A cada uno lo que le toca


Por Lucila Cordoneda

Que después de esto no seremos los mismo, creo, no es novedad. Uno nunca vuelve a ser el mismo después de transitar cualquier experiencia básicamente, menos aún cuando esta carga algo de angustia, mucho de extraordinaria y bastante de incierta. Todo eso y más, en las dosis que cada uno pueda ir partiendo, repartiendo o multiplicando.

Ahora, que de esta salimos mejores, algo que escuchamos, leemos y hasta repetimos, no lo sé. Caigo, confieso, muchas veces en la tentación de afirmarlo. Y, cuando esto sucede, es con absoluta convicción. Otras veces, sin embargo, dudo mucho que así sea. Egos y conductas varias han dejado a la intemperie lo mejor, pero también lo peor de nuestra especie.

El otro día, entre tanto que se nos presenta, leí algo por lo menos interesante respecto a cómo vivamos este aislamiento, en relación a dónde y cómo quien lo atravesáramos.

El texto refería a que estas condiciones eran seguramente, las necesarias para ese momento.

Es bastante dudoso cuando uno piensa, fundamentalmente, en aquellas situaciones de absoluta precariedad física, material y espiritual. En esas almas tan vulnerables como desiertas de toda posibilidad que no sea la sola subsistencia.

Ahora, si intento sólo quedarme en aquellos que, de uno u otro modo, tenemos la posibilidad de transcurrirlo quien más, quien menos, con nuestras necesidades básicas a salvo, pienso: ¿por qué no?

Quizás sean esas las personas con las que, de uno u otro modo, merecía y merecíamos reencontrarnos.

Hijos, parejas, padres que otrora reclamaban presencia y atención hoy están ahí, con el mismo reclamo silencioso o no, pero sin la chance del escape.

El hogar y sus rutinas, tan necesarias como poco atractivas, también.

Esa ausencia, ese hueco, ese ausente doloroso, también.

Ese duelo no duelado.

Esa herida a medias suturada.

La obligación de trabajar desde casa, de acompañar en las tareas escolares de los peques, de resolver almuerzos, cenas y meriendas con lo que tenemos, de exprimir al máximo nuestro costado paciente, de asumir que nuestros padres «son así» y ya no hay chance de cambiarlos, que nosotros también «somos así» como tantas veces nos reclamaron, hoy se vuelve imponderable.

A cada uno nos tocó con alguno o todos ellos.

Quizás para confirmar y volverlos a elegir o para valorar y recordar por qué ellos y no otros, Tal vez para reconocer en nuestros hijos rasgos que desconocíamos, para tomarnos el tiempo necesario para hablar de eso que se nos atragantaba desde hacia tiempo, para charlar de nada y de todo.

Para construir recuerdos colectivos.

O no, y este tiempo de confinamiento obligatorio en el que nos resulta imposible huir despavoridos intentando llenar con el afuera lo que adentro no nos es dado ni damos, viene a decidirnos a terminar de una vez por todas con esa relación que, a sabiendas, sosteníamos sin convicción alguna o, lo que puede ser peor, sin rastros de vínculo amoroso alguno.

Este tiempo, tal vez, nos permita valorar ese trabajo que tanto fastidio nos provocaba, esas obligaciones y exigencias que parecían quitarnos las ganas de todo, hasta de las vocaciones. O no y sea el trampolín que necesitábamos para decidir de una vez y para siempre cerrar esa historia y probar otro rumbo y desempolvar ese proyecto que una y mil veces postergamos, por qué no.

También hay a quienes nos tocó solos.

Quizás porque debíamos probarnos de cuanto éramos capaz de soportar con nuestra propia y única presencia., con nuestra propia y única voz.

No lo sé.

Una vez más, queridas Mal Aprendidas mías, no lo sé.

Lo que sí creo es que este tiempo va a servir, al menos, para repensar algunas situaciones y relaciones, para desatar algunos nudos que venían sujetándose y ajustándose y quizás ahogándonos cada vez más, para no olvidarnos de algunas pasiones y ayudarnos a aceptar algunos olvidos.

Nada, eso, y que no nos parezca poco.

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