Cargada de historia y de serena belleza, Carcassonne es una ciudad ineludible en la visita al sur de Francia.

Textos y fotos: Graciela Daneri.

Partiendo desde Barcelona, en tren, en pocas horas se arriba a suelo francés y así lo hicimos para llevar adelante nuestro deseo: recorrer el legendario territorio de los cátaros. Nos movía -y nos mueve siempre en todos los viajes- el interés histórico y artístico. Así fue como comenzamos nuestro itinerario en Carcassonne, una pequeña urbe llena de interés para repasar sucesos que acaecieron muchos siglos atrás. No obstante, esta apacible ciudad provinciana, atravesada por el Canal du Midi y el río Aude, ofrece atractivos variados. En la parte nueva se puede, además de visitar su centro comercial bien surtido en marcas de renombre de plazas y parques y arboladas avenidas, navegar por el mencionado canal en las muchas embarcaciones que se ofrecen a su vera.

 

Pero puede decirse que Carcassonne es como dos ciudades en una: saliendo de la zona nueva la ciudad baja- se halla la otra la alta-, la primigenia, la histórica y medieval. Esa a la que resguardan sus sólidas murallas, dentro de las cuales serpentean callejuelas que se ramifican por su interior, recorridas a diario por numerosos turistas, y que cobija el castillo condal, erigido en el siglo XII, y la basílica gótica de Saint Nazaire, emplazada un siglo antes y que supo ser la catedral. Esta basílica construida ente los siglos XI y XIV es una verdadera joya en la que conviven armoniosamente el románico y el gótico, así como estupendos vitraux.

 

Y a pocos pasos de la ciudadela medieval se puede disfrutar de la naturaleza en el lago de la Cavayère, tirarse en la arena y sumergirse en sus aguas.

 

Hoy Carcassonne tiene una nueva catedral, la de Saint Michel, situada en la ciudad baja o el burgo. Y a través de los tiempos aquélla, la amurallada, constituyó una verdadera fortaleza, a la que en 1997 la Unesco declaró Patrimonio de la Humanidad.

Admirados por su ciudadela; por algunas de sus torres de pizarra oscura que terminan en cúpula, como las recuperó de su abandono el gran arquitecto Violette Le Duc -quien diseñó, además, la iglesia de Saint Gimer-; sus aún existentes torres francorromanas; las barbacanas; las ventanas ogivales; las fachadas entramadas de sus casas, iniciamos nuestro trayecto por la patria de los cátaros.

 

Quiénes eran los cátaros

 

Resulta toda una investigación histórica lograr una aproximación a las creencias cátaras (del griego catharos, o sea puros) pues hay que remontarse al valle del Indo, muchos siglos A.C., donde tienen origen las religiones dualistas. El más renombrado de sus representantes fue Zaratustra (personaje del famoso libro de Nietzsche), que expone la confrontación de dos fuerzas que combaten en el universo: el Bien y el Mal. Esta doctrina tuvo su influencia en muchas religiones y fundamentalmente en el Cristianismo, con corrientes de pensamiento -los gnósticos, los maniqueos (discípulos del profeta persa Manes)- y que muchos milenios después se propagó por el Occidente hasta entonces conocido, fundamentalmente en el Languedoc (en una zona más o menos delimitada por las ciudades de Toulouse, Albi, Béziers y Foix).

 

Los cátaros fueron despiadadamente perseguidos por la Iglesia de Roma (da cuenta de ello el Museo de la Inquisición), resistieron hasta el final por sus convicciones “herejes” y terminaron vencidos y hasta en la hoguera. Y fue el conde de Carcassonne, Raymond Roger de Trencavel quien se atrincheró en la resistencia de la ciudad.

Es esta historia, además de su serena belleza, la que hace de Carcassonne una ciudad ineludible en la visita al sur de Francia.

 

Albí

 

Nuestro derrotero nos llevó luego a Albí, típica localidad del mediodía francés, que formó parte del cuadrilátero que circunscribía el territorio de los cátaros, y de allí que a éstos se los llame también albigenses, como consecuencia el Concilio de Lambers, cerca de Albi, donde se realizó el último intento de conciliar católicos y cátaros.

 

Sabíamos que era la ciudad natal de Toulouse-Lautrec, y en ella todavía permanece la que fue su casa; hay también una calle con su nombre y, desde luego, un museo que atesora y expone buena parte de su obra. Este se halla en el Palacio de la Berbie (palabra que en occitano significa obispo), antigua residencia episcopal, otra fortaleza que data del siglo XIII, situada en las adyacencias de la catedral de Santa Cecilia que, por su parte, es también un imponente templo cuya construcción demandó más de un siglo. A esa área medieval, hoy denominada ciudad episcopal, en 2012, la Unesco la sumó también al Patrimonio de la Humanidad. A poca distancia se desplazan mansamente las aguas del río Tarn y no lejos de esa zona (nada está demasiado alejado en una ciudad de menos de 50.000 habitantes), se extiende el Albi contemporáneo, igualmente pintoresco, con su sereno transcurrir cotidiano.

Toulouse entre historia y tecnología

 

Una mañana dejamos Carcassonne y Albi con rumbo a Toulouse (capital del departamento del Alto Garona y de la región de Occitania, incluso capital histórica de la provincia del Languedoc). Por supuesto, como sabíamos sin conocerla, es más populosa que las anteriores (su población se acerca casi al medio millón de habitantes), con una dinámica diferente. También con muchos puntos de atracción que acaparan nuestra curiosidad. Ahí está, por ejemplo, la Place du Capitole, un vasto espacio que es el punto de concentración cotidiano, con el Capitolio en uno de sus laterales y arterias comerciales que se extienden a su alrededor.

 

Cada uno de los ocho departamentos franceses ubicados en los alrededores de Toulouse luce orgullosa no sólo su propia identidad, sino también su propia historia, geografía y cultura. Ellos forman parte de la región de Midi-Pyrénées que, según nos indican los lugareños en eventuales conversaciones, es la más grande de Francia, ya que incluye partes de las antiguas provincias de Guyenne, Gascogne y el Languedoc.

Vale recordar que el nombre de Languedoc proviene del dialecto occitano (langue-oc o sea la lengua occitana) en contraposición a langue d’oÏl, que se hablaba en el norte de Francia y una vez ésta unificada, como era la que hablaba el rey, se impuso en todo el país y hoy es el francés estándar. No obstante, los occitanos conservan aún su dialecto, que en el Medievo fue considerado hereje, por ser patria de los cátaros.

 

Hoy Toulouse está catalogada como Cité des Technologies, pionera de la aviación con l’Aérospatiale, la Caravelle, le Concorde y en el primer plano de todos los grandes programas europeos. Figura también entre los líderes mundiales del estudio y la producción de aviones civiles. Así también sus investigaciones en materia de sistemas electrónicos, la salud y la seguridad alimentaria. Todas estas investigaciones han llevado a provocar una fuerte sinergia que beneficia también a sectores más tradicionales como el agroalimentario y el textil. Es imperdible una visita a estos sitios industriales.

Y algo muy encomiable: en su estación de trenes hay un espléndido y cuidado piano que cualquier viajero puede tocar, como sucede en las principales estaciones de Francia. Nadie los destruye, muchos se sientan para interpretar su música preferida. Allí nos interpelamos como argentinos: “¿Qué pasaría en nuestro país?”. Qué tristeza nos dio nuestra propia respuesta.

 

Huellas del Imperio Romano

 

Sin caminar demasiado, llegamos también a la basílica de Saint-Sernín, con su notable campanario octogonal, que se aprecia desde distintos lugares, por su altura y características y es además un “capolavoro” del arte románico en el Languedoc. El templo en sí data, según los antecedentes, del siglo XII. En cambio, la catedral de Saint-Etienne es menos ostentosa, pero no carece de arraigo, dado que su construcción se prolongó desde el siglo XII al XVII. En sus inmediaciones, el Quartier de Antiquaries nuclea comercios del ramo y cerca de allí vemos desplazarse las aguas caudalosas del Alto Garona. Sobre ellas, está enclavado el sólido Pont Neuf, otro de los emblemas de la ciudad, que alguna vez fue uno de sus ingresos a la ciudad. Se lo construyó entre 1544 y 1632, y aún hoy sigue siendo vía de tránsito de uno a otro lado de Toulouse. Surcan sus aguas una buena cantidad de yates para turistas.

 

Sí, la Ciudad Rosa, como la denominan por sus edificios de ladrillos y piedras, tiene sus atractivos, además de esa permanente actividad tanto comercial como administrativa que es propia de las grandes ciudades, con numerosos museos y sus historias; el Hotel De Dieu Saint Jacques, del siglo XII, que albergaba a pobres y peregrinos; sus murallas romanas.

 

Pero no olvidamos que nuestro Carlos Gardel también nació aquí (durante nuestra estancia de escasos días, omitimos averiguar si todavía se conserva su casa natal…).

La apacible Béziers

 

Mucho más pequeña (con unos 70.000 pobladores) pero atractiva también es Béziers que cuenta con su propia historia: cuando el ejército de la cruzada contra los herejes baja por el valle del Ródano para asediar la ciudad, los habitantes con su obispo a la cabeza se niegan a entregar a los herejes y tras un error estratégico de los habitantes de la ciudad, el ejército cruzado masacra a toda la población.

 

Aún subsiste el viejo y pintoresco puente sobre el río Orb (el que constituía la defensa contra los cruzados). También un amplio predio prolijamente diseñado y forestado, que han denominado Parque de los Poetas, paseo emplazado en 1867 y que, con estatuas y bustos alusivos, rinde tributo a algunos vates universales. Más allá, en la parte alta de la ciudad, está su singular catedral de Saint-Nazaire, cuyo aspecto exterior es semejante a una fortaleza y cuyo frente asoma hacia el propio Orb, que vemos desplazarse a la distancia, muchos metros más abajo.

 

En esta ciudad finaliza nuestra incursión por la patria de los cátaros, pero no por el esplendoroso sur de Francia.