“Vértigo”: La atracción del abismo


Por Enrique Butti

En la última de las encuestas que cada década realiza la revista británica Sight & Sound, “Vértigo”, de Alfred Hitchcock, fue juzgada por casi un millar de críticos de todo el planeta como la mejor película de todos los tiempos. Filmada en 1958, su argumento es complicado y en gran medida inverosímil, de manera que su supremacía apunta en principio a una valoración de la ficción y del artificio.


Las primeras imágenes de “Vértigo” muestran a dos policías que persiguen a un delincuente por las azoteas de altos edificios. Uno de ellos (James Stewart) tropieza y queda colgado, aferrado a una canaleta (¡una canaleta a muchos pisos de altura!); el otro policía intenta ayudarlo pero resbala y lo vemos precipitarse en el vacío, con la sensación que varios momentos del film buscarán transmitir: la del vértigo, precisamente. La próxima secuencia muestra a James Stewart en el departamento de una amiga y nos enteramos de que ha quedado traumado por el suceso y que se ha licenciado de la policía. No se nos dirá cómo logró salvarse de aquella situación en la cual quedó colgado de la canaleta, y ese enigma queda flotando en la mente del espectador, como si en verdad el personaje hubiera quedado suspendido en el vacío.


Esa sensación de vértigo que buscará transmitir la película (célebre es aquélla que Hitchcock logra al filmar la honda caja de una escalera de campanario combinando movimientos contrarios de la cámara y del zoom, un contramovimiento que distorsiona las perspectivas sin alejamientos ni acercamientos) concuerda con el argumento, conformado por un impetuoso torbellino de identidades intercambiadas y de muertos redivivos.


En “La atracción del abismo”, Rafael Argullol estudió el paisajismo romántico (el de Friedrich y Turner; el de Leopardi y Goethe) para ilustrar cómo la inmensidad de la naturaleza puede a la vez causar nostalgia y asfixia, y cómo el mar o los precipicios pueden impulsar un estremecedor magnetismo. Como el “vértigo horizontal” que supo definir un extranjero plantado en el medio de nuestras dilatadas llanuras.


Y en la reciente traducción de “Vértigo. La tentación de la identidad”, el italiano Andrea Cavalletti parte del film de Hitchcock para marearnos con el caleidoscopio que presenta el fenómeno a través del tiempo y de distintas disciplinas, sobre todo la filosofía y la psicología, de Hume a Heidegger y Sartre, y de Charcot a Freud.


En un principio considerado exclusivamente una enfermedad y un síntoma ligado a las intoxicaciones o afecciones cerebrales, auditivas, visuales, etc., en la modernidad el vértigo comienza a ser considerado una “cuestión del alma”. Del alma enfrentada a un estado de “dolorosa confusión” frente al temor y la atracción hacia el vacío. Del mareo en el que la imaginación y la razón entran en pugna (Argullol recuerda que el romanticismo opuso Imaginación y Reflexión, tal como sentenciaba Hölderlin: “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona”). Del caprichoso recelo a lanzarnos voluntariamente al abismo. De la relación entre la coacción y la libertad. De la tentación de alcanzar el propio centro. Del empalme entre el infinito espacial y el temporal, de lo sucesivo confundido con lo precedente y del pasado absorbiendo el futuro.


Porque en definitiva el vértigo no sería el temor a caer sino más bien la tentación a dejarse llevar por esa atracción abismal. Todo esto teniendo en cuenta que una característica esencial del vértigo es que el implicado mantiene su plena conciencia durante el mareo o la confusión.
Entre la tantas derivaciones que abren estas cuestiones estaría incluso la que plantea Simone Weil al hablar del “contagio de la locura y del vértigo colectivo”, de cómo se imponen algunos delirios políticos y millones de personas aparecen impedidas y sin resistencias frente a la evidencia de su propia aniquilación, fascinadas ante dictaduras y guerras.


Se presentan hoy una larga serie de notables pensadores (Emmanuel Lévinas, Pascal Quignard, Giorgio Agamben) cuya catalogación más estricta no es la de filósofos sino la de ensayistas, en el sentido estricto que le dio Montaigne: la de acercarse a una materia en su máxima amplitud y con la libertad de aceptar el devenir de las asociaciones, en una formalización más cercana a la cita y al ejercicio literario que al de la reflexión definitoria. Andrea Cavalletti forma parte de esa hueste.

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