El Cairo: la joya del Nilo


Visitamos sus míticas pirámides y otros vestigios de la antigüedad faraónica, macizo contrapunto a la estilizada hermosura de las grandes mezquitas.

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Egipto es una cosa, y El Cairo, otra. Tiene ésta que ver con lo faraónico, sí, pero apenas por un motivo: su condición de lugar excesivo. Excesivo en proporciones, pues aquí se hacina la cuarta parte de los egipcios, o sea, unos quince millones. Y excesivo, sobre todo, en atributos y significados. El Cairo ha trenzado su propio mito al margen de grandezas faraónicas, y en poco tiempo, pues es una ciudad moderna en el cómputo milenario de ese país. La fundaron los árabes entre los siglos VII y X y la llamaron “la madre del mundo”. Otro epíteto que pasó a los membretes oficiales fue al Qahira, “la victoriosa”.

 

Esta victoriosa madre del mundo ha sido ensueño de comerciantes y aventureros, diplomáticos y espías, santones y rufianes. Su tibia entraña de palacios, mezquitas, cafetines y mercados ha tejido una leyenda que tanto ha servido a muñidores de historias como a vendedores de ideas.

 

La primera imagen, también excesiva, es de aturdimiento. Al que llega primerizo le parece un caos; pero no al residente, sea o no cairota de nacimiento. La distinción no es baladí: la colonia extranjera ha sido importante aun antes de la célebre expedición a Egipto de época napoleónica o de la Sociedad Geográfica británica y ha contribuido al carácter local. Así que, si no se posee la inmunidad de la costumbre, esto parece un caos. Pero no debe serlo tanto, pues al final todo funciona.

 

Si bien la ciudad nació con los árabes, retiene flecos de un pasado muy anterior que engloba tanto la era faraónica como un interesante capítulo de la era cristiana; ahí están las iglesias coptas para demostrarlo. La etapa islámica, por su parte, es tan rica y extensa que exige deslindar los momentos fundacionales de los tulúnidas, fatimíes o de los mamelucos del gran período otomano. Y habrá que dedicar cierta atención a los tiempos modernos, con sus edificios de estilo colonial y art decó, e incluso ciertas construcciones vanguardistas no siempre bien entendidas: algunos teólogos quieren que se eche abajo la torre de la televisión, porque, eso dicen, su perfil fálico escandaliza al buen creyente.

 

Los rastros faraónicos del cogollo urbano son postizos. Camino del aeropuerto, por ejemplo, se puede ver el coloso de Ramsés que hacía dúo con el de Menfis. Y está el Museo Egipcio, un almacén ya obsoleto que será sustituido por otro novísimo en la zona de las pirámides. Con todo, el museo es un mundo lleno de tesoros. Los que tientan a los turistas son los hallados en la tumba de Tutankamón, o en la sección de momias, si está abierta: a veces un altruista pudor de las autoridades clausura esa sala.

 

Las pirámides de cerca

 

Aunque parezca mentira, las pirámides no te cambian la vida. Para contrarrestar la posible desilusión, sugiero entrar en la de Keops, la mayor de Giza, y arrastrarse por la rampa de madera que trepa a la cámara funeraria; el agobio, el calor y la claustrofobia pueden servir para espabilarnos y situarnos en dónde estamos: en una de las siete maravillas del mundo. Recomiendo visitar luego las “otras” pirámides, las pequeñitas que casi ni se ven junto a la mole de las tres famosas; son las que pertenecen a esposas y vástagos reales.

 

Tanto Giza como Menfis o Saqqara son excursiones breves, pero esenciales en la “prehistoria” de El Cairo. De Menfis, que durante más de tres mil años fue la gran urbe faraónica, no queda nada. Ahora han hecho una especie de corral, y han cubierto con un edificio ad hoc al coloso yacente de Ramsés.

 

En Saqqara, que sólo era una de las necrópolis de Menfis, hay mucho más que ver. No pasan muchas semanas sin que la prensa de noticia de algún nuevo hallazgo, o se abra alguna mastaba, enterramiento en forma de banco. Precisamente, el apilamiento de mastabas en tamaño decreciente sería el origen de la célebre pirámide escalonada de Zoser, de la III dinastía, el edificio de piedra más viejo del lugar, y tal vez del mundo.

En el viejo Cairo

 

El barrio copto está en el mismo sector del Viejo Cairo donde estuvo la fortaleza bizantina. A ser posible, hay que ir en domingo: el ambiente es envolvente, y puede uno charlar con los barbudos oficiantes a la salida de misa. Los coptos son ahora una minoría de unas cuatro millones de almas. De sus antepasados quedan verdaderas joyas. Algunas de sus iglesias muchas el siglo IV, aunque fueron recompuestas en la Edad Media recuerdan a las primitivas basílicas de Roma, con fustes y capiteles de acarreo.

 

Recomendamos visitar la de Abu Sirga (San Sergio), con una cueva-cripta de la Sagrada Familia, o la llamada “iglesia suspendida” (El Mou Allakáh), en el callejón de Zuwaila. El Museo Copto también es digno de verse; las pinturas coloristas y fantasiosas de los coptos, a caballo entre lo mágico y pueril, empiezan a ser cotizadas como imágenes del recuerdo, tanto o más que los dichosos papiros que tratan de venderte hasta en la ducha.

 

Principales visitas en la capital egipcia

 

Mezquita de Ibn Tulun. Esta maravillosa obra del siglo IX se levanta al oeste de la ciudadela, en el barrio Saiyida Zeinab. Su belleza radica en la elegancia de su sencillez. Destaca el minarete, al que se accede por una escalera de caracol exterior.

 

Mezquita Al-Azhar. Fundada el año 970, es una de las universidades más antiguas del mundo. La mezquita, de las más importantes de la ciudad, luce una arquitectura armoniosa a pesar de los diversos estilos que se mezclan en ella.

 

La Ciudad de los Muertos. Esta gran necrópolis musulmana es hoy un lugar habitado por miles de cairotas que han habilitado sus viviendas junto a las tumbas. En el siglo XIV empezó siendo zona de enterramiento de los dignatarios sufíes, y más tarde se generalizó como cementerio de los mamelucos. Impresiona por la combinación entre lo sagrado y lo profano, las casas humildes y las tumbas con minaretes. Puede visitarse, aunque conviene hacerlo acompañado por un guía local.

 

Bazar de Jan el-Jalili. Es el mercado más famoso y concurrido de El Cairo. Tiene de todo: calles, casas, monumentos y tiendas. Pero, especialmente, es el espacio donde se vive el sabor y el color del comercio en un entorno casi medieval. El callejón Midaq, es un extremo del bazar, es el lugar donde el Nobel Nagib Mahfuz ambientó su novela “El callejón de los milagros”.

 

Museo Egipcio. Su visita es indispensable para entender la grandeza de la civilización del antiguo Egipto. Incontables estatuas de faraones como la enorme de Ramsés II, estelas votivas, sarcófagos, momias, joyas, máscaras, cámaras mortuorias, se agolpan en este museo que posee en su colección más de 100.000 piezas. Una de las estrellas del conjunto es el tesoro de Tutankamón. Abierto de 9 a 16.45 hs.

 

Museo Copto. En él pueden verse los objetos y obras artísticas realizados por los cristianos que vivieron en Egipto desde la época del Imperio Romano hasta la demolición islámica. Abierto de 9 a 16 hs.

 

Museo de Arte Islámico. Alberga una interesante colección de artes decorativas en la que se destacan los objetos y utensilios de la vida cotidiana, joyas, tejidos, instrumentos musicales, frisos de estuco. Abierto de 9 a 16 hs.

 

Un paseo por la ciudadela

 

Al sudeste del centro actual de El Cairo se encuentra la ciudadela, construida por Saladino sobre una plataforma elevada. Su interior encierra una maraña de calles y edificios cargados de historia por los que es interesante deambular. Además es un lugar privilegiado para contemplar la ciudad, el Nilo y hasta la silueta de las pirámides. Junto a la ciudadela se levanta la mezquita de Muhammad Alí, una obra en alabastro del siglo XIX con fantasiosa ornamentación. En su patio hay un reloj donado por el rey francés Luis Felipe de Orleáns a cambio del obelisco egipcio que se levanta en el centro de la plaza de La Concorde de París.

 

Las pirámides y la Esfinge de Giza

 

Al sur de El Cairo se encuentra el conjunto más famoso de Egipto. Son las tres pirámides, erigidas en el siglo XXV a.C. como monumentos funerarios de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos, y la Esfinge, de 20 metros de altura y rodeada de enigmas, con cabeza humana y garras de león. El orden de la visita va de la pirámide de Keops, la más grande, a la de Kefrén y la de Micerinos, la más pequeña; finalmente se accede a la Esfinge. El conjunto alberga otras pirámides más pequeñas correspondientes a las reinas y varios templos funerarios y necrópolis con enterramientos colectivos. Al atardecer hay espectáculos de luz y sonido.

 

Desde Giza se accede en barca a la isla de Jacob, donde se halla el Pueblo faraónico, una especie de parque temático donde se reproduce un pueblo de hace 4.000 años con sus tiendas, oficios, vestimentas y habitantes. Abierto de 9 a 21 hs.

 

En el centro del Imperio antiguo

 

Menfis, la ciudad a la que Tebas arrebató su protagonismo y que los mamelucos destruyeron, fue el centro del Imperio entre 2650 y 2140 a.C. En el Museo de Menfis se guardan importantes tesoros arqueológicos de esa época, entre ellos la estatua de Ramses II, el faraón que impulsó el desarrollo de una ciudad; la escultura mide 10 metros de altura sin contar las pierdas que se perdieron y fue tallada en un único bloque de piedra. De gran belleza es también la Esfinge de alabastro -4,25 metros de altura- colocada en el exterior junto a otras esculturas. Abierto de 7.30 a 126 hs.

 

Junto a Menfis, a unos 30 km. al sur de El Cairo, se encuentra la extraordinaria pirámide escalonada de Saqqara. Fue levantada por el arquitecto y médico real Imphotep como tumba del faraón Zoser, que reinó hacia el año 2600 a.C. Abierta de 7.30 a 16 hs.

 

 

 

 

 

 

 

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