Colgaba en el perchero el traje de Batman


“Sandro. El fuego eterno”, de Mariano del Mazo.

Por Enrique Butti

 

Se llamaba Roberto porque en el Registro Civil argentino de 1945 no se permitían algunos nombres, aunque el Sandor húngaro estuviera castellanizado. De manera que cuando tuvo que elegir un seudónimo artístico, no dudó cuál sería. Se crió en un conventillo, bajo el ejemplo de un padre muy trabajador (que le advertía: “Hacé lo que quieras pero sé responsable. Y que nunca te tenga que sacar de una comisaría”) y de una madre sensible que sabía contarle historias de Las mil y una noches y que cada martes (los “Días de Damas”) lo llevaba al cine. Los veneró toda la vida.

 

Como a la larga debieron reconocer todos, Sandro fue un pionero, un “inventor” del rock and roll en la Argentina y Latinoamérica. La referencia a Elvis Presley resulta inevitable, pero enseguida supo encontrar su propio destino musical. En “Sandro. El fuego eterno” (que acaba de editar Aguilar), Mariano del Mazo recuerda que fue el primero en hacer canciones de Los Beatles y de Bob Dylan a través de las adaptaciones de Ben Molar.

 

Al inicio fue el usual “cantar por el sándwich y la cerveza”. El primer gran paso consistió en la formación de Los del Fuego, que pasarían a ser Sandro y Los del Fuego, y el segundo cuando se rompió una cuerda de la guitarra y, liberado del instrumento, pudo sacudirse libremente, agitando frenéticamente la pelvis.

 

La participación en los Sábados Circulares de Mancera, en Canal 9, fue su presentación nacional que lo diferenció de ese grupo de jóvenes “optimistas y chispeantes” que también estaban saltando a la fama, los jóvenes del Club del Clan: Jolly Land, Johnny Tedesco, Violeta Rivas, Lalo Fransen y Palito Ortega. Ya sólo le quedaba abrir fronteras; lo hizo y se transformó en Sandro de América.

 

El cine y los shows internacionales (incluidos los del Madison Square Garden y del Carnegie Hall) fueron el salto definitivo. A los 25 años “América caía rendida a sus pies. Llegó a comprarse siete autos: uno para cada día de la semana”, escribe Del Mazo. El mismo Sandro contaría: “Iba a la concesionaria de Cacho Steinberg y le decía: ‘Dame este, este y este’. Buscaba autos con colores que combinaran con mi pilcha”. Y también: “Yo cometí todos los errores que un ídolo puede cometer. Menos tomar falopa y ser trolo, pasé por todas”.

 

Las fans lo perseguían incansablemente, pero él defendía su intimidad. “No compro lo que vendo ­decía­. Sandro es el producto. Cuando llego a mi casa, dejo el traje de Sandro colgado en el perchero. Soy como Batman”. Por eso levantó un muro en la casa que había comprado en Lanús para vivir con sus padres, y más tarde se protegería en el bunker de Banfield, donde compartió su vida con la madre, hasta que ella murió en 1992 (“el año más triste de mi vida”, confesaría).

 

Defendería esa misma privacidad en lo que atañe a sus relaciones amorosas, con Julia Visciani, una mujer diez años mayor que él, separada con dos hijos, con quien compartió doce años y con quien se casó en México, aunque sin valor legal ya que aquí no existía el divorcio. Después, con María Fresta, que ingresó tras los muros de la casa de Banfield como ama de llaves y para atender a la madre. “Yo le dije: ‘Mirá, tengo un mercadito que se llama Sandro y laburo de esto’. Lo entendió perfectamente. Ella comprende que está con Roberto”. Ella era viuda con cuatro hijos, y él llamaba “mis hijos” y “mis nietos” a los hijos y nietos de María. En los 90 llegó a blanquear la relación y a presentarla en público. Del Mazo cuenta que según algunos amigos la ruptura provino por problemas de dinero con uno de esos hijos.

 

Hubo también un romance con María Martha Serra Lima y finalmente, a partir de 2005, estuvo con la mujer que lo acompañó hasta los últimos difíciles días, y con quien se casó, María Garaventa. Contó de ella: “No éramos amigos, apenas viejos conocidos. Pero un día las cosas cambiaron y me animé a decirle: ‘Tengo un beso encadenado entre mis labios, y la llave está en tu boca’… ¡Tuvieron que llamar al cerrajero para desprenderme!”.

 

Entretanto, el contoneo epiléptico y el look gitano habían virado paulatinamente hacia melodías, letras y teatralizaciones más románticas, más bolerísticas, melodramáticas se diría.

 

En 1996 se le diagnosticó un enfisema pulmonar provocado por sus muchos cigarrillos diarios. “La orquesta está bien del piano y del violín, fallan los fuelles”, bromeó. El deterioro transcurrió a la par de un reconocimiento cada vez más amplio. “Parezco una estatua de bronce. La gente ya no me saluda, me saca lustre”. No dejaba de presentar espectáculos, en los que debieron ingeniárselas para suministrarle oxígeno: un tubo de aire llegaba hasta el micrófono, otro a la máscara que se aplicaba cada vez que el telón lo ocultaba del público y el tercero a una rosa artificial que Sandro llevaba a sus labios cuando se sentía asfixiar. Él bromeaba: “Hay tantos tanques de oxígeno acá arriba que en vez del show de Sandro parece caza submarina. Me llegan a pedir que cante ‘Dame fuego’ y volamos todos”. Y preguntaba a esas fans mayores de edad a las que había empezado a llamar “mis nenas”: “¿Quién me agarra la trompa y me hace respiración boca a boca?”. Pero no bromeaba al aconsejar a los chicos que no se arruinaran la vida empezando a fumar.

 

En 2009 estaba “en la dulce espera” de los órganos para un complejo trasplante. En noviembre viajó a Mendoza para la operación, que pareció exitosa al principio, pero el 4 de enero de 2010 “las nenas” que habían viajado y se habían reunido para rezar frente al hospital estallaron en llanto.

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