Y después de esto, qué…


Por Lucila Cordoneda.

Poco a poco, muy lentamente, pareciera que vamos volviendo a los viejos ritmos.

Persianas que se levantan, veredas vueltas a barrer con tanta energía como nos lo permitan las ganas de sacar en cada movimiento todo lo anquilosado y triste que pudo haber invadido los espacios en estos días de confinamiento.

Volvemos a poner flores en los floreros y a encender las luces.

Algunos vamos volviendo a las rutinas, las calles vuelven a colmarse de automóviles y las veredas de transeúntes.

Pasear el perro, adquirir algo indispensable en el negocio que va más allá de lo cercano.

No sabemos cuánto pueda durar este «permiso».

Parece que si seguimos haciendo las cosas bien, avanzaremos de fase en fase.

Para otros lo peor no ha llegado aún.

Que en tal lugar tuvieron que volver al confinamiento porque aumentaron los casos.

Que en otro lado se volvieron a contagiar los ya recuperados.

Que no se recomienda volver a la normalidad hasta que aparezca una vacuna.

Que la economía del mundo se ha desmoronado y esto arrastraría a millones de personas a la pobreza.

Que los niños y jóvenes volverán a la escuela de manera escalonada y todo parecería indicar que bajo un sistema dual, de presencia y virtualidad.

En fin…

Nadie sabe a ciencia cierta de qué va la cosa, lo cierto es que a pesar de todo y más allá de todo nos empeñamos en abrir camino en la maleza.

Nos aferramos al poquito de esperanza que nos dan y volvemos a creer.

El tema, y permítanme aquí no ser del todo optimista, es que ese volver a creer parece venir de la mano de cierto relaje.

Relaje que uno cree es exclusivo de los criollos y su viveza. Sin embargo, si hay algo que esta pandemia ha venido a mostrarnos, además de muchas otras cosas, es que en términos de conducta y acatamiento de normas y sus consecuentes artilugios para evadirla, los argentinos no somos los únicos que llevamos la delantera.

No es para enorgullecerse, sin duda, pero lo que tantas veces vociferamos en relación a lo ordenadas y obedientes de otras culturas en desmedro de la nuestra, no parece ser tan así.

Resulta que este bicho también ha venido a mostrarnos que cuando estamos todos puestos en el mismo escenario y bajo las mismas circunstancias, nos comportamos de maneras semejantes, vivamos donde vivamos y pertenezcamos a mundo que pertenezcamos.

Desobedientes, egoístas, cuasi humanoides que desafían al bicho circulando sin protección y recaudos algunos, conductas desafiantes rozando lo mesiánico, dedos que señalan, culpan y responsabilizan y los vivos de siempre, que lucran con la angustia, la necesidad y el dolor ajeno, no solo no desaparecen sino que se muestran con más fuerza.

Estas y otras conductas varias se han puesto de manifiesto de polo a polo.

Lo cierto es que la mayoría desea volver a su vida de antes, y digo mayoría porque muchos le han tomado el gustito al quedarse en casa.

Lejos quedaron las quejas que pretexto pandemia parecían tan obvias como verídicas… el exceso de trabajo, los lamentos por no poder disfrutar más del hogar y de quienes lo habitan, las excusas de las faltante de tiempo para llevar adelante cambios en la calidad de vida, etc.

Lejos, porque resulta que ahora lo único que deseamos es volver a ese otro tiempo del que tanto renegábamos.

Es más, nos imagino volviendo a la «normalidad» y a las dos semanas despacharnos con frases como «no tengo tiempo para nada, prefiero volver a la cuarentena».

Bien, conductas humanas esperables, supongo.

¿Y por qué? Bueno porque de eso pareciera tratarse, en parte, todo esto de vivir, de desear lo que no nos es dado, de añorar lo qué pasó y quizás no valoramos y de esperar inmersos en angustias y ansias lo que aún no sucedió, pero ya nos preocupa.

Y entonces… ¿cosa facciamo?

Bueno, por ahí un buen ejercicio sería tomarnos el tiempo para cuestionarnos realmente qué nos está dejando esta crisis. Qué hábitos vemos ahora que sería oportuno abandonar cuando todo vuela a su cause y cuáles que fuimos generando en este tiempo sería interesante conservar, y, lo que es más difícil, de qué manera creemos que podríamos hacerlo.

Quizás todo esto sea una oportunidad real para preguntarnos, pero a conciencia, qué vida queremos después de la pandemia.

«La libertad no es nada más que la oportunidad de ser mejor». Alber Camus

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