En esta semblanza de mi mamá, aprovecho para desearle FELIZ DÍA a todas nuestras lectoras mamás.

Texto: Romina Santopietro.

 

Un día de lluvia.
Tomo el teléfono y llamo a Madre.
Llamando… (suena un tema de Pit Bull que no sabemos cómo puso de tono de espera).
– Madre: Hola…
– Yo: Maaaa, ¡quiero tortas fritas!
– Madre: Ni loca.
– Yo: ¡Mala madre!
– Madre: Chinita de miércoles, ¡quién será tu madre!
Fin de la conversación.
Todavía con el celu en la mano, pongo los ojitos finitos como oriental con sueño y me quedo recalculando el regalo del Día de la Madre.

 

Mi madre es una potestad entre las madres. Es una madre con potencia nuclear.
Tiene como un reactor de maternidad que le permite no sólo habernos criado a los dos hijos biológicos que tiene, mi hermano y yo, sino que además ha criado y sigue criando a una multitud de “adoptivos”.

 

Antes de traernos al mundo, ya se había “apropiado” de sus dos sobrinas, mis primas. Y con el tiempo, de casi todos nuestros amigos.

 

Ahora se está diversificando en esto de la maternidad. Lo tradicional ya lo hizo, así que quiere probar cosas nuevas.

 

Por ejemplo, está empeñada en incubar huevos de tortuga. Tiene un montón de tortugas y todos los años ponen infinidad de huevitos. Está probando diferentes métodos para incubarlos y tener tortuguitas. Y estoy segura de que va a tener éxito.

 

A menudo, con mi hermanito usamos figuras para describirla: es como una gallina con todos los pollitos bajo el ala. O una madre pulpo, que anda en 20 cosas a la vez pero que igual te tiene abrazado. O una osa con los ositos (ahora unos Grizzlies) a cuestas.
Es ferozmente protectora. No te metas con sus “nenitos” (o sea nosotros, dos bestias que no tenemos nada de indefensos), porque se transforma.

 

Ha acompañado cada decisión, cada tramo de vida, dándonos su completo apoyo. Desde cambios de colegio, que no deben haber sido fáciles de aceptar, hasta elecciones de carrera… Y que nos hagamos muchos tatuajes… Tanto es así que nos apoya y nos sigue en nuestras locuras, que los tres (madre, hermano y yo) tenemos el mismo tatuaje en la nuca. Sí, ella también se hizo uno. Esto confirma aquello de que no hay nada, pero nada que una madre no haga por los rompep… aciencia de los hijos.

 

Nos inculcó el respeto por nuestras ideas dando el ejemplo, respetándonos como personas desde muy chiquitos. Ella, que es súper elegante, no sale de su casa sin maquillaje ni para ir a la panadería, tiene esta hija a la que le encanta disfrazarse de indigente y apenas se peina para salir al mundo.

 

Y ese instinto que es común a todas las madres, el de adivinación, lo tiene hiperdesarrollado. Sabe cuándo nos levantamos chinche y antes de que respondamos al teléfono, nos larga un “¿Qué te pasa?”.

 

Sumado al instinto viene una organización tipo la Side, para rastrearnos si no nos encuentra, o si no respondemos al celu.

 

Y finalmente, todos estos dones se completan con ser un poco chamana y bruja benéfica. Si estamos enfermos, ya no nos lleva al médico (¡estamos grandes!) pero llega a cada casa cargada de comida que te llena la panza y te hace mimos al corazón. Y con los tecitos y tisanas, recetas heredadas de mi abuela, otra fabulosa madre con propulsión nuclear.

 

Desde hace unos años compartimos espacios como iguales: por ejemplo, en la cocina, donde ahora yo le paso recetas y es ella la que prueba -y usa a mi papá como conejillo de Indias- pero siempre perdura el lazo en todo lo que hacemos. Puedo combinar los ingredientes de otra manera, pero es mi mamá quien me enseñó a prepararlos en primer lugar.

 

Y no importa la edad que tenga. Yo siempre voy a querer un abrazo, un mimo, un consejo de mi mamá… ¡y las tortas fritas!