Club de Lectura


Esta semana venimos con una recopilación de frases que decimos todo el tiempo, y que forman parte de la cultura diaria pero que, probablemente, desconocemos su procedencia.

Por Romina Santopietro

“Tres mil historias de frases y palabras que decimos a cada rato”, es una recopilación puntillosa de… ¡tres mil frases y palabras que decimos a cada rato!, realizada por Héctor Zimmerman y publicada por Aguilar, hace ya unos cuantos años en nuestro país.

 

¿Por qué es divertido saber de dónde provienen las frases armadas y palabras que uno tiene incorporados al habla diaria? Por el mero hecho de saber. Por curiosidad. Para soltar un dato interesante en una fiesta o reunión familiar que se está poniendo espesa. Para sacar chapa definitiva de nerd. ¡Porque sí!

 

Toda lengua es en sí misma fascinante y compleja y la historia del castellano habla tanto de lo que somos como de nuestra herencia, forjada con la más diversa materia cultural.

 

Héctor Zimmerman reunió a través de muchos años el germen de estas tres mil frases y palabras, acudiendo a fuentes filológicas, tradiciones orales, leyendas y supersticiones que brindan en su conjunto una visión variopinta y maravillosa de nuestro idioma.

 

Acá van algunos ejemplos:

 

* A troche y moche: esta vieja expresión española, que ahora se usa para indicar “sin medida ni orden”, proviene del lenguaje de los leñadores. Trochar equivale, según el diccionario, a “romper con violencia el tronco, tallo o ramas de un árbol u otra planta”. Mochar o desmochar es quitar la parte alta de algo, dejándolo “mocho”. La combinación de ambas torpezas arruina la mejor de las arboledas, ya que impide que los ejemplares vuelvan a crecer o los deja heridos y deformes. La primitiva idea de hachar sin consideración, repartiendo golpes a diestro y siniestro, se extendió a cualquier acto realizado en forma análoga.

 

* Que lo arregle Mongo Aurelio: Mongo Aurelio es un personaje imaginario que nació a principios de la década del 40 en el ambiente universitario porteño. Lo inventaron dos estudiantes de Derecho, Rafael Meilán y Ricardo Mosquera Eastman cuando estaban de moda las aventuras de Flash Gordon en el planeta de Mongo donde reina el cruel Ming. Nuestro lunfardo ya había acuñado dos palabras que significan “nunca”, “nada de nada” o “a mí qué me importa”: una es el andalucismo “mongo”, despectivo, cuando no grosero. La otra es “minga”, de origen milanés. Estos términos se entreveraron en la universidad con la figura del emperador Marco Aurelio para dar lugar a la frase mitad culta, mitad callejera, a la que apelamos para desentendernos de cualquier asunto fastidioso.

 

* Del tiempo de María Castaña: cuando se menciona a los tiempos de María Castaña -o Maricastaña, así, todo junto- solemos creer que refiere a un personaje ficticio. Pues no. María Castaña sí existió, señores. Las Crónica de Galicia hablan con mucho detalle sobre esta mujer, que era una rica hacendada, casada con un tal Marín Cego. María tomó parte activa de la lucha que los plebeyos libraban contra los señores feudales para mantener sus tierras. Fue acusada de intentar asesinar al obispo de Lugo, con ayuda de su marido y dos cuñados. En 1386 confesó por escrito sus agravios a la Iglesia y fue condenada a ceder todos sus bienes y tierras a la Catedral de Lugo. Como podemos ver, los tiempos de María Castaña transcurrieron hace unos seis siglos, añitos más, añitos menos.

 

* Como turco en la neblina: la frase es producto de una serie de cambios y derivaciones que comienzan cuando en España se llamó “turcas” a las borracheras. La razón de ello es porque al vino puro, sin añadido de agua se lo denominaba vino “moro” o vino “turco”, por no estar “bautizado” con agua. De ahí que a las “mamúas” se las llamó “turcas”. Por ende, “agarrarse una turca” era pegarse una terrible borrachera. El turco entra a escena por la picardía criolla, porque ¿quién puede estar más perdido que un borracho en la neblina? El pasaje de “con la turca” a “como turco” lo realizó espontáneamente el uso popular. Y así entró el turco en el dicho, y se perdió en la neblina.

 

Esto es apenas una pequeñísima muestra de lo que atesora el libro.

 

Para leer cuando tengamos ganas de ahondar un poco más en nuestra maravillosa lengua.

Previo Diego y su falta de autoridad
Siguiente Nordeste de Brasil: historia, tradición y las mejores playas