Una simpática y nada dramática historia de resiliencia


La cualidad que permite salir fortalecido de situaciones negativas o desagradables implica obtener un saldo de aprendizaje y animarse a asumir actitudes proactivas en el orden del propio deseo.
Textos. Psic. Gustavo Giorgi.

Don Talismán Porreta es un paraguayo emigrado a estas pampas a la fuerza que, como tantos otros, forma parte de la lista de los denominados “expatriados” de las empresas multinacionales. En su país de origen desempeñaba el puesto de Jefe de Producto hasta que le ofrecieron hacerse cargo de Argentina, como Gerente de Marketing regional, para LATAM.


Cuando me dio su tarjeta, evidentemente habrá notado mi cara de sorpresa, indisimulable. “Te llama la atención mi nombre, ¿verdad?”. “La verdad que sí. Mire que conocí a muchas personas, pero llamadas Talismán, usted viene siendo el primero…”.


“Siéntese pues, así le cuento el origen…” me dijo con cara de historiador de National Geographic.


“Mi familia es de la Región Oriental. Soy el único hijo de los Porreta, nacido en una ciudad que se llama Caaguazú, a unos 300 kilómetros de Asunción, como para que te ubiques. Mi mamá era una típica ama de casa con una sola preocupación: tenerlo contento a mi padre. Eso incluía hacerle la comida, lavarle la ropa y así… En esa época, cuando era chico, vivíamos todos del monte. El hacha de mi papá nos daba el pan de cada día. Y en ese ámbito, son normales las supersticiones. Lo que en la ciudad es ir a la iglesia a rezar, en otros lugares se traduce en visitas a la curandera, pociones un poco mágicas capaces de eliminar desde el mal de ojo hasta un dolor de panza… Y mi mamá no era la excepción, por eso me puso ese nombre. Resulta que en un sueño se le apareció la virgencita de Caacupé y le dijo que el bebé que venía en camino iba a traer suerte y prosperidad a la familia”.


“Lo gracioso es que a mis tres meses la empresa en donde trabajaba mi padre quebró y vino una malaria que duró casi un año. Gracias a Dios teníamos unos parientes en una mejor posición económica y por ellos es que no terminamos debajo de un puente… Hasta tal punto era ridículo mi nombre, si lo comparabas con la situación, que mi papá me llamaba Tal, a secas, porque decía que si decía mi nombre completo, le recordaba la desgracia que llegó cuando nací”.


“Mi nombre fue como una especie de cruz hasta mis veintipico de años. En la escuela, varios de burlaban cuando apenas lo escuchaban. Y se carcajeaban sonoramente cuando la realidad desmentía abiertamente su carácter suertudo, como por ejemplo si el alfajor que compraba venía con el envase vacío (único caso en miles); el momento en que mi silla se rompía bajo mis asentaderas (la única del grado) o si mi pelota nueva era reventada por el único camión de reparto que pasaba cada seis meses… Hasta yo mismo en un momento empecé a odiar mi nombre. Parecía que me seguía todo el tiempo, como burlándose de mí en esa cruel paradoja: tener la peor mala suerte del mundo con un nombre que augura todo lo opuesto…”.


“Y entiendo que recién pude cambiar cuando me pasaron dos cosas importantes: una, entré a la universidad a estudiar y otra, me puse de novio, también por esa época.

El hecho de conocer gente nueva, sin la menor idea de la desgracia que iba conmigo, y que no relacionase mi nombre con la mala suerte, era una bendición. A lo sumo, le daba algo de gracia. Para que te ubiques, Asunción es una ciudad mucho más grande que la mía y la gente es distinta. Es como aquí en Buenos Aires que a nadie le importa demasiado quien tiene al lado.


Por otro lado Carla, quien hoy es mi mujer, recién se enteró que Talismán significaba objeto que atraía fortuna a los años y de casualidad, mientras leía una revista en la peluquería. “Siempre me definí como una escéptica” nos explica ella. “Solo creo en lo que veo y toco, como decía mi abuelito ferroviario. Capaz que por eso jamás le presté atención a ese tipo de superchería… Para mí son creencias de gente baja eso de los gualichos”. Verdaderamente no quise ahondar aquí respecto de lo que entendía por “gente baja”, si eran enanos de circo o algo por el estilo.
Volvamos a nuestro héroe: “Yo hoy lo cuento y me río pero ya te digo, en su momento me dolió”, dice al tiempo que le cambia la yerba al mate.

“¿Y hoy en día ves a tu papá, Talismán?”, le pregunto.

“¡Claro que sí! ¿Por qué no voy a verlo?”, me dice con una soltura que me lleva a pensar lo lindo de no quedar adherido con rencor a una situación así. No vivir reprochando a otro la causa de nuestros pesares es una cuestión de madurez.


Lectura y enseñanza (una más profunda que la otra, es verdad…):

En primer lugar, para el psicoanálisis este tema del nombre propio no es moco de pavo, habiéndose escrito chorradas de tinta para explicar la incidencia que tiene sobre nuestra constitución subjetiva, o en otros términos, en la forma de ser. En primer lugar, se supone que hay una paradoja en su origen: nuestro nombre, el que nos identifica, es lo menos propio que tenemos dado que fue elegido por otros (generalmente alguno o ambos padres). Esto debe ser tramitado por cada quien pudiendo hallar su propia explicación o justificar su misma existencia a partir del abandono de algunas identificaciones primitivas. Para ejemplificarlo, no será lo mismo llamarse Dolores que Felicitas. Amparo que Ángela. Cada uno remite en su significado al padecimiento, la alegría o el cuidado. Todos los nombres que nuestros papás o quien nos haya elegido como hijos nos pusieron remiten a algo en su fantasmática inconciente: tienen un sentido.


En el caso de marras y tal como se ve, la mamá de Don Talismán fantaseaba con que ese niño iba a traer buenaventuranza a la familia y quiso la propia realidad dar una mano a este hombre cuando de alguna forma le mostró otras posibilidades. Otra forma de ser en el mundo que no sea la que su madre había deseado para él.

El temita este de la resiliencia. No estoy para nada en contra de las modas en las palabras. Por caso, disruptivo o posverdad me parecen desarrollos intelectuales francamente brillantes. Términos que suenan bien, armonizan y maridan sin problemas con la gramática. En ese orden anoto también a “resiliencia”, utilizada para designar esa cualidad que permite salir fortalecido de situaciones negativas o desagradables. Implica obtener un saldo de aprendizaje, tal como hizo Talismán, quien lejos de quedarse sentado llorando en su casa solo, y comprobando lo desgraciada de la vida, se animó a asumir actitudes proactivas en el orden de su propio deseo. Se tomó a risa su caso. Se dio la oportunidad de conocer gente, de iniciar una carrera universitaria y nada menos que de enamorarse.


Podrían preguntarse en este punto si podemos elegir ser resilientes y la respuesta es compleja. Uno no decide ser o no ser resiliente. Decide la vida que quiere darse, y ahí es donde entran actitudes como las descriptas. Nadie, por más que se grite todos los días frente al espejo “¡sé fuerte!”, por caso, se transformará en algo en lo que no cree ni está convencido. Dicho en otros términos: no podés decretar ser resiliente.


Sí debo decir que hay herramientas que ayudan a superar situaciones difíciles. La primera es la del humor. No dramatizar y hasta poder tomar a risa alguna situación coopera y mucho a tramitar el malestar. Me parece que fue Woody Allen quien definió a la comedia como tragedia más tiempo.


Por otro lado, y siguiendo los pasos de Talismán, podemos ver también lo importante que resultan los vínculos. Tener lazos saludables y sanos con los demás nos permiten sostenernos tal como sucede en una red.


Quiero agregar, finalmente, a la actividad física. No como una receta tipo manual de autoayuda sino porque los estudios actuales en la materia son concluyentes en lo que respecta a la necesidad de tener un cuerpo sano para pensar mejor, como asimismo a la explosión de hormonas saludables para el organismo que solo el ejercicio permite.

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