A buen tiempo


Por Lucila Cordoneda

Tuve la dicha de crecer en una familia que, con sus luces y sombras supo acogerme y soltarme.

No se si siempre en los momentos precisos. Qué más da. Lo importante, lo verdaderamente importante es que ahí estuvo. Siendo abrazo y penitencia. Reto, vientre y rigor.

Crecimos, y digo crecimos porque eso incluía una banda hermosa de hijos y nietos convocados en un patio fresco, bajo una parra o un guayabo añoso.

«A buen tiempo» solía decir mi abuela cuando alguien se presentaba a su casa en el horario de la comida. Por aquellos días yo no entendía muy bien qué significaba. Lo que si sé es que lo que había para comer se multiplicaba mágicamente. «Donde comen dos, comen tres», agregaba. Y les aseguro que, desconozco de qué manera lo hacía, pero se producía una especie de multiplicación de los panes y los peces que a todos dejaba conforme. Y sino, aunque miremos «con el ojo largo» la fuente de milanesas, sabíamos que era así. Que lo que se tenía la dicha de tener, se compartía «sin chistar».

Sorteamos nuestros años de niñez y juventud, entre relatos de guerras y miserias. Cuentos de bisabuelos en barcos, de hambrunas y mareas eternas mirando a América.

Esa casa era un hogar. Y lo mejor de todo, era un hogar de puertas abiertas.

Viajeros de variadas estirpes y diversas excusas, recalaban en esa modesta vivienda y eran recibidos el tiempo que durara su necesidad de hacer pie en un techo ajeno.

Ahora que lo pienso, creo que era una especie de contrato implícito, obligatorio entre aquellas gentes: «Abro las puertas de mi casa, como alguna vez alguien lo hizo conmigo».

Muchas veces tuve la necesidad o simplemente las ganas de escribir sobre esto. Y ahora, inmersos como estamos, en esta realidad absurda y angustiante no se por qué, o si, sentí que podía ser el momento.

Quizás porque este aislamiento, voluntario o no, pero consciente, me arrastró hacia esa mesa.

Será porque desde hace días hemos vuelto a compartir la mesa.

Racionamos y prestamos más atención a lo que comemos, controlamos meticulosamente las alacenas y despensas contabilizando cada lata, cada paquete, cada posible preparación.

Puedo decir, sin temor a equivocarme, que la mayoría de nosotros no recordamos haber vivido situación semejante.

Esa sensación de estar en guerra, desconociendo al enemigo. Esa incertidumbre lacerante del mañana. Esa angustia disimulada. Ese miedo.

No puedo evitar recordar la cara de mi abuela cuando alguien se presentaba inoportunamente a la hora de comer. Porque debo decir que para ella ese tiempo era de verdad sagrado. Había un horario innegociable para sentarse a la mesa, había reglas y modales que respetar a rajatabla. De modo que la visita en medio de ese ritual, no era lo esperable. Pero nada de eso importaba y con solo mirarnos, sabíamos que debíamos colocar un plato más en la mesa.

«A buen tiempo», pienso.

Y recalo en este presente, en este ahora incierto.

A buen tiempo para qué, me pregunto.

Venimos de tiempos convulsionados. De distancias desmesuradas, propias y ajenas. Acarreamos horas de carreras alocadas de autosatisfacción.

Nada parece importar más que lo que cada uno necesita para subsistir emocional y existencial y fisiológicamente.

Danza de egos y fetiches varios.

Demostraciones o señas de vaya a saber qué cosas que nos han hecho creer más importantes.

Y resulta que ahora, acá estamos.

Todos hundidos en este mismo lodo.

Todos apretados bajo el mismo paraguas de lo incierto.

Recibimos una visita inesperada. Peor aún, desconocida.

Pero quizás, «a buen tiempo».

Para no olvidar lo que verdaderamente somos.

Para enrostrarnos que sin el otro, de verdad, no somos.

Para hacernos reaccionar.

Para entender, de una vez por todas, que todos somos responsables del otro, como el otro lo es de nosotros.

No se cuánto tiempo más dure esto.

Pero ojalá sea el suficiente, el necesario para que lo atravesado no sea en vano.

No podemos ser los mismos después de esto.

Nos lo debemos como especie.

«Mañana también es día», decía entre risas pero enserio, mientras guardaba en la heladera lo que había quedado luego de una comilona de domingo. ¿Quién? Mi abuela, quién más…

Mañana también es día, y es oportunidad.

Mañana también es día y es obligación de mejorar, de seguir en el mismo barco cuando esta tormenta haya pasado.

«Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez»


De El amor en los tiempos del cólera.
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