Club de Lectura


Esta semana venimos con un encuentro felino, de esos que te cambian la vida.

Por Romina Santopietro.
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En el antiguo Egipto los gatos eran considerados sagrados, y custodios de los portales del Más Allá. En el más acá, en lo diario que nos toca vivir, a veces se nos aparecen estos felinos y nos adoptan.

Sí, uno puede creer que los adopta, pero en realidad, son ellos quienes nos eligen. O nos aceptan en sus 9 vidas.
Por ejemplo, una gata adoptó a mi vecina Norma. Se le apareció en el jardín. A mí se me aparece en el patio, y nos semblanteamos a lo malevo. Ella no me quiere y yo le correspondo, porque la pelea a mi perra, desde su reinado perimetral sobre el tapial. Por esas miradas en las que nos medimos mutuamente, la llamo Maleva. Se llama Gepetta, pero no importa. Tiene aires y andares de Maleva.

Hace unas semanas, comenzó el proceso de adoptarme un esmirriado gatito atigrado. Primero con avistajes fugaces, luego con permanencias donde nos contemplábamos con desconfianza. Más adelante, cuando le convidé un platito con comida y un tazón de agua, llegaron los escarceos: él me bufaba y yo le dejaba con renuencia la comida sobre el mesón de piedra. Hasta que un día lo acaricié por sorpresa. Quedó desconcertado por un momento pero no se fue, como hacía siempre que yo extendía la mano para ver si nos amigábamos. Y en eso estamos, orbitándonos, estudiándonos, en elipses cada vez más cerradas. Ya me pide caricias, aunque no me permite más. Él pone las reglas. Todavía no tiene nombre, no me atrevo a ponérselo. Al menos, hasta que seamos más amigos. O él decida que quiere adoptarme.

Por el mismo proceso pasan los protagonistas de este libro “El gato que venía del cielo”, de Takashi Hiraide, publicada por editorial Alfaguara, una obra que demuestra que su autor viene de la poesía, llena de relatos tan potentes como bellos e imágenes que logran transportar a cualquiera que se sumerja entre sus páginas.

Es una obra corta, de poco más de 150 páginas, que se lee rápido y que transporta a un barrio de Japón repleto de árboles, libélulas y tranquilidad y que transmite una belleza y paz que sólo recrean los autores asiáticos.
La novela tiene como protagonista a un hombre y a su pareja y al gato de los vecinos. Ambos deciden dejar trabajar en una editorial para dedicarse a los trabajos freelance y a escribir. Aquí hay un poco de autorreferencia, porque el autor trabajó por nueve años en una editorial antes de dejarla para comenzar a escribir.

“El gato que venía del cielo” gira alrededor de un pequeño gato propiedad de unos vecinos, un gato llamado Chibi (literalmente, chiquito en japonés), que recorre el espacio entre ambas casas y poco a poco, comienza a introducirse en su vida diaria. Un gato, como ellos mismos dicen, que ha decidido adoptarlos como dueños.
Dada la línea de trabajo del protagonista y de su mujer, que es correctora y editora de textos ambos trabajan en casa y allí pasan las horas. Y a su alrededor se arma Chibi su propia rutina.

La relación entre los protagonistas y el gato queda pautada desde el principio desde la distancia. La distancia que propone el mismo felino (el que haya tenido gato alguna vez sabe que lo cercano de la relación lo pauta siempre el animal) y la distancia que presupone que el gato no sea de ellos. En rigor, el gato “pertenece” -con todo lo que uno pueda poseer a un gato- a los vecinos de al lado, sobre cuyas rutinas el gato participa. Pero en el resto de lo que sería su tiempo libre, Chibi lo pasa en el jardín de esta pareja.

Los protagonistas, sin mascotas, sin hijos, con nada más que el trabajo para llenar sus horas encuentran en ese pequeño animal alguien para centrar sus atenciones y de donde sacar pequeñas reflexiones sobre la vida.
De una belleza exquisita, donde el relato se demora en los detalles, es una obra que ningún amante de los gatos debería pasar por alto. La sensibilidad del espíritu japonés en una de sus mejores expresiones es lo que flota por toda la novela.

Para leer esos días en que la trama mágica de la rutina capta nuestra curiosidad. Y para recordar cuando nos llaman desde el jardín unos maullidos imperativos reclamando su tazón de comidita.

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