Cómo apoyar a los chicos en los deportes sin presionarlos


Cuando los niños realizan actividades extracurriculares -ya sea por interés propio o de los padres- suele suceder que lo viven como una obligación o una carga. ¿Qué les hace cambiar de parecer? En la práctica de deportes es común que tanto mamás como papás acompañen a sus hijos con la intención de estar presentes, pero muchas veces esa presencia suele intimidar a los niños, generando presión y quitando disfrute al momento del juego. Aquí, consejos de expertos para saber qué hacer.
Textos. Georgina Lacube.

El juego es parte fundamental en la vida del niño y tiene relación directa con su constitución psíquica. Es necesario propiciarlo e impulsarlo. Si bien es importante que los padres se muestren interesados en las actividades de sus hijos, incluidas sus participaciones deportivas, éstos deben considerar cuál es la percepción que los chicos tienen de su presencia y cuál es la intención de estos en ir a “verlos”.

“Si van “ver” cómo juegan para criticar, para exigirles tener un mejor rendimiento, para “mostrarse” que son los padres del “mejor”, lo ideal es que los padres revisen sus motivaciones. Es probable que sus hijos sientan que los van a evaluar y como consecuencia en vez de “jugar por el placer de hacer un deporte” comiencen a sentir angustia de desempeño. Es altamente factible que se exijan para “mostrar” que son buenos y que se frustren ante los errores o los resultados no esperados”, advierte la Dra. Edith Vega, Psicóloga de la Fundación Hospitalaria y Fundación Aiglé.


Por eso, para los especialistas lo conveniente es que ellos sientan que sus padres van solo a acompañarlos. De este modo, se fomentan pensamientos que favorecen a su desarrollo y performance, posiblemente aparezcan estados internos placenteros y pueden surgir conductas que propicien un juego sano y sin la exigencia de ser los mejores y de no sentir terror al cometer errores. En cambio, si la percepción es que van a “observarlos” para marcar las faltas o hacer comparaciones, lo más probable es que surjan pensamientos negativos sobre la autoeficacia, las emociones displacenteras y la conducta se podría ver impulsada para alcanzar lo que suponen que los padres esperan de él y se habrá evaporado las ganas de jugar por jugar.


Frente a esto cabe preguntarse qué se puede hacer para alentarlos o apoyarlos sin hacerles daño. “La definición de alentar, acompañar y la de apoyar dan la respuesta.

Alentar es motivar a dar lo mejor de sí para llegar al objetivo, que en una actividad deportiva puede ser: ganar o jugar, ver el error como una oportunidad de aprendizaje y no como un fracaso inexorable. Acompañar es estar junto al hijo, es festejar el éxito y comprender cuando éste no se da. Es estar presente con apertura para entender las emociones del hijo, es respetarlas, es darle validación. Es estar dispuesto a charlar, a dar apoyo y contención”, sostiene Vega. Y continúa: “apoyar es colaborar para que el niño piense y sienta que, sin importar el resultado del juego, los padres están para felicitar o para contener el desánimo”.


En este sentido, la consigna siempre debe ser alentar apoyando y acompañando y apoyar acompañando y alentando. Es importante entender que “si los padres ponen en sus hijos sus propias expectativas de “ser el mejor”, “el que se destaca”, el que tiene que llegar a ser reconocido como un “futuro profesional de ese deporte para ser famoso y adinerado”, el aliento y el apoyo llegan con mensajes distorsionados generando en sus hijos frustración e impotencia. Puede, como consecuencia, dañarse su propia valoración en sus dos extremos: “gano no importa cómo, porque debo ser un ganador” o “haga lo que haga voy a perder porque soy un perdedor””, señala Vega.


En este contexto, otro aspecto crucial es detectar si un chico está muy exigido por su entrenador o por los compañeros. La doctora Vega indica que esto se evidencia fácilmente cuando el chico sólo habla de la importancia de ganar y la concibe como único opción, expresa verbalizaciones despectivas hacia los que pierden, la actividad deportiva se convierte en el centro de toda su atención, se observan estados emocionales de miedo, frustración o impotencia. Cuando ocurre esto, inmediatamente hay que entablar una charla con el hijo y con el entrenador. “Si se observa que la exigencia del entrenador es alta (en términos de desvalorización hacia el fracaso), un plan de acción eficaz es que los padres se planteen si deben hacer una intervención “como padres” como ser hacer un cambio de institución deportiva. No debe perderse de vista que el niño está practicando un deporte y que debe ser respetado. Si bien una práctica deportiva requiere de disciplina y compromiso no debe ser fuente de exigencia desmedida y frustración”, dice Vega, quien también explica: “el entrenador tiene que valorar a su alumno como una persona, con todas las áreas de su vida, y no solo por el deporte. Gestos como preguntarle qué tal el fin de semana, o qué tal ese examen que tenía ayer, harán que el niño o adolescente se sienta más valorado y por tanto, disfrute más con su deporte. En esta línea, valorar al niño de igual forma gane o pierda, es un punto clave en la relación con él”.

Padres siempre presentes de algún modo

El interés y la presencia de los padres son los factores fundamentales para conocer la vida deportiva de sus hijos y cuál es el ambiente en dónde los hijos están adquiriendo o desarrollando sus habilidades deportivas. Al estar presente se conoce por experiencia personal al entrenador y a sus compañeros de actividad.


Ahora bien, ¿cuál es el riesgo de presionar a nuestros hijos en el deporte? Son varios y todos igualmente importantes para el desarrollo y crecimiento sano del niño o adolescente. Si los padres sólo le transmiten nociones como “ser el mejor siempre no importa cómo”, “ganar o ganar” o “el mundo no es para los perdedores”, “las consecuencias pueden ser tan distantes como perjudiciales: que los hijos se identifiquen con el éxito como la única manera de ser feliz -de esta manera se está minando la tolerancia a la frustración- o ir abonando de poco que los hijos se sientan perdedores (entonces no hay mundo para ellos)”, opina Vega.


Siempre hay que considerar que el riesgo de presionar es grande, y los padres deben preguntarse qué están proyectando de sí mismos en esa presión y hacer una revisión para no dañar a sus hijos. Los niños crecen bajo las expectativas y valores de sus padres y de la sociedad en la que se desenvuelven, brindándoles un marco de seguridad que les permite explorar y aprender cómo relacionarse con los demás. Ellos aprenden observando a los adultos y a través de su propia experiencia, construyendo modos de interactuar que sentarán las bases de sus relaciones interpersonales futuras. Es bueno que los papás faciliten estas experiencias y no critiquen o cuestionen su juego, especialmente para que crezcan sintiéndose bien consigo mismo.

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