A la velocidad del chisme


Por Lucila Cordoneda

“No era mi intención, a mi no me gusta hablar, yo no hago caso a lo que dicen los demás peeeeeeero…”.
¿Conocido, no? El chisme es más viejo que el hombre. Creo que primero vino el rumor y después la mismísima creación.


Es viejo, si,como conocidas son las consecuencias que provoca porque la edad no lo hace más benévolo ni menos cruel, no lo convierte en el abuelito de Heidi.


Amanecemos y nos acostamos con dichos o entre dichos. Sobre nosotros, sobre los otros y los otros de los otros.


Institucionalizado desde los medios de comunicación, políticos, actrices y demases son protagonistas de un ir y venir de informaciones que incluyen las más intrincadas y jugosas especulaciones acerca de lo que el otro dijo, qué quiso decir al decir o no decir lo que dijo…


En fin, un poco más cerca y sin aparecer en pantalla alguna estamos nosotros. Nosotros en cada uno de nuestros entornos, más o menos cercanos, más o menos conocidos, laborales, familiares o de amistades.

Da igual porque, al parecer, el escenario en el que el chisme toma vuelo es de lo más variado. No importa de dónde venga, quién lo haya iniciado o qué razones tuvo para hacerlo. Lo cierto es que es de carreteo corto pero cobra altura rápidamente, entra en velocidad crucero y en un abrir y cerrar de boca cruzó el océano.


¿Morbo? ¿Frustración? ¿Resentimiento? ¿Envidia? ¿Maldad pura y llana? Quién sabe. Podremos hacer miles de conjeturas acerca de lo que inspira a quien lo desata. Poco importa. Lo cierto es que lo hace y al hacerlo, si logra encontrar fértiles orejitas y ágiles lengüitas, puede desatar una tormenta.


Que “lo que dice Pedro de Juan, habla más de Pedro que de Juan”, que “es en vano dar explicaciones si al fin y al cabo cada uno escucha lo que quiere oír”, que “no debe importarte lo que dice la gente, basta con que vos sepas como son verdaderamente las cosas”.


Es verdad, todo eso es verdad, pero no siempre estamos ni preparados, ni advertidos, ni tenemos la suficiente compostura para hacer caso omiso a tanto decir hueco sobre uno.


Entonces duele, indigna, desilusiona… ¿Qué se hace entonces? Juro que no lo sé.


¿Desactivarlo? ¿Exponer a quien, suponemos, arrancó con tanta infamia? ¿Ignorarlo? Chi lo sa…


Estoy segura de que a lo largo de sus bellas vidas han probado de todo y han obtenido mejores o peores resultados.


No, no tengo la fórmula del éxito para desactivar un chisme o para hacer que este nos cause el menor daño posible, pero algo he ido aprendiendo en estas décadas vividas. Hay personas que nos importan más que otras, que guardan un lugar más sentido en nuestras vidas, tanto que a veces conocemos más de ellas que ellas mismas. Bueno, esas son las que verdaderamente importan querida Mal Aprendida.


Esas son las que merecen la posibilidad de aclaración. Mejor aún, nosotros nos merecemos aclararlo con ellas.


A esas es a las que debemos invitar a sentar a nuestro lado y, mirándonos a la cara, preguntarnos primero qué nos pasó, qué nos trajo hasta acá, para después poner sobre la mesa aquello que se dijo.


Si, ya sé que ya lo sabés. Pero preguntate con una mano en los corazones, como dice una prima mía, cuántas veces te quedaste mascullando la bronca y el dolor sin animarte a enfrentar la situación.


Cuánto auto castigo innecesario, cuánta elucubración y conjetura innecesaria, cuánto derroche de sentires. ¿Para qué amiga? Decime para qué. Para que, en el mejor de los casos, el tiempo pase, el temporal amaine pero la cicatriz quede. O lo que es peor aún, se transforme en una herida nunca curada.


Entonces, ingenuo es pretender que los chismes no existan, que cada uno se haga cargo de su vida y de sus propias miserias y cierre bien el pico. Pero posible es tomarnos el tiempo de desmadejar aquellos dichos que tienen su origen en alguien querido.


Pero ojo amiga, por ahí hay que elegir un poco más a quién querer. Hay que ser un poco más exquisitos en nuestros amores y, sobre todo, querernos un poco más. Ese, creo, suele ser el mejor antídoto a tanta ponzoña, posta.

“No hablamos hasta llegar a casa. Me iba a retirar a mi habitación cuando me agarró del brazo y me dijo muy bajito:

Si alguien debe saber algo de mi, seré yo quien se lo diga. Te lo en cuenta para la próxima vez.

Perdona yo… no era mi intención entrometerme…

Pero lo has hecho.
Se dio media vuelta y me dejo ahí plantada en el vestíbulo, hecha un mar de lagrimas. Era la primera vez que se enfadaba conmigo desde que nos conocimos, la primera vez que no la sentí una amiga sino una extraña”.

Dime quien soy. Julia Navarro

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