Lisi Lazamidad y Valeria Ramirez son dos intrépidas santafesinas que se animaron a viajar al sur en moto. Ni el frío ni los extensos kilómetros las detuvieron y este es el relato de su viaje, en primera persona, que Lisi escribió para Nosotros.

 

Textos y fotos: Lisi Lanzamidad.

Volvía de trabajar en el exterior -en Brasil y Uruguay- y buscaba mi próximo destino laboral. Siempre tuve una fuerte atracción por el sur del país y eso me llevó a pensar en El Fin Del Mundo.

 

Mientras buscaba lugares de trabajo, le contaba a Valeria mis ganas de viajar y así fue como una búsqueda laboral terminó mezclada con una aventura en moto.

 

Valeria quería recorrer la Ruta 40 así que comenzamos a mirar mapas e investigar sobre las rutas.

Contábamos con una Honda Wave, mucho mejor que nuestras anteriores c110 con las que habíamos recorrido Entre Ríos y Córdoba.

 

Planeamos en principio un recorrido (que luego el viaje nos haría modificarlo), buscamos información de rutas y hospedajes por la web y compramos nuestro viejo amigo, el mapa de rutas de Firestone, un manual indispensable para viajer@s.

 

Además Vale, que se encontraba en Santa Fe, fue a visitar a nuestro mecánico de cabecera y mentor de viajes, Leo Gariboldi, que adaptó una parrillita en el portaequipajes de la moto así teníamos más espacio para nosotras y los bolsos, y además nos serviría para cocinar. Viajamos las dos en la misma moto, apretadas entre los bolsos, estilo campamento gitano.

Si bien este viaje no fue tan planificado como los anteriores, no dejamos de programar paradas, campings, hostels, equipaje y demás. Es muy importante saber dónde vas a pasar la noche, ya que se llega con un cierto cansancio y si hablamos de armar la carpa y descansar para seguir viaje al día siguiente, se debe llegar con tiempo a destino. Sí, planeamos las paradas, hospedajes, nos llevamos un kit de acampe con ollitas y todo lo necesario para cocinarnos ¡y tener agua caliente para los mates! Además de lo indispensable para la moto como inflador, cámara de repuesto, infla y sella, chalecos refractarios, bidones para nafta, abrigo, guantes, etc.

Camino al sur

 

La aventura duró 16 días, con paradas inesperadas.

 

Tuvimos un problema desde Córdoba a Buta Ranquil, en una de las llantas.

Pinchábamos una y otra vez y era imposible de reparar con el infla y sella, quedábamos varadas a la vera de la ruta. No pasaba mucho tiempo hasta que aparecía una camioneta salvadora y nos llevaba hasta una gomería. Así fue que conocimos a Ariel y su familia en un taller de máquinas y camiones en Buta Ranquil, donde llegamos desmoralizadas… La moto no paraba de pincharse y el destino final estaba cada vez más lejos.

 

Ariel nos ofreció hospedaje en un trailer que tenían en el taller mientras nos arreglaba la moto. Esa noche pronosticaban una tormenta de viento, y así fue… Nos instalaron en el trailer, conectaron el agua caliente para que nos bañemos, la electricidad, nos llevaron un calefactor, yerba, café, té ¡y unas riquísimas tortas fritas para cenar! Esa noche el viento movía el trailer ¡para todos lados!

Al despertar al día siguiente, el día estaba hermoso y pudimos ver el pico del volcán Tromen que asomaba detrás del taller. Ariel nos había reparado la moto y estábamos listas para continuar… La moto no se volvió a pinchar en todo el viaje.

 

En cuanto a la gente en la ruta hay de todo, muchos nos tocaban bocina y y nos hacían gestos de aliento, en las estaciones de servicio o en aduana nos hacían preguntas sorprendidos.

Las veces que quedamos varadas al costado de la ruta los autos bajaban la marcha y nos preguntaban si necesitábamos algo. Hay mucha solidaridad en la ruta, tanto de los automovilistas como de los motoqueros y algunas veces de los camioneros, para indicar maniobras y demás.

 

Yo creo que Argentina es un mundo, los paisajes que tenemos son impensados. En la ruta ves lugares que no podrías haber imaginado jamás.

 

Cuando cruzamos de Mendoza a la provincia de Neuquén pasamos por un cañadón de piedra negra, La pasarela y debajo un río correntoso color marrón impresionante. De viajar por llanuras amarillentas y pampas eternas aparecés casi por arte de magia en medio de valles frondosos y verdes oscuros.

 

Donde menos imaginarías encontrar agua te sorprende algún arroyo de deshielo cristalino o algún cerro nevado en pleno verano. Hay lugares que están totalmente desiertos, kilómetros y kilómetros de vegetación y ni un rastro de un ser humano.

Nosotras al encontrarnos con una Ruta 40 destruida ya en el sur, decidimos cruzar a la costa hacia la Ruta 3 por una cuestión de seguridad, así que abandonamos los paisajes montañosos y nos fuimos hacia las playas y el océano.

 

Llegamos a Comodoro Rivadavia y acampamos en una pequeña ciudad vecina llamada Rada Tilly y de ahí seguimos viajando hacia el sur.

El resto del viaje fue Pampa, viento y llovizna hasta llegar al Estrecho de Magallanes, ahí esperamos la balsa… Me acuerdo que era un día gris de mucho viento y frío. Ahí conocimos a Daniel Herandez. Se me acercó mientras cruzábamos el estrecho y entusiasmado me preguntaba sobre la aventura, él es mecánico de autos y motos en Río Grande y nos invitó a que pasáramos por su taller al llegar.

 

El trayecto bajando de la balsa hasta llegar a Río Grande fue lo peor, muchos kilómetros de ripio, máquinas trabajando y un clima frío y lluvioso hicieron de la aventura una pesadilla. Por suerte en Río Gallegos conocimos a Chivy, que vivía en Río Grande y nos esperaba en su casa para que pasemos la noche y comamos algo rico.

 

Ya saliendo de Río Grande hacia Ushuaia empezamos a ver la recompensa por tanto viaje: ¡dos semanas y media! La ruta nos llevaba entre curvas y montañas y en cada subida y bajada se nos presentaba un paisaje deslumbrante. Bosques de árboles blancos sin hojas con las formas más raras, costas pedregosas, acantilados, campos de pastos parejitos como alfombras, flores de todos los colores, campos lilas, mallines -humedales patagónicos- y arroyitos, bosques y de pronto picos negros y altos, montañas puntiagudas y nevadas.

 

Una isla en el Fin del Mundo totalmente fértil, húmeda y fresca.

Volvimos con la cabeza llena de imágenes y experiencias, con anécdotas para contar por mucho tiempo, con la felicidad de haber recorrido gran parte de nuestro país, con la certeza de que nada es imposible, con muchos nuevos amigos y con ganas de volver… ¡Por suerte eso no pesa nada! 🙂