Una cosa es el recuerdo y otra cosa es recordar (mirá vos…)


Por Lucila Cordoneda.

¿Qué o quién determina qué recordar y qué olvidar? Eso, si es que algo o alguien estuviera dispuesto a encarar tremenda epopeya…

No lo sé, como tampoco sé por qué, aun deseándolo profundamente, hay rostros, voces e incluso instantes o etapas de nuestras vidas que no logramos recordar y que juraríamos una y mil veces no haberlas vivido, visto o escuchado jamás.

¿Qué es realmente la memoria? ¿Un cúmulo de datos, de hechos? ¿Un cachito de tiempo cargado de información detallada y precisa, de tal o cual suceso? ¿Lo que nos mantiene alertas, vivos, atentos y despabilados de cara al futuro? ¿Lo que nos ata, esclaviza, sumerge y agobia de marcha a lo que fue?

¿Quién es realmente questa signora? ¿Una impostora? Si en definitiva lo que creemos recordar no es más que una interpretación de lo que verdaderamente sucedió y ella puede, por tanto, cambiarlo todo, a gusto e piacere.

No lo sé, a veces pienso que no es más que una salvaje, que acecha a la espera de un descuido para tirar su flecha venenosa ahí donde más duele, donde aun no logró sanar, donde todavía arde lo indecible.

Otras, en cambio, advierto que se saca su traje de verdugo, nos acaricia el pelo y nos arrulla con recuerdos meticulosos y exquisitos, nos presta siestas y nochecitas bañadas de verano, nos enciende luciérnagas y reverdece en parras de infantil dulzor, nos abre zaguanes, veredas y rubores adolescentes, nos devuelve vida, galopa latidos de corazones jóvenes y amores precoces.

La memoria es selectiva, afirman por ahí. ¿Un tanto caprichosa, quizás? Puede ser, aunque tampoco tengo la certeza. Lo cierto queridísimas Mal Aprendidas es que muchas, muchísimas veces y muchas, muchísimas más de las que seguramente somos capaces de percibir, alguien o algo decide por nosotras. Selecciona qué recordar y cómo hacerlo. Si, cómo hacerlo también. Carga de dramatismo un episodio no tan sabroso y lo transforma en un relato digno de un culebrón venezolano, narra y renarra historias, agregando y quitando detalles según convenga, haciendo más buenos a los ya virtuosos, malísimos a los que no lo son tanto y padrísimo a cualquier chambón descolorido.

¿Y esto por qué? Pues porque la bella y audace signorina maneja los recuerdos a su antojo. Porque cada uno de ellos va enlazado a emociones, algunas más claras, potentes y casi obvias; otras solapadas, escondidas, camufladas o invisibilizadas. De esta manera ameas, miedos, enojos, ascos, felicidades varias y otros sentires, van haciéndose ver y valer en aquello que recordamos o, simplemente, «creemos» recordar.

La memoria no solo elige, establece relaciones, acompaña aprendizajes, interpela sino que también piensa y nos alienta a pensar. Si, y pensar también es olvidar.

Pregúntenle sino al solitario y desdichado Funes, aquel de Borges, para qué le servían tantos recuerdos, saberes, lenguas y lenguajes si no podía pensar.

Es posible entonces que pese más lo aprendido, lo aprehendido y lo desaprendido que aquello que creemos recordar, que nuestros recuerdos en sí. Y esto nos permite discernir, discriminar entre lo que nos hace o hizo felices y lo que nos lastimó. Pero también nos confunde, nos sumerge en mares de dudas tratando de descifrar si eso que recordamos, aun cuando se trate de evocaciones dichosas, es real o está ahí solo porque las imaginamos. A veces, aliviana lo tenebroso, lo doloroso; otras, lo adormece preparándonos para cuando despierte, o no, y debamos simplemente hacernos cargo de una prueba más, de un dolor más que debamos sanar, de una muerte más que debamos duelar.

En fin… parafraseando al genial García Márquez, digamos que la vida no suele ser lo que uno vive realmente, sino mejor, lo que uno recuerda y cómo lo recuerda, para poder contarlo, para construir el propio relato, la propia historia, la propia memoria.

«Jamás deberíamos hablar de nuestra memoria, porque si algo tiene es que no es nuestra; trabaja por su cuenta, nos ayuda engañándonos o quizá nos engaña para ayudarnos».

Julio Cortázar, «La vuelta al día en 80 mundos».

Previo Cócteles y cristalería: cada bebida tiene su copa
Siguiente Tonos rubios: ¿Cuál elegir?