“David Bowie Is”, la muestra que debutó hace cinco años en Londres y luego recorrió distintas ciudades del mundo, tiene su última parada en Brooklyn, la ciudad en la que forjó su paternidad, grabó su último disco y murió. Una oportunidad inmejorable para indagar en el genial legado del músico y compositor británico.

 

Textos. Georgina Lacube.

Si alguien supo mejor que nadie que a un escenario no se subía vestido de cualquier manera, ese era David Bowie: el indiscutido rey del glam-rock. Tanto como en su música, Bowie ha cuidado cada aspecto de su imagen desde los inicios de su taquillera carrera, lo que lo ha convertido en un icono de la moda. Y esa faceta, junto a la de todo su legado musical y cultural, es sobre la que indaga una exposición que tiene lugar en Nueva York hasta el 15 de julio, puntualmente en el museo de Brooklyn.

 

Voceros del espacio han informado que sumaron unos 100 objetos a la exposición original para reflejar el tiempo que Bowie pasó en Estados Unidos. Entre ellos cuenta un videoclip de su alabada actuación en Broadway en The Elephant Man, dibujos colaborativos con la artista experimental Laurie Anderson y una sección sobre su fase soul de los años 70 que lo llevó a Filadelfia. Otra novedosa atracción es que los visitantes son guiados por auriculares interactivos que pasan sus canciones desde su primer éxito de 1969, Space Oddity, a su último álbum, Blackstar, mezclado con entrevistas y videos del ídolo inglés. Asimismo, otra estrella de la exposición son los trajes diseñados para Bowie por Kansai Yamamoto y Freddie Burretti, incluido el colorido y ajustado traje acolchado que usó en su histórica actuación de 1972, Top of the Pops de la BBC.

 

 

“A medida que uno recorre la exhibición se pueden ver muchos dibujos de cómo él quería hacer el disfraz o sobre cómo quería que se viera el video. Y eso es único en la historia del Siglo XX, el que una persona que componía una canción también pensara cómo debía verse en la televisión, antes de la aparición de MTV. Por eso él fue un pionero”, dijo Matthew Yokobosky, director de diseño de la exhibición Brooklyn Museum.

Y gracias a esta inquietud fashionista, los fanáticos también podrán ver los atuendos de Ziggy Stardust, su provocativo alter ego de la década del 70, aquel singular extraterrestre bisexual devenido en estrella de rock, adicto a los excesos, y que aparecía en escena desplegando una ceremonia de brillos, destellos metálicos y un sinfín de ornamentos en ceñidos trajes que combinaba con botas a go-go verdes, azules o rojas (nunca negras) afuera del pantalón. Todas prendas únicas cuyo mentor fue Freddie Burretti, el diseñador de esos y otros fabulosos indumentos que incluían vestidos, túnicas y catsuits unisex, mezcla de reminiscencias futuristas típicas de la ciencia ficción con el teatro japonés kabuki. Cuellos prominentes, cinturones anchos, maxihombreras y telas de colores vibrantes, estampados florales, texturas metálicas y mucho glitter también eran de la partida. Como detalle provocativo, ostentaba un corte de pelo al rojo vivo que se convirtió en la máxima expresión de la androginia, una apariencia ambigua que rompió que rompió con los rígidos cánones estéticos de la Inglaterra de aquellos años.

 

Siguiendo con las mutaciones de esta leyenda del rock, otro personaje surrealista fue Aladdin Sane (1973), al que le imprimió estilo con modelos tan esculturales como espectaculares inspirados en los samuráis. Estas creaciones estuvieron a cargo Kansai Yamamoto, uno de los diseñadores más innovadores del momento en Londres. De su factoría es el estelar traje Space Samurai, un mono (enterito) con motivos psicodélicos que hizo furor entre sus fans. Otra particularidad de la criatura fue el rayo maquillado sobre su cara y que luego resultó ser la imagen de la portada de su disco homónimo y que ya forma parte de la cultura popular. Este material también se exhibe en la muestra.

 

¿Pero cómo es que se le ocurrían estos estilos? Sin duda recibió influencias. Una de ellas tiene origen a principios de los 70 en Nueva York, ciudad en la que comenzó a frecuentar la Factory de Andy Warhol (a donde llegó de la mano de Lou Reed y quedó estupefacto con el vestir de las Drag Queens). Otro gran referente fue su primera mujer y la madre de su hijo Duncan. Y, en cierta medida, también de Tony Defries, su manager de aquel entonces, y cuya estrategia de motivación era tratarlo como a una estrella para que Bowie se convirtiera en una, al tiempo que no se cansaba de cultivar su imagen de glamour y exceso. Sin duda, la movida le salió bien.

 

Esto, sumado a la confesión pública de su bisexualidad, lo volvieron irresistible para sus seguidores… y también para directores creativos de las más renombradas casas de moda.

 

 

Con el correr de los años, Bowie se animó además a encarnar el rol de músico-diseñador: desarrollando colecciones colaborativas con diseñadores de la talla de Issey Miyake, Armani o Hedi Slimane. De hecho, para la tapa del disco Earthling (1997), trabajó codo a codo con otro genio absolutamente inglés, Alexander McQueen, quien le diseñó el Union Jacket, el emblemático abrigo estampado totalmente con la bandera británica y confeccionado con la maestría de la más delicada sastrería inglesa pero con ese toque de rebeldía underground que solo McQueen pudo imbuirle. En la portada del álbum, David aparece de espalda usando la famosa gabardina, justo en pleno auge de la british-manía, un período en la que escena musical británica y su nuevo pop atrajeron, una vez más, la atención internacional.

 

 

Tras el glam de Ziggy Stardust y Aladdin Sane llegó el minimalismo del Duque Blanco (The Thin White Duke). Inmaculadas camisas blancas, pantalones negros, prints pied-de-poule (pata de gallo) y un coqueteo con el cabaret berlinés cortejaron a canciones intensas y románticas. Durante esta etapa, David sufrió una fuerte adicción a las drogas y mientras el personaje parecía más cuerdo, serio y adulto que los anteriores era en realidad frío, cruel y un reflejo de una época oscura a la que el Duque puso fin huyendo de Los Ángeles y refugiándose en Europa.

 

 

Aunque su influencia en la moda fue inmensa, cabe aceptar que su década más admirada fue (y sigue siendo) la de los 70. Su estirpe andrógina y descomunal dogma de singularidad y extravagancia- atravesó a cada uno de los personajes que concibió en esa época y eso sigue inspirando a los diseñadores de todo el globo y a sus fans, que ahora tienen al alcance de la mano todo este valiosísimo material en el Brooklyn Museum.