Mario Vargas Llosa recorre el legado de siete autores del liberalismo político y económico que reconoce como claves en la evolución de su propio pensamiento.

 

Textos. Enrique Butti.

 

Tan o más importante que sus ficciones son los ensayos de Mario Vargas Llosa; sus estudios sobre Flaubert, Victor Hugo, Juan Carlos Onetti, Joanot Martorell, García Márquez; su “La verdad de las mentiras”, donde analiza 35 obras ineludibles de la literatura del siglo XX, y también sus ensayos políticos, como el que acaba de publicarse bajo el título de “La llamada de la tribu”.

 

Se trata de un recorrido por siete autores del liberalismo político y económico que Vargas Llosa reconoce como claves para la evolución que lo llevó desde su juventud impregnada de marxismo y existencialismo sartreano a su reconocimiento y defensa actual de la democracia y de las libertades individuales, de prensa y de mercado, un recorrido en el que también reconoce como guías esenciales a Albert Camus, George Orwell, Arthur Koestler, y a autores cercanos como el argentino Juan Bautista Alberdi y el venezolano Carlos Rangel.

 

El título alude a ese “espíritu tribal”, como llamó Karl Popper a ese sentimiento salvaje al que apela el brujo o cacique de la tribu entre quienes hablan la misma lengua, adoran los mismos dioses y practican las mismas costumbres para cohesionarlos en el odio hacia quienes son diferentes, responsabilizándolos de todas las calamidades que puedan sobrevenir.

 

De Adam Smith (1723-1790), Vargas Llosa se detiene sobre todo en “La riqueza de las naciones”, un amplio compendio que descubre al mercado libre como motor del progreso. “Fue insólita la revelación de que, trabajando para materializar sus propios anhelos egoístas, el hombre común y corriente contribuía al bienestar de todos… El mercado libre presupone la existencia de la propiedad privada, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, el rechazo de los privilegios y la división del trabajo”. En efecto, “los grandes enemigos del mercado libre son los privilegios, el monopolio, los subsidios, los controles, las prohibiciones”.

“Adam Smith se hubiera sorprendido de que en el futuro sus teorías fueran acusadas, por los enemigos del liberalismo y de la empresa privada, de estar desprovistos de sensibilidad y solidaridad; él estaba seguro de que su investigación favorecía a los pobres y contribuía a erradicar la pobreza. ‘Ninguna sociedad puede ser próspera y feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y miserables’”.

 

De José Ortega y Gasset (1883-1955) se analizan sobre todo sus conceptos sobre “la deshumanización del arte” y “la rebelión de las masas”, y su rechazo a los auges del nacionalismo (llegó a advertir que el separatismo catalán y vasco era “el mayor mal presente en nuestra España”).

 

Friedrich August von Hayek (1899-1992), Karl Popper (1902-1994) e Isaiah Berlin (1909-1997) son los pensadores modernos a quienes Vargas Llosa reconoce su mayor deuda en el campo político. Hayek se esforzó en demostrar que la libertad de comercio no sirve de nada (como lo demostraron la Unión Soviética y las democracias mercantilistas de América Latina) “sin un orden legal estricto y eficiente que garantice la propiedad privada, el respeto de los contratos y un poder judicial honesto, capaz e independiente del poder político”. Marcó la imprescindible existencia de “un consenso respecto a unas reglas de juego que privilegian siempre al consumidor sobre el productor, al productor sobre el burócrata, al individuo frente al Estado y al hombre vivo y concreto de aquí y ahora sobre aquella abstracción con la que justifican todos sus desafueros los totalitarios: la humanidad futura”. Estudió también la función primordial que en los regímenes totalitarios tienen las mentira y los mecanismos con que se inculcan como verdades en la ciudadanía inerme.

 

Karl Popper rastrea las ideas “que dan impulso y sustento a las teorías y doctrinas enemigas de la libertad humana”. Su liberalismo progresista se ocupó de marcar la justicia para evitar que los inescrupulosos que defienden la existencia de mercados libres sólo para permitir -como decía Berlin- que los lobos se coman a los corderos, señalando la importancia de la educación pública de alto nivel, iniciativas de orden social y protección de los débiles. Defendió al reformismo: “Una vez que nos damos cuenta de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos mejorarlas poco a poco”.

 

Raymond Aron (1905-1983) se ocupó de arrancarle el velo a los criptocomunistas en su “El opio de los intelectuales” (con argumentos que rebaten de raíz la consigna que ha vuelto a escucharse por estos días: “Lo que importa no es la libertad sino la igualdad”, esa ya probada igualdad en la pobreza para el pueblo sometido a una privilegiada casta de jerarcas).

 

Isaiah Berlin (1909-1997), defensor del pluralismo ideológico y expositor de la teoría de las “verdades contradictorias”, y Jean-Francois Revel (1924-2006), que señaló la “apatía, inconsciencia, frivolidad, cobardía o ceguera” con que las prósperas democracias europeas se dejan avasallar por sofismas y flagrantes mentiras de las usinas enemigas que se aprovechan de la libertad de expresión que está en la base del liberalismo.

 

Momentos singulares del libro radican en las páginas donde se cuenta el encuentro de diez minutos que tuvieron Popper y Ludwig Wittgenstein el 25 de octubre de 1946 con una “esgrima verbal y casi física” que alcanzó proporciones míticas, y también el episodio del encuentro de Berlin con la genial pero desgraciada poeta rusa Anna Ajmátova, perseguida por el estanilismo.

 

Varias veces a lo largo del libro Vargas Llosa se detiene para señalar el estilo sencillo, lúcido, accesible, comprensible en el que se esforzaron por escribir estos autores, contraponiéndolo a las jergas esotéricas que fueron imponiendo las modas. Popper decía ya en 1930: “Muchos estudiantes acuden a la universidad no con la idea de que entran en un gran reino del saber, del cual acaso ellos también logren arrancar una pequeña parcela, sino que van a la universidad para aprender a hablar de manera incomprensible y que cause sensación. Tal es la tradición del intelectualismo”. Esa búsqueda de un lenguaje lo más accesible y claro posible es también un afán de raigambre democrática y liberal, una forma de acercarse al interlocutor con respeto y encanto, aun cuando la materia sea ardua. Y tales son las virtudes de este nuevo libro de Vargas Llosa.

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