Aguas inquietas


Un hombre, un río, una vida. Una historia que transcurre, oscila y se desarrolla de acuerdo a las variantes del agua, y de la que Juan, no puede escapar. No puede y no quiere porque, a fin de cuentas, él es uno con el río. Susana Persello reeditó -de la mano de Robalir Editora- su novela «Lo que es del Agua», Premio Provincial Alcides Greca de narrativa 1995, con el prólogo de Olga Miño que en estas páginas compartimos.

TEXTOS. Olga Laura Migno. 

«…él le contó lo de la canoíta, que para ella era algo conocido y una de las cosas que fueron tan importantes en los días del agua.»

El panorama es simple. Un espacio geográfico fácilmente reconocible, con su impronta familiar, y unos personajes acordes con un medio ambiente tan benévolo como desfavorable, según las veces.

A poco de avanzar en el relato, el giro es rotundo. El personaje se nos instala con toda la fuerza de la que es capaz de presentárnoslo un narrador que varía entre diversas personas gramaticales. Un narrador que nos acerca con contundencia hacia el primer plano de un tal Juan. Un nombre tan simple como la naturaleza que lo contiene. Aunque después veremos que es el personaje el que contiene a la naturaleza. La lleva puesta. Es su traje a medida.

Y ahí está, me parece, la clave del texto.

Y ahí está Juan, cuya fuerza surge desde los primeros acordes, esos que tenemos en nuestra memoria auditiva: Merceditas, el chamamé. Una letra sencilla que acompasa, en sonora vertebración, la complejidad del personaje de Juan, que es casi un velado oxímoron por su personalidad para nada elemental.

Lo veremos andar, moverse, resolver, en medio de una introspección que lo sumerge en la persistencia de los monólogos interiores. Algunos de estos irán haciéndose diálogos, a costa del esfuerzo de un Juan ganado por el cariño de una mujer y su hijo, un niño a quien querrá como propio.

Puntas distintas, saberes distintos, y personajes insertos en una misma naturaleza, a veces hostil.

En medio de todo eso, se instala lo sobrenatural. Como si nada. Y así, de la misma manera, es sobrellevado. Aunque reaparezca. ¿Creencias populares? Puede ser. Por ejemplo, el caso de la abuela de Pedrito en su cajón de muerta. La voz de la vecina le pone un halo de tenebroso misterio.

De la conjunción del malhumor de Juan con la sencillez de la letra de Merceditas, surge desde las primeras líneas la fuerza de este personaje.

«Los días del agua», nos dice en algún momento el narrador. Fuerte la expresión, con mucha carga para los costeros, que conocen lo que significan «los días esos». Ni bien comienza, la lectura remite a los márgenes de nuestras costas santafesinas, a nuestros ríos amarronados, con sus crecientes y bajantes.

El texto pareciera sumergirnos en esa naturaleza casi como centro de interés, ese centro que muchos conocemos tan bien. Pero a poco de seguir con la lectura, el eje comienza a inquietarse.

La simpleza del nombre del personaje, en medio de un paisaje conocido, nos lleva erróneamente a suponer que nos encontraremos con una suerte de peripecia descriptiva: la de alguien simple en un medio familiar. Erróneamente, sugiero, porque no es ese el nervio que dará sustento a la novela.

Desde el comienzo se advierte el enojo de Juan por los asedios de la naturaleza. Un malhumor que él mismo se encarga de desautorizar. La naturaleza impone. Nada hay contra ella, sólo respeto. Este itinerario de análisis, en absoluta concomitancia con los fundamentos de la ecocrítica en cuanto a los productos literarios, ofrece un amplio margen de exploración. Acaso brevemente, intentamos instalar aquí una línea de identificación con este abordaje en la obra.

Así, el personaje contiene a la naturaleza, la lleva consigo en todo momento, la aloja en todas las situaciones, pero le cuesta ser contenido por ella. La naturaleza lo rechaza más de una vez. La omnipotencia no existe. Juan se subordina a los parámetros de las aguas inquietas, de los vientos, de las calamidades repetidas. Y allí sí, se produce el diálogo, desde la introspección del hombre, consciente de su precariedad. Sabe que materialmente puede vivir sólo con lo indispensable.

Esta característica se mantendrá con firmeza a lo largo de todo el relato. La fuerza del personaje se logra gracias a un entramado de imágenes de gran contundencia. Sostenido en esta urdimbre, la austeridad que lo determina es una constante.

La problemática social está en el relato. El alcohol en Pedro, las costumbres aprovechadoras de los turistas, las lanchas rápidas en contraposición a las canoas precarias de los lugareños, por nombrar solo algo, conforman el esqueleto social de la costa santafesina, y «el fantasma de la miseria acosándolos donde quiera que fuera».

De allí que lo que al principio parecía que nos guiaba hacia una historia donde hombre y paisaje se identifican en sencillo maridaje, se diversifica en la presentación de un Juan controversial, demandante ante los atropellos ambientales, altamente introvertido y solitario, pero firme en sus convicciones. Su parquedad, su dureza, sus mínimas exigencias materiales, están en disonancia con un complejísimo mundo interior, plagado de interrogantes e inquietudes. Sus frecuentes soliloquios lo confirman.

En el transcurso del relato, sostenido básicamente por el vínculo del hombre con el entorno, en una suerte de remanso emocional, se va dando la relación de Juan con Rita. Una relación que avanza al compás de la letra de Merceditas. Narrativamente, la canción opera como un bálsamo que distiende al lector ante la dureza de todo lo demás. Vemos entonces la lucha en medio de una naturaleza que desborda en creciente, la aceptación del hombre de su destino de agua, la fortaleza a la que tiene que acudir en todo momento, tanto él como sus amigos. Pero al lado de esta lucha y de este ímpetu del agua que crece, se derrama casi con mansedumbre el tema amoroso. Un balanceo equilibrado que resta un poco de tragedia a las calamidades y se sustenta en los sentimientos que la presencia de Rita con su hijo ha provocado en Juan. Esta sensibilidad irá en aumento y constituye una trama paralela en el relato

«El agua trae y el agua lleva». La autora nos ha presentado la posibilidad de mirar nuestras costas desde este rincón, el del amparo, y a través de personajes entrañables que potencian el amor por el lugar en que se vive, a pesar de las contrariedades.

La imagen de su final es más que contundente. En silencio y sin testigos, alguien se bebe la costa toda.

Lo que es del agua…

LA AUTORA

Susana Persello ([email protected]) es escritora santafesina, profesora de Lengua y Literatura egresada de la UNL. Ejerció la docencia en varias instituciones educativas de nivel medio y terciario de la provincia.

Participa activamente en actividades de promoción de la lectura en ferias, talleres y tertulias literarias.

Escribe novelas tanto para adultos como para niños, además de cuentos y ensayos históricos.

Fue distinguida con premios y reconocimientos en distintos certámenes a lo largo de su carrera literaria.

Juan camina entre los juncos. Sus pantalones mojados y arremangados hasta la media pierna se mueven pesados, al ritmo de su andar. Lleva en la mano ensartados en un alambre, tres amarillos y dos pacúes, – apenas para comer y gracias- piensa- sale poco últimamente, ya no es como antes, ahora molestan mucho al río, hacen represas, tiran porquerías que envenenan el agua. Vaya uno a saber. Yo lo único que sé es que nada es como unos años atrás. Uno ya sabía la época de buena pesca, cuando escaseaban, cuando venía la creciente. 

A pesar de no estar conforme, silba bajito el chamamé que más le gusta, la melodía y la letra ocupan rápidamente su pensamiento, alejando la preocupación anterior. Atraviesa el montecito de alisos y llega a la loma donde está su rancho; la soledad, el silencio y la paz del lugar son inherentes a su propia vida. El silbido tranquilo se ve interrumpido cuando mira con gesto contrariado la canoa chica, hace tiempo que espera un arreglo…-está vieja la pobre, pero con un poco de cola, unos clavos y dos tablas nuevas la podría arreglar, claro tendría que ir hasta el pueblo, no puedo jorobar tanto al Julio que ya me alcanza cada tanto alguna provista de almacén…y bueno, ya se hará. Lo que pasa es que esa guapita me sirve para ir río arriba, cuando voy a buscar el pescado grande, antes de la creciente, llevo en la otra los espineles y la malla, en la chica cargo los bagayos… Pucha, ya me están dando ganas de ir.

Reanuda el silbido y sigue caminando con la letra del chamamé en su mente olvidándose otra vez de lo que le  preocupaba……-qué dulce encanto tiene tu recuerdo Merceditas, aromada florecita-. Llega al patio, destripa los pescados y los cuelga en uno de los ganchos que tiene en la rama más baja del sauce grande, los mira con un dejo de satisfacción. Cuanto más alejado del mundo vive Juan, menos lo necesita, es por eso que en su rancho existe sólo lo indispensable: la olla negra, algunos cubiertos, un jarro, el equipo de mate, un mínimo abastecimiento de alimentos, la mesa y dos sillas, un catre…Y una vieja radio a pilas que la enciende poco para que le dure la carga, pero cuando no la oye está mejor.

Entra directamente porque su puerta jamás se cierra, y otra vez su silbido enmudece ahora ahogado por la extrema sorpresa que le hizo además llevar las  manos a la cabeza. Sentada en una silla, acodada sobre la mesa, encontró a una mujer con una criatura en la falda.

Lo que es del agua, fragmento

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