Club de Lectura


Allan Karlsson va a cumplir cien años. En el hogar de ancianos le prepararon una fiesta, van a estar las autoridades, la prensa y su enfermera, la que no le deja tomar alcohol. A él eso no le parece una fiesta, así que salta por la ventana y se va.

Por Romina Santopietro.

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Momentos antes de que empiece la pomposa celebración de su centésimo cumpleaños, Allan Karlsson decide que no quiere saber nada con el festejo. Vestido con su mejor traje y unas pantuflas, se encarama a una ventana y se fuga del hogar de ancianos donde vive, dejando plantados al alcalde y a la prensa local. A la enfermera loca que le encuentra las botellas que él esconde cuidadosamente también.

 

Si se fugó de un campo de prisioneros en Siberia porque quería un trago de aguardiente o cualquier otra cosa parecida ¿qué hace en esta residencia con esa enfermera que parece tener un olfato especial para detectar donde él esconde sus botellas?
Así que salta por la ventana y se escapa.

 

Sin saber adónde ir, se encamina a la estación de colectivos, el único sitio donde es posible pasar inadvertido.
Allí, mientras espera la llegada del primer cole, un joven le pide que vigile su valija, con la mala fortuna de que el primer autobús llega antes de que el joven regrese y Allan se sube sin pensarlo dos veces, con la valija ajena -y robada- a rastras.
No sabe que el joven es un criminal sin escrúpulos y que el equipaje sustraído contiene muchos millones de coronas suecas. Pero Allan Karlsson no es un abuelo de 100 años cualquiera. A lo largo de su vida ha coincidido, en una sucesión de desopilantes encuentros, con Franco, Stalin o Churchill, ayudó a Oppenheimer a crear la bomba atómica, fue amigo de la esposa de Mao y agente de la CIA, siempre fiel a su absoluto rechazo a dogmas e ideologías.

Esta vez, en su enésima atropellada aventura, cuando creía que con su jubilación había llegado la tranquilidad, está a punto de poner todo el país patas arriba.
En “El abuelo que saltó por la ventana y se largó” -publicado por Salamandra- Jonas Jonnasson se despacha con una novela de enredos para ocultar su intención de escribir una novela histórica. Aunque los hechos históricos están contados de manera hilarante. En realidad confluyen dos relatos -el pasado y el presente de Allan- que se cuentan de forma entrelazada en un híbrido a dos tiempos. Es un experimento interesante. Es una comedia disparatada poblada de personajes imposibles, inefables y divertidos, comenzando por su protagonista. Un personaje único, diferente, divertido, gracias al cual haremos un recorrido por la historia mundial del siglo XX.

Es un libro muy difícil de clasificar en cuanto a género. Y viene a ser la confirmación de que no toda la novela nórdica que se publica ha de ser necesariamente negra.
Pero sí es un libro entrañable donde además de situaciones absurdas se muestra una reflexión acerca del rol de los ancianos en una sociedad donde todo es inmediatamente descartable, incluso los sueños.
Para leer cuando necesitemos evadirnos de nuestras irrealidades.

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