Betania Cappato: cine épico en lo cotidiano


En un ameno ida y vuelta, esta joven realizadora santafesina desgranó su historia, su presente y un poco de sus proyectos.

Textos. Romina Santopietro. Fotos. Vilma González y gentileza de la entrevistada.

Betania Cappato captó la atención internacional del mundo del cine cuando obtuvo la mención especial del jurado de la Berlinale con su ópera prima de ficción «Una escuela en Cerro Hueso», y de paso, puso el foco de atención en la ciudad.

Luego de su paso por el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde participó de la sección  work in progress que se llama «en tránsito» la película sumó otro hecho notable, ya que fue seleccionada para la sección Generation del Festival Internacional de Cine de Berlín. El nuevo trabajo de la realizadora santafesina logró el respaldo del Ministerio de Cultura de la provincia luego de ser seleccionada en la categoría Largometrajes en Producción de 2018, y en el rubro Post-Producción en la convocatoria del Plan Fomento 2020.

«Una escuela en Cerro Hueso» fue la única película iberoamericana que participó del prestigioso certamen. Pero esta no es la primera obra de la joven cineasta, aunque sí es su primera incursión en la ficción.

Betania asegura que utiliza el cine como herramienta y como manera de entender, conectarse y explorar la realidad y la vida. Considera que el séptimo arte también puede ser un medio de expresión que ofrezca miradas tendientes a cuestionar esa realidad.

Es egresada de la primera camada de cineastas formados en el Instituto de Cine de Santa Fe, y cree fervientemente que la formación en cine es algo que nunca termina. «Mi formación comenzó sin dudas en el instituto, pero yo considero que la real educación en cine tiene que ver con el hacer. Todo el tiempo se sigue ampliando y estimulando la mirada. También se crece con los cambios de las técnicas en el mundo del cine, por lo que creo que es una profesión donde estás siempre en permanente actualización. Fue mi generación justamente la que vivió el paso de la era analógica a la digital».

«La primera película que filmé la realicé a los 19 años, sobre una comunidad originaria, amenazada por proyecto de construcción de una mega represa en la Patagonia, cuya líder es Moira Millán, que es una de las activistas mapuches más importantes del país. Fuimos al sur y filmamos un documental que tenía un contenido puramente político-ambiental, porque cuando yo era más joven pensaba que el cine tenía que ser una herramienta de transformación social. Con una cámara y un micrófono podés hacer cercano un universo a veces marginado o con poca visibilidad», comienza contando Betania. «Creo que con el transcurrir de los años uno también encuentra otros temas que lo motivan a filmar, u otras historias que quiere contar, porque está vinculado a un proceso creativo muy personal».

«Me formé en el documental, trabajando en temas sociales y de ecología», describe.

Justamente estas primeras elecciones no son casuales. Es que Betania realmente es parte de una familia ligada al cine, a la imagen y al arte. Y muy comprometida con la ecología y el medioambiente. Su mamá, Rosa, es directora y crítica de cine y su papá Jorge profesor, fotógrafo y referente ambientalista.

«Mi mamá y mi papá se conocieron en el cine durante la proyección de una película de Favio. Es una anécdota que me encanta contar. Para mí fue un devenir natural estudiar cine. Comencé con la fotografía, y cuando en Santa Fe se abrió la posibilidad de estudiar cine, no tuve ninguna duda», rememora. «Si bien dí algunas vueltas -porque cuando yo terminé la secundaria el Instituto de cine todavía no había abierto- ingresé en Comunicación Social, pero no era realmente lo que me interesaba».

Betania cuenta que vivir su infancia en Colastiné Norte donde no había televisión por cable implicaba ir todos los días al videoclub. «Era un ritual ir todos los días al videoclub. Y para mí, el cine era ir al cineclub infantil de la Biblioteca Moreno todos los domingos. Las películas se veían en el cine. Mi generación miraba televisión, pero en mi casa de la infancia, y a lo largo de mi vida siempre predominó el mundo del cine. Incluso hoy no me conecto con la series», se explaya.

A los 15 su papá le regaló una cámara Pentax de fotos y en su casa había una cámara Panasonic 9500 de las de hombro, gigante. «Yo ya a los 15 filmaba, antes de saber que iba a estudiar cine o que algún día iba a hacer una película. Me llevaba la Pentax y esa cámara enorme a filmar cuando se hacían peñas en mi casa en Colastiné, o en los cumpleaños de 15 de mis amigas. A todas les hice el video yo, editado en cámara. Mucho fundido, mucha cortinilla… «-se ríe- . «O cuando se hacían reuniones en la casa de Beatriz Vallejos, con amigos y poetas, yo iba con la cámara. Iba registrando todo lo que pasaba».

Así, de forma natural y fluida, Betania encontró en la imagen su medio de expresión y también su manera personal de entender y comunicarse con el mundo. Si bien hoy continúa sacando fotos, quedó como algo muy suyo, donde vuelca su mirada más íntima. «Sigo considerándome fotógrafa antes que todo», asegura. «Mi mirada surge de una narrativa visual que luego se volvió audiovisual. Pero es algo que no abandono. El cine para mí se fue volviendo además un medio de vida. La fotografía la preservo como algo muy personal».

Betania trata de atrapar una visión del mundo desde el arte. Por eso, confiesa que sus referentes fueron cambiando a medida que sus intereses fueron ampliándose también. Al principio uno admira, disfruta y de a poco va dirigiendo la mirada hacia quien considera más afín, más cercano en las miradas, con quien siente que tiene algo en común. «Hay un primer momento donde uno va descubriendo a los grandes creadores de cine, eso me pasó cuando comencé a estudiar cine. Y más adelante, hay otro momento donde se va sintiendo más cerca, por aproximación, al cine que a uno lo identifica. Puede estar vinculado a gente que forma desde América Latina, desde Argentina, más afín en la mirada, en el abordaje y sobre todo a los medios de producción… Para terminar uno tratando de encontrar su propia mirada, su propio lenguaje, para contar las historias que a uno lo conmueven y quiere contar».

«A veces la historia que quiero contar no es épica, pero también hay algo heroico en esa maestra que se levanta todos los días y va a dar clase». Ver lo épico en lo cotidiano depende de la mirada.

Se define como una persona muy curiosa. «La curiosidad es mi motor. Todo lo que hago es por curiosidad». Ese afán de descubrir, conocer e interpretar es también lo que nutre sus realizaciones. Ese deseo de darse y brindar herramientas para entender el mundo y a la gente es una constante en su discurso y en su trayectoria.

La tercera generación

Anika es la hija de 6 años de Betania, una verdadera criatura de cine. Su mamá la lleva al set, al estudio a editar y juntas comparten también el ritual de ir al cine a ver películas. En este ritual no pueden faltar los baldes de pochoclo. Por esto, el trabajo de su mamá no la impresiona mucho.

«Mamá, tus películas son aburridas», sentenció hace poco. Cabe destacar que esa tremenda afirmación se dio luego de haber visto King Kong vs. Godzilla.

«Anika emite sus opiniones, y al principio, no nos creía que trabajábamos de hacer cine. Recién se convenció cuando se estrenó en el cine del shopping una película de Iván Fund, porque pudo ver una de nuestras películas con el balde de pochoclo», cuenta su mamá entre risas.

MINI BIO

Betania Cappato nació en Colastiné, provincia de Santa Fe, Argentina, en 1984.

Es fotógrafa y cineasta. Estudió en el Instituto de Cine y Artes Audiovisuales de Santa Fe, y egresó en la primera promoción de esta institución.

Participó como guionista, productora, asistente de dirección y directora artística de numerosas películas y programas de televisión.

En el campo de la fotografía además de trabajar en el desarrollo de su obra, está vinculada a proyectos educativos y de transformación social.

Dirigió dos mediometrajes sobre el conflicto indígena en Argentina y la serie Proyecciones de la memoria.

Su documental «Frankie» fue estrenado en DOCBSAS en el año 2018.

«Una escuela en Cerro Hueso» es su ópera prima de ficción.

Actualmente trabaja en la producción de su próxima película en co-dirección con Adrián Suárez : «La mujer hormiga».

La película

«Cuando mi pequeño hermano cumplió dos años de edad, comenzó a manifestar fuertes cambios en su personalidad. Poco a poco se volvió más distante, más silencioso. Hasta que un día dejó de mirarnos a los ojos y perdió contacto con la realidad», explica Betania en la carta de intención que acompaña la película.

«Una escuela en Cerro Hueso es una película inspirada en su historia, la historia de mi familia. Y seguramente también la historia de muchas otras familias quedando afuera de un sistema que continúa siendo intolerante, destructor de lo diferente. Nuestros protagonistas son personas que luchan por sobrevivir en un mundo que parece avanzar en una dimensión siempre ajena. Personajes con fuertes convicciones, que por una situación particular se ven obligados a abandonar un estilo de vida acomodado, mudándose a la periferia y entrando en contacto con un universo desconocido», continúa. «Yo sentía que esta historia familiar había una película. Y desde lo personal, sentía que podía conectarme con mi hermano e ir desentrañando algo de su propia vivencia, encontrando un punto de conexión entre los dos, habitando ese espacio».

«En este escenario, la precaria escuela de Cerro Hueso, perdida en las orillas del río Paraná aparece como un verdadero refugio. El lugar donde Ema encontrará por primera vez un sentido de pertenencia. Ese espacio donde las diferencias parecen no existir. Una escuela en Cerro Hueso es el retrato y la exploración de un universo cercano y tangible, pero también emocional. Es la historia de vidas que cambian de un momento a otro. Dejando en evidencia la fragilidad de esa ficción del mundo que nos armamos día a día. De nuestras capacidades de adaptación a lo desconocido, también de nuestros miedos. De cómo podemos crecer aún en las situaciones más adversas. Una escuela en Cerro Hueso habla de lo diferente, de lo inasible de los vínculos humanos, del misterio de la comunicación, pero sobre todo habla de cómo finalmente las personas nos parecemos entre sí», define la realizadora.

Está filmada en Colastiné Norte, donde está la escuela 39 y Colastiné Sur, que es la escuela adonde asiste Lucio, el hermano de Betania y donde se desarrolla también la historia. En estos dos puntos se armó todo el imaginario de este pueblo donde se muda la familia, que busca una escuela donde su hija pueda arrancar la escuela primaria.

«Es una película de ficción con un dispositivo, un abordaje más cercano al documental», define la realizadora. «Todo es ficción, todo el cine es un artificio, una elaboración, pero tiene una inspiración real, y al estar filmada en la vitalidad de la escuela real, hay límites que se corren todo el tiempo. Ahí está la clave».

Betania cuenta divertida que cuando llegó el equipo a filmar, hubo un dejo de desilusión: «En nuestro equipo somos siete personas, no un mega equipo de 20. Entonces no arrastramos el glamour de un set de filmación. Cuando dijimos que íbamos a filmar una película, estaban todos emocionados, Cuando nos vieron llegar a los 7 con un micrófono y una camarita… -risas- hubo un poco de desilusión. Pero esto nos permite mezclarnos, la gente se olvida que estamos y ahí es donde podíamos aprovechar para tener las mejores tomas. La maestra en la maestra de mi hermano, los compañeritos son los compañeros… Pero Lucio no aparece. Entendí que la ficción me permitía contar la historia que yo quería de una forma mucho más libre».

Este grupo de siete personas es el equipo, la familia de cine de Betania. Sin poner un sello de propiedad, ella define a «su» equipo. «Los quiero para mí. No quiero que nunca me abandonen. Yo filmo con un grupo de amigos». Eso no es un dato menor. «La confianza que existe y por el tipo de trabajo que yo hago en el rodaje, que no tienen que ver con ‘acción’ y ‘corte’, sino más bien con llegar al lugar, hace que estemos todo el tiempo atentos y expectantes con lo que va a suceder para poder capturarlo en el momento y que no se nos escurra», explica.

Esto requiere un nivel altísimo de concentración. «Al ser pocos y al conocernos tanto, me brinda a mi la libertad de cambiar la estructura de una escena y que todos estén en ritmo», declara con absoluto orgullo. «Una película es un trabajo colectivo. Quiero que se vea y reconozca todo el trabajo que hubo detrás de esta filmación».

«Tal vez la principal motivación de este proyecto, y quizás también el mayor desafío no haya sido otra que el tratar de encontrar ‘esa imagen’ que nos acerque, que convierta lo ajeno en mutuo», concluye, denotando una vez más su deseo de que el cine sea una herramienta para comprender y acercar la realidad que nos tiene como protagonistas.

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